Capítulo 4

1798 Words
Estación de bomberos Puntual, como no me gustaría que alguien fuera. Justo a las cuatro de la tarde, los escucho antes de verlos. Pasos pequeños, risas agudas y el eco de voces infantiles llenando el pasillo como una marea desbordada. Son niños. Quince, según Scott. Pero su energía podría multiplicarse por cien y, con todo y eso, sería difícil ignorar solo a una entre ellos. Hanna. —Ahí vienen —murmura Parker, ajustándose el uniforme, intentando parecer más relajado de lo que está. Yo no respondo, mis ojos están clavados en la entrada, esperando. No a los niños ni al jefe de policía. Yo la estoy esperando a ella. Entonces, aparece en mi campo de visión. Vestido azul claro, cabello recogido en una trenza que cae sobre su hombro derecho. Tiene esa sonrisa que se pone para los niños y no para los adultos. Una sonrisa de refugio, de calma... pero sus ojos me buscan. Cuando me encuentran, esa sonrisa se quiebra apenas un segundo. Sabe que estoy aquí y le incomoda mi presencia. —Hola, chicos, este es el teniente Parker y el teniente Aaron —dice, con voz clara—. Ellos son bomberos de verdad. Los niños sueltan un —wow— sincronizado que hace que Parker se incline como si saludara a una audiencia de televisión. Yo, en cambio, me mantengo de pie, cruzado de brazos, observando a Hanna. Sus pasos vacilan al acercarse. Puedo ver el leve temblor en su mano cuando le indica a uno de los pequeños que no se aleje demasiado. Estaba nerviosa y no era por los niños. Obviamente, era por mí. Por cómo se siente cuando estamos cerca. —Gracias por recibirnos —dice, formal, con esa voz que intenta sonar ligera. —Siempre es un placer hablar con las futuras generaciones —responde Parker, tomando la iniciativa—. Vamos, les mostraremos cómo funciona todo esto. Los niños lo siguen como un desfile desordenado y ruidoso. Hanna avanza detrás de ellos. Yo me muevo también y, cuando paso cerca de ella, su cuerpo se tensa. Lo siente. Siente mi aura y mi maldad. —¿Estás bien? —murmuro, sin mirarla directamente. —Sí —responde, demasiado rápido. Pero su pulso se acelera y su respiración se vuelve más corta. Nos quedamos un segundo más ahí, quietos, entre el bullicio de los niños y las bromas de Parker. Un segundo donde todo el universo podría apagarse, y solo quedaría esta tensión espesa que vibra entre nosotros como una cuerda a punto de romperse. —Sigamos —digo finalmente, caminando hacia los camiones. Parker sube a uno de ellos y golpea la puerta con una sonrisa amplia. —Este es el Camión 4. Tiene una escalera telescópica de 30 metros, mangueras de alta presión, y lo mejor, ¡una sirena! Los niños gritan con mucha emoción. Uno de ellos, un pequeño con lentes enormes y camiseta de dinosaurios, pregunta si puede subir. Parker asiente y comienza a organizar turnos para que todos entren uno por uno. Yo me quedo abajo, con Hanna. Demasiado cerca. Mejor dicho, lo suficiente para que ella sienta cómo cambia el aire entre nosotros. —¿Soñaste algo más? —pregunto, en voz baja. Ella no me mira. Sus ojos están fijos en los niños, pero sus labios se tensan. —¿Cómo se supone que sabes eso? —responde finalmente. —Normalmente, la gente tiene mala cara cuando sueña cosas extrañas —digo, mi voz no es fría y mucho menos amable. —Lo sé —gira la cabeza, ahora sí, y nuestros ojos se cruzan. No hay temor en los suyos. Hay duda y desconfianza. Como si estuviera esperando que, en cualquier momento, yo me convirtiera en el monstruo que su subconsciente ya sospecha que soy. Una cosa es eso y otra cosa es lo que verdaderamente soy. —¿Qué eres tú? —Algo que no debería estar tan cerca de ti —le respondo, sin adornos. Se estremece. Hanna es pureza, solo que no lo sabe. —Pero estás aquí, salvando vidas. Puede ser casualidad... —Porque te busqué. Nada es casualidad. Sus labios se entreabren y no está preparada para esa confesión. Tampoco para lo que implica. En definitiva, la destrucción siempre busca dañar la paz. Uno de los niños se tropieza y ella se aparta de mí para ayudarlo. Yo aprovecho ese momento para respirar, para no tocarla y para no permitir que lo que se enciende entre nosotros se descontrole. Cuando se incorpora, vuelve junto a mí, más seria que antes. —Mi padre te observó con atención esta mañana —dice, como quien lanza una piedra al agua solo para ver qué tan hondo cae—. No confía en ti y yo ni siquiera sé por qué te cuento las cosas, si nos hemos visto una vez. Sonrío. Qué malo que le borré la memoria y solo le dejé en su mente, que podía contar conmigo. —Tu padre siente cosas que no puede explicar y no le gusta. —¿Debo confiar en ti entonces? Sonrío nuevamente, pero no es una sonrisa amable. —No deberías. Ella se queda en silencio. Esa respuesta, honesta y brutal, le pesa. Y pese a eso, no se aleja. Parker llama nuestra atención desde el otro extremo del hangar. —¡Aaron! ¿Les cuentas lo del traje de incendio? Asiento y me adelanto. Los niños se agrupan alrededor y yo me inclino junto a una de las vitrinas. Abro el compartimento y saco un traje ignífugo completo, casco incluido. —Este es nuestro uniforme cuando entramos a un incendio real. Pesa casi veinte kilos. Nos protege del calor, pero no del miedo. Ese, lo aprendemos a controlar solos. Una niña levanta la mano. —¿Tienes miedo cuando hay fuego? —Siempre —respondo—. El fuego no es amigo. No obedece y no razona. Pero si lo entiendes, y lo respetas, puedes moverte entre las llamas y salir ileso de donde sea. Hanna me mira. Ella entiende que no estoy hablando solo del fuego. Estoy hablando de mí. —¿Y alguna vez alguien se quemó? —pregunta un niño, más serio. —Sí —dice Parker con voz más suave—. Algunos de nosotros cargamos cicatrices invisibles. No todas se ven, pero todas enseñan una lección. Los niños guardan silencio por un momento. Es curioso cómo la verdad, dicha sin drama, los calma más que cualquier mentira dulce. La visita continúa. Suben a los camiones, tocan botones y juegan con cascos. Pero Hanna... Hanna se mantiene cerca de mí, como si quisiera enfrentarse a lo que no puede evitar. Cuando la tarde empieza a morir y los niños se preparan para irse, ella se acerca una vez más. —¿Por qué me buscaste, Aaron? Le miro fríamente, ya no hay fuego en mis ojos. —Porque eres la única g****a que queda. Ella no lo entiende. Todavía no, pero lo hará muy pronto y entonces... ya no habrá vuelta atrás. ††† Los niños se agrupan frente al portón principal. Hanna y el jefe de policía se encargan de reunir mochilas, abrigos y despedidas, mientras Parker sigue firmando autógrafos improvisados en servilletas y hojas sueltas como si fuera una celebridad local. Yo observo desde la sombra del hangar, de pie, sin hablar. No me gustan las despedidas y menos cuando todo dentro de mi grita que esto no ha hecho más que empezar. —Fue más tranquilo de lo que pensé —dice Parker, acercándose con una botella de agua en la mano—. ¿Lo viste? La niña de la trenza pelirroja me pidió que le guardara un casco. Creo que me voy a casar en unos veinte o veintidós años. —Te enamoras cada semana, Parker. —Esta vez es serio, Aaron. No diría eso si esa niña no estuviese destinada a nosotros. Bueno, a mí. Niego con la cabeza y no le respondo. Mi atención está fija en Hanna, que se agacha para atar el zapato de uno de los pequeños. Hay algo en ese gesto que me desarma, algo demasiado humano y demasiado frágil para mi gusto. Un recordatorio de que hay cosas que no puedo tocar sin destruirlas. Y entonces ocurre. Fue un crujido seco. El estallido de un foco. Todos giramos al mismo tiempo. Una de las lámparas del hangar parpadea violentamente y estalla, lanzando chispas al suelo. Los niños gritan. Hanna se pone de pie de inmediato, instintivamente colocándose frente a ellos como un escudo. Parker maldice y corre hacia el interruptor principal. —¡Maldita instalación vieja! ¡Otra vez! Yo no me muevo, porque no fue un cortocircuito normal. Lo sentí antes de que ocurriera. Un tirón interno y una especie de presión en el pecho, como si el aire se volviera denso de pronto. Un segundo antes del estallido, supe qué pasaría. Y no soy el único que lo notó. Hanna me mira, sus ojos están abiertos, con una sorpresa gigante. Como si también lo hubiera presentido. Como si algo en su interior le dijera que eso no fue normal y causado por mí. La luz regresa y los niños se calman. Todo se vuelve otra vez ruido y despedida. Pero esa chispa ya encendió algo entre nosotros. El jefe de policía agradece por el recorrido, da la mano a Parker y luego a mí, con una mirada demasiado prolongada. No confía. Bien. Que no lo haga. Pero cuando Hanna se despide, evita tocarme. Me dedica una mirada, fue solo un segundo y luego la aparta. El peligro la llama y ella empieza a escucharlo. Cuando el autobús escolar se aleja, Parker se queda a mi lado, observando el polvo levantado por las ruedas. —¿Notaste el estallido? —Sí. —¿Tú lo causaste? —lo miro de reojo, él me sostiene la mirada. No hay juicio, pero sí dudas. Parker sabe que hay cosas que yo hago por gusto y otras no. Lo ha sabido desde que lo hice mi sirviente, pero lo ascendí a demonio amigo. Tuvo que leer y aprender demasiado sobre nosotros, pero entiende también, que hay decisiones que no dependen de mí. —No está vez —respondo. —¿Y qué fue entonces? Guardo silencio. Hay cosas que ni yo mismo puedo nombrar. —Alguien se está acercando —susurro finalmente—. Y no sé si viene por mí, o por ella. Parker palidece. —¿Hanna? Asiento. El viento sopla entre las vigas, silbando como una advertencia. —Prepárate, Parker. Porque cuando llegue, nada de esto va a sobrevivir al fuego. Si yo decido abrir las puertas del Inframundo, todos van a arder y en mi casa no los quiero.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD