El festejo por la boda no podía esperar, el rey dispuso de los mejores manjares y el mejor vino del palacio, la celebración había reunido a las más importantes personalidades del reino y reinos vecinos, el matrimonio del heredero al trono era sin duda un acontecimiento muy importante, se estaba trazando una línea para las negociaciones futuras y el rey Rupert preparaba personalmente a su hijo mayor para eventualmente tomar su lugar como soberano del reino de Rhoslyn y por eso estaba aprovechando que todos estaban en el palacio con motivo de la boda de Roberth, para intentar que éste entablara una buena comunicación con los monarcas de otras tierras y los miembros de sus cortes, hasta ese momento, solo era Edward quien mantenía las buenas relaciones con los reinos vecinos, era impresionante la capacidad de persuasión con la que él se manejaba y lograba obtener los mejores acuerdos en beneficio de todos, era por eso que el rey tenía sus dudas, a Roberth le correspondía el trono por derecho de nacimiento, pero era Edward quien estaba más preparado para ser el rey, ese era un tema que mantenía a su padre muy preocupado, la decisión ya estaba tomada, pero la actitud de Roberth lo hacía dudar en todo momento.
Conrad ya estaba bajo el influjo del alcohol y no perdía la oportunidad de presentarse como el padre de la novia y futura reina con un aire lleno de orgullo, importunando con sus malos chistes y comentarios fuera de tono, el hombre ya estaba fuera de sus cabales y los invitados lo soportaban solo por ser el padre de la novia, pero solo estaba provocando un sin número de habladurías en cuanto a las dudas de que Marianne fuera la indicada, la alta sociedad estaba un poco sorprendida por el matrimonio del príncipe heredero con una simple plebeya y sobre todo teniendo un padre como Conrad, de quien su comportamiento no era nada bien visto por los demás.
Por su parte Marianne ya no estaba en el salón, con horror observaba cómo las mujeres a su servicio la preparaban para su noche de bodas, le colocaron un finísimo camisón de seda que le llegaba hasta los tobillos y que se amoldaba perfectamente a silueta de su cuerpo, le aplicaron una loción demasiado dulce para su gusto y cepillaron sus cabellos rubios y ligeramente enroscados que caían como cascadas sobre sus hombros, todas halagaban su belleza y se atrevían a darle uno que otro consejo sobre cómo comportarse en la cama, a decir de las mujeres, era mejor que estuviera al tanto de lo que le esperaba para que no fuera tan traumático, si es que eso era posible.
--Mi señora… mi nombre es Roseta, y seré yo quien esté a su cuidado de ahora en adelante—una simpática muchacha de aproximadamente la misma edad que Marianne se presentó con ella, con una enorme sonrisa en el rostro, era menuda y con enormes ojos expresivos y una voz melódica, ya todas las demás mujeres se habían retirado y solo ella se quedó a acompañar a Marianne
--Es un gusto conocerte Roseta— intentó sonreírle, pero solo logró que en su rostro se dibujara una mueca melancólica.
--Tranquila mi señora, puede confiar en mí, yo estaré para ayudarle en todo lo que necesite—sin duda Roseta inspiraba confianza y Marianne estaba agradecida por tenerla a su lado, por lo menos tendría alguien con quien hablar.
Unos pasos firmes y acelerados se empezaron a escuchar por el pasillo y la expresión en los ojos de Roseta solo podía significar una cosa, el príncipe se acercaba a reclamar a su esposa y Marianne no pudo evitar un estremecimiento, una vez más se sentía con la necesidad de escapar, de huir de sus responsabilidades como esposa, quería desaparecer, prefería estar muerta antes que tener que entregarse a él y por desgracia, estaba tan viva que dolía.
--tranquila mi señora, el príncipe Roberth se va a poner muy molesto si la encuentra en ese estado, y me temo que será mucho peor-- Roseta sentía tanta tristeza por ver a su señora tan exaltada que hacía todo lo posible por que se relajará, conocía muy bien los arranques salvajes del príncipe y estaba segura que si la encontraba llorando desconsolada, su reacción sería de una furia descontrolada, ella lo conocía muy bien.
-- Ya nada puede ser peor, Roseta – el rostro de Marianne se encontraba perdido en dirección a la ventana, sus lágrimas corrían como manantial por sus mejillas sin ella poder controlarlas y su cuerpo estaba rígido, de cierta forma preparándose para lo que estaba a punto de suceder y que ella ignoraba en lo absoluto.
El sonido de la puerta que se abría de un tirón les provocó un salto a las dos mujeres y Roseta, aunque no lo quería, tuvo que abandonar la habitación y con eso abandonarla también a ella, puso su mano sobre su corazón y se escondió en el pasillo de al lado, tenía que quedarse cerca, tenía que asistirla cuando todo hubiera terminado y rogaba por que el príncipe estuviera lo suficientemente ebrio como para que su cuerpo anestesiado no fuera capaz de hacer uso de toda su fuerza, o de lo contrario, esa pobre mujer tendría que pasar por uno de los momentos más difíciles y dolorosos de su vida.
Pero Roseta no estaba sola, del otro lado del pasillo, una silueta atormentada se erguía con dificultad ayudándose de los muros para no perder el equilibrio, el alcohol no estaba haciendo del todo su trabajo, y a pesar de las enormes cantidades ingeridas, su cuerpo y su mente aún seguían obligándolo a buscarla, a arrebatársela a su hermano, a tomarla entre sus brazos y decirle que ya todo estaba bien, prometerle que nada los volvería a separar, a… demonios, a quien quería engañar, quería verla por última vez, quería grabar sus hermosos y delicados rasgos, tenía miedo de olvidar su rostro, sus hermosos ojos azules, aunque sabía que eso era imposible, esa mujer ya se había tatuado en su mente y corazón, estaba tan arraigada a él que sabía que su muerte estaría cerca sin tenerla consigo.