--sabes que la arrastraras a su propia muerte—la mirada del príncipe se perdió en algún lugar de la sala, y por largos segundos aguantó la respiración en un intento de borrar de su mente las palabras de su padre, se sentía traicionado por su propia sangre, sentía que al arrebatarle a Marianne le estaban arrebatando su propia vida, su propio ser, pero en el fondo también sabía que su padre tenía razón, no habría un lugar donde pudieran esconderse que su poderoso ejército no los encontrara, él tendría la indulgencia por pertenecer a la aristocracia, pero ella, ella sería culpada de traición al rey, y no correría la misma suerte que él, tenía que elegir entre una corta y efímera felicidad a su lado o entregarla en manos de su hermano y convertirse en el ser más despreciable ante su propio juicio, la amaba, la amaba demasiado como para ponerla en peligro, pero también la amaba demasiado como para observar cómo se une en matrimonio con su propio hermano y tener que callar ese grito desesperado que le atormentaba el alma y que era capaz de llevarlo a la locura misma.
El golpe seco de sus rodillas chocando con el piso le provocó un estremecimiento al rey, le dolía en el alma verlo sufrir, sobre todo porque se trataba de su hijo preferido, su hijo el fuerte, el guerrero, el que tomó las riendas del reino mientras él se internaba en ese oscuro infierno que significó la pérdida de su reina a causa de la tuberculosis, ese mismo muchacho que aun con su inmenso dolor se enfrentó con quienes trataron de aprovechar el momento de fragilidad del reino ante el abandono de su monarca, deseaba con todas sus fuerzas no tener que hacerle tal daño a su amado hijo, y verlo así, tan abatido y tan destrozado, con tanta rabia y tanta impotencia que incluso temió por su integridad emocional, pero solo podía esperar a que lograra superar semejante pérdida, porque esa mujer, era lo único que no podía concederle a su hijo, aun cuando de verdad deseaba lo contrario, tenía que continuar con lo planeado, así que se acercó al muchacho y se arrodilló junto a él para susurrarle algo al oído:
--No la dejes pasar por esto sola, tienes que ser fuerte en nombre del amor que le profesas -- se retiró con un enorme dolor en el pecho, mientras el atormentado Edward se sumía en un abismo sombrío de dolor e impotencia, no lo podía aceptar, su mente le estaba jugando en contra, le ofrecía posibilidades que por un momento estaba tentado a considerar, quería robarse a la novia, quería llevársela lejos y mantenerla a salvo, pero si cometía el error más pequeño, tendría que pagarlo con la vida de ella, y aunque la sola idea le quemaba por dentro, prefería verla casada con su hermano, antes que tener que verla morir por su culpa.
Cuando Marianne abrió los ojos, negó para sí una y otra vez, como queriendo convencer a su atribulado cerebro que lo que estaba pasando no era otra cosa, sino una aterradora pesadilla, y cuando alcanzó a ver el rostro de su padre claramente enfadado, no lo pensó y enredó el enorme y pesado vestido entre sus manos y se dirigió hasta donde estaba él, estaba segura de algo y definitivamente no era casarse ese día, menos con el príncipe Roberth.
--¡No me puedes obligar! No me casaré con el príncipe, y si con eso planeas quitarme la poca ayuda que me provees, entonces lo acepto, puedo encargarme de mi y de mi abuela sin tu ayuda – ni siquiera le dio tiempo a su padre de reaccionar, cuando ya estaba corriendo hacia la puerta, no le importaba que toda esa gente la viera pasar por el pasillo mientras huía de su propio matrimonio, tampoco le importaban las habladurías y mucho menos lo que pasara con su familia, a ellos no les importó lo que pasaría con ella, le llevaba la ventaja de la sorpresa a su padre, pero en ningún momento, en ese impulso valiente por escapar, se esperó encontrarse con la figura imponente del rey en persona que le impedía salir hacia su libertad.
--Antes que cometas una locura, déjame hablar contigo un momento – el rostro del rey carecía de emoción, pero aun así se podía percibir una enorme tristeza en su mirada
Marianne aceptó con la mirada baja y el rey le hizo una señal a su padre para que los dejara a solas, Conrad aceptó incomodo, temía que ella lo convenciera y terminara por cancelar la boda y dejarlo a él con la peor de las vergüenzas, pero no se atrevía a importunar al rey, así que abandonó la sala.
--Perdóname, querida Marianne, te aseguro que de haber sido de mi conocimiento que mi querido hijo Edward y tú se aman, te aseguro que esto no estaría pasando, pero … estoy impedido para poder darle una solución a este problema, así que, con mucho pesar tengo que pedirte que contraigas matrimonio con Roberth – la joven no daba crédito a lo que estaba escuchando, ¿Quién si no el rey tendría tal autoridad? Y ¿Por qué se estaba negando?, Edward era tan hijo de él como Robert, tenía que hacer algo o terminaría casada con el hombre equivocado.
--¡Majestad!... usted es el único que puede evitarlo, ¡se lo ruego, se lo imploro! No me obligue a casarme con él, no podría soportarlo – no supo en qué momento llegó a estar tan cerca del hombre, ni en qué momento lo tomo de la solapa del saco, que soltó apenada ante la mirada acusatoria del rey.
--lo siento, hija, y me duele mucho ver como el amor entre ustedes es tan genuino que son capaces de defenderlo hasta los limites inimaginables, pero se trata de algo que ya no se puede detener, y si en un arranque de insensatez, mi hijo decidiera huir contigo, déjame decirte que ni siquiera yo podría evitar el juicio contra ustedes dos, y estoy seguro que no quieres ver morir a Edward bajo una guillotina, así que si de verdad lo amas, te casaras con Roberth como se ha planeado, y manejarás el reino en su momento junto a él. – Marianne ya no pudo contener las lágrimas, pero se mantuvo en silencio y con la cabeza baja, estaba sometida, no podría soportar ser la causante de la muerte del hombre que amaba, el rey suspiró pesado y salió de la sala para comunicar que el matrimonio finalmente se realizaría.
Edward Caminó hasta colocarse cerca de su hermano mayor por solo un año, intentaba controlar su respiración y lo estaba consiguiendo hasta que apareció ella, su rostro estaba enrojecido y sus ojos rojos por el llanto, y a pesar de todo eso, lucía hermosa, parecía una muñeca tan bella y tan frágil que incluso tocarla significaría un riesgo, pero su semblante era triste y desolado, intentaba con todas sus fuerzas no mirarlo, no podía darse ese lujo, no lo soportaría, ya su mente se estaba encargando de trastornarla como para tener que soportar esa mirada que hacía unas horas la llenaba de felicidad, y ahora simplemente le podía expresar un sentimiento profundo de traición, si, lo estaba traicionando, estaba traicionando su amor, estaba a punto de casarse no solo con otro hombre, sino con su propio hermano. A Edward no le quedó otra opción más que ser testigo silencioso del matrimonio, tuvo que ver con repulsión cómo el sacerdote unía sus vidas para siempre y hasta la muerte, tuvo que ver como todos esos sueños al lado de ella se esfumaban con cada voto pronunciado, se odió a si mismo por esperar para reclamarla como su esposa, se tragó un grito desesperado al escuchar la declaración del matrimonio, estaba terminado, la había perdido para siempre, la había entregado, la había abandonado.