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La Esposa de Reemplazo del Alfa

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Blurb

En la noche de su boda, Faye Ashford es obligada a tomar el lugar de su hermana gemela en el altar del Alfa más poderoso de la región. Cuando Xander Blackthorn levanta el velo y descubre el engaño, su furia es devastadora. Pero ella no es su enemiga, es su verdadera Luna, la alma gemela que la Diosa Luna le destino desde el principio.

Encerrada en su mansión fortaleza como castigo por un crimen que no cometió, Faye despierta a un poder que nunca supo que poseía. Xander pretende castigarla, pero en cada toque, en cada beso robado, el lazo sobrenatural los consume. Su ira se transforma en posesión absoluta. Su posesión, en amor que los quema vivos.

Cuando Isabelle regresa arrepentida, buscando reclamar su lugar, Faye se da cuenta de que nunca fue la novia de reemplazo. Fue siempre la elegida. Y está lista para demostrar exactamente quién es la verdadera Luna.

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LA NOVIA EQUIVOCADA
El espejo me devolvía el reflejo de una desconocida. Encaje blanco sobre mis hombros. Perlas en el cabello castaño que Isabelle siempre tuvo más brillante, más sedoso, más perfecto. El velo caía como una cascada de sueños que nunca fueron míos. —Faye, date prisa. —La voz de mi madre era un látigo disfrazado de urgencia—. Los invitados están llegando. No levanté la vista del espejo. No podía. Si lo hacía, tendría que reconocer lo que estaba sucediendo. Que en cuestión de minutos, caminaría por un pasillo que no había ensayado, hacia un hombre que no me conocía, para casarme con la mentira más grande que mi familia jamás había tejido. —¿Dónde está Isabelle? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. La había sabido desde hace una hora, cuando su dama de honor entró en la habitación con los ojos rojos, susurrando algo que nadie quería escuchar. Mi madre apretó los labios. —Isabelle ha tenido un… cambio de planes. Cambio de planes. Como si mi hermana gemela hubiera simplemente decidido no asistir a su propia boda. Como si no hubiera pasado seis meses de preparativos, diplomacia, y acuerdos políticos entre manadas. Como si no hubiera dejado a un hombre esperando en el altar—al hombre más poderoso de tres regiones—con un embarazo secreto de su amante humano todavía fresco. —Se fue —dije, sin entonación—. Con él. Mi padre apareció en el umbral, el rostro congestionado de furia. Detrás de él, el Beta de la manada del Alfa Blackthorn esperaba con los ojos entrecerrados, cada músculo de su cuerpo tenso como acero. —Isabelle ha sido una necia —escupió mi padre—. Una vergüenza. Una traidora. —¿Qué va a pasar? —pregunté, aunque el miedo ya estaba retorciéndose en mis entrañas, transformándose en algo más oscuro. Algo que sabía exactamente lo que esto significaba. Mi madre y mi padre intercambiaron una mirada. Fue solo un segundo, pero en ese segundo, vi cómo mi vida entera cambiaba de curso. —Vas a ir al altar —dijo mi padre. Silencio. Las palabras cayeron como piedras en un estanque tranquilo, creando ondas que se expandieron hasta los rincones de la habitación. Yo seguía mirando el espejo, esperando despertar de ese sueño. Esperando que alguien riera y dijera que era una broma. Nadie rió. —No —susurré. —Sí —replicó mi madre, su voz ahora cortante como vidrio—. Ponte el velo. Ahora. —No puedo casarme con… —comencé, pero mi padre levantó la mano. —Puedes, y lo harás. —Se acercó, y por un momento aterrador, pensé que me golpearía—. ¿Sabes lo que sucederá si no lo haces? ¿Sabes lo que hará el Alfa Blackthorn cuando se entere de que lo han humillado? ¿Que ha sido rechazado? El silencio fue respuesta suficiente. El Alfa Blackthorn no era un lobo ordinario. Era leyenda. Poder bruto. La clase de macho alfa que podía destruir una manada completa con una palabra. Y lo más importante: tenía razones legítimas para hacerlo si era humillado en su propia boda. Guerra. Sangre. Destrucción. Todo eso podía evitarse si alguien—si yo—caminaba hacia ese altar y decía “sí” a un desconocido en nombre de mi hermana traidora. —Eres su gemela —dijo mi madre, como si eso lo explicara todo—. Nadie lo sabrá. El velo es lo suficientemente espeso. La luz es lo suficientemente tenue. Solo unos minutos en el altar, y después… Después. Esa palabra parecía suspendida en el tiempo, esperando ser completada. Después de qué, exactamente, no me atrevo a preguntar. El Beta en la puerta carraspeó, impaciente. —Mi Alfa está esperando. Mi padre me tomó por los hombros. Sus dedos se hundieron en la seda blanca, y por primera vez, realmente tuve miedo. —Faye. Mira me. Levanté los ojos. Vi la desesperación en sus facciones. Había envejecido diez años en una hora. —Salvaste a esta familia —murmuró—. Ahora, sálvanos de nuevo. Las palabras me atravesaron como una espada. Porque eso era lo único que había hecho en mis veintitrés años de vida: salvar a los demás de sus propios fracasos. Limpiar los desastres de Isabelle. Sonreír cuando ella recibía los elogios. Desaparecer cuando ella necesitaba la atención. Siempre invisible. Siempre útil. Siempre… sacrificable. Cuando me puse de pie, el velo se movió como el espíritu de alguien que ya estaba muerto. —Está bien —escuché a mi madre susurrar mientras salíamos de la habitación—. Nadie lo sabrá. Pero alguien lo sabría. Y cuando lo descubriera, todo se desmorona ría. La iglesia estaba llena de cuerpos. Doscientos lobos en forma humana, todos adornados con sus mejores ropas, sus mejores sonrisas, sus mejores mentiras. Caminé por el pasillo central, y cada paso fue como atravesar fuego. Mi padre estaba a mi lado, su brazo bajo el mío, posesivo y asustado. La música tocaba alguna melodía elegante que Isabelle había elegido hace meses, cuando aún creía que tendría un futuro diferente al que realmente merecía. Arriba, en el altar, estaba él. Incluso con la visión nublada por el velo, lo vi con claridad absoluta. Alto. Ancho de hombros. Peligroso en la forma en que el acero es peligroso: hermoso hasta que te corta. El Alfa Xander Blackthorn. Tenía los ojos fijos en mí—o más bien, en lo que pensaba que era mi hermana. Su expresión era impenetrable, tallada en piedra. Pero había algo en la forma en que sus manos se cerraban en puños, en la forma en que su mandíbula estaba tensa, que me decía que sabía algo. Que había un hilo de suspicacia serpentean do por sus venas. Mi padre me entregó a los pasos del altar como si fuera un paquete frágil. Xander extendió su mano, y la tomé. Su palma era cálida, áspera de cicatrices de batalla. El sacerdote comenzó a hablar. Palabras sobre unión, sobre destino, sobre la voluntad de la Diosa Luna. Todas mentiras. Todas cuidadosamente construidas para ocultar lo que realmente estaba sucediendo. Me preguntaba cuánto tiempo tardaría antes de que supiera la verdad. La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba. —Los votos —dijo el sacerdote, mirándome. Abrí la boca. Las palabras estaban atascadas en mi garganta como cristal roto. —Yo, Faye… —comencé, luego me detuve. Había cometido un error. Un error terrible, hermoso, irrevocable. Xander se tensó. Sus ojos se estrecharon, y vi el momento exacto en que las piezas encajaron en su cabeza. Vi cómo su cuerpo pasaba de la rigidez diplomática a la del depredador. —Levanta el velo —dijo. No fue una petición. Fue una orden de guerra. El silencio se instaló en la iglesia como una criatura viviente. Doscientos pares de ojos se giraron para mirarnos. La música se detuvo. —Levanta. El. Velo. —repitió, su voz profunda como un gruñido. Con dedos que temblaban, alcé las capas de encaje. Su rostro cambió cuando vio mi cara. Vio que no era Isabelle. Vio que era yo—una chica común, invisible, insignificante—de pie en su altar, usando el velo de su prometida. Luego vi algo peor que la ira. Vi la comprensión. Xander se dio la vuelta hacia mis padres, aún de pie en la primera fila, sus caras pálidas como la muerte. Cuando habló, su voz fue tan baja que apenas pude escucharla, pero cada persona en la iglesia sintió el peso de esas palabras: —Han conspirado contra mí. —Sus ojos brillaron con oro líquido, la marca de un lobo completamente fuera de control—. Esta noche, su manada ardará. Mi corazón se detuvo. Mi vida entera se detuvo. Y en ese silencio de muerte, el Alfa Xander Blackthorn me miró directamente a los ojos, con una furia tan pura que sentí que me consumía desde adentro. —Y tú, pequeña mentirosa —susurró solo para mí—, vas a aprender exactamente lo que significa provocar a un Alfa hambriento de venganza.

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