Libertad

2148 Words
[Capítulo 2: Libertad] Punto de vista Rose Moscú, Rusia. Mis botas resonaban contra el pavimento mientras caminaba hacia el hangar privado, mi mente ya inmersa en los detalles de la operación. A mi lado, Anya se ajustaba su chaqueta, su rostro iluminado solo por la luz mortecina de las farolas. El hangar era discreto, oculto en un rincón del aeropuerto de Moscú, lejos del bullicio de los vuelos comerciales. Dmitri ya estaba allí, supervisando los últimos detalles antes de partir. El jet, un elegante Learjet de color gris mate, brillaba bajo las luces del hangar. No era el tipo de lujo que esperabas ver en una operación como esta, pero Dmitri siempre insistía en usar sus propios recursos para mantenernos fuera del radar. —Listo para despegar en diez minutos —dijo Dmitri al verme, con una sonrisa confiada que, lo admito, siempre lograba tranquilizarme un poco. Su chaqueta de aviador le daba un aire relajado, pero conocía la seriedad que ocultaba tras esa fachada. —Tienes que decirme cómo un oficial de la ley tiene un jet privado —le respondí con una ceja levantada, aunque la tensión en mi voz delataba mis preocupaciones. —Digamos que tengo conexiones —dijo, guiñándome un ojo. —Conexiones legales, claro. Me permití una risa breve y nerviosa mientras subía al jet. El interior era cómodo, con asientos de cuero n***o y una mesa en el centro llena de mapas, informes y fotos de satélite. Había pasado meses en viajes como este, pero cada misión tenía su propio peso, su propia carga emocional. El despegue fue suave, casi imperceptible, y pronto el paisaje helado de Moscú quedó atrás. Dmitri pilotaba el avión con una destreza que no dejaba lugar a dudas sobre su experiencia. Desde la cabina, nos mantenía informados del tiempo estimado de llegada mientras Anya y yo repasábamos los detalles de la operación. Y Sergei a nuestro lado mantenía en silencio, asintiendo de vez en cuando para aceptar cualquier cosa que dijéramos, pero era muy raro que alguna vez interviniera. —Irina está en el segundo piso, habitación 204 —dijo Anya, extendiendo un mapa del burdel sobre la mesa. Su dedo se detuvo en un pasillo marcado con un círculo rojo. —Las cámaras cubren esta área, pero tenemos un punto ciego aquí. Asentí mientras observaba el mapa. Cada línea, cada detalle, había sido cuidadosamente estudiado. Pero incluso con toda esta preparación, el riesgo era inmenso. —Y las otras mujeres?— pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Siempre hacía la misma pregunta porque necesitaba escucharla para recordarme por qué tomábamos decisiones tan difíciles. —Si no están solas, no podremos sacarlas —respondió Anya con un tono casi robótico. Sabía que esa respuesta le dolía tanto como a mí. —No podemos arriesgar toda la operación. —Mejor una que ninguna —murmuré, como un mantra que me repetía constantemente. Era verdad, pero no la clase de verdad que consuela. El viaje transcurrió entre silencio y susurros, interrumpidos solo por el sonido constante de los motores. Desde mi asiento junto a la ventana, miré el cielo oscuro, salpicado de estrellas. Pensé en las mujeres que estaban allí abajo, atrapadas en lugares como el que nos dirigíamos a destruir. Pensé en cómo había llegado a este punto, en cómo el pasado seguía marcando cada uno de mis pasos. —¿Sabes que todo esto es gracias a él, verdad? —me susurró una voz en mi mente. La voz de la duda. Nikolai Volkov había moldeado muchas de mis habilidades, y esa realización era como una espina constante en mi costado. Cada táctica que usaba, cada estrategia, llevaba su firma. Y aunque ahora usaba esas herramientas para luchar contra el mundo que él había construido, no podía evitar sentir que su sombra seguía acechándome. Aterrizamos en un pequeño aeródromo a las afueras de Rostov del Don. El viento helado nos golpeó al bajar del jet, pero no me quejé. Había algo en ese frío que me mantenía alerta, despierta. Un auto n***o nos esperaba, y Sergei no dudo ni un segundo en tomar el volante. Su rostro curtido por los años y las malas decisiones mostraba una sonrisa tenue al estar allí. Ya lo conocía bien para saber que tras un volante era su lugar seguro y mientras fuera él quien tuviera el control, siempre saldríamos de todos los lugares sin problema. —Base lista— dijo mientras nos ayudaba a cargar el equipo en el maletero. —Es un lugar discreto. Tendrán suficiente espacio para repasar el plan. El trayecto hasta nuestra base temporal fue corto. Era una pequeña casa en las afueras de la ciudad, escondida entre árboles desnudos por el invierno. Las ventanas estaban cubiertas con cortinas gruesas, y dentro, el espacio era cálido y funcional. Había una mesa grande en el centro de la sala principal, donde desplegamos nuestros materiales, y un sofá viejo que probablemente había visto mejores días. Pasamos horas repasando cada detalle. Un aliado anónimo de Dmitri nos dio información actualizada sobre los movimientos en el burdel, mientras Sergei y Dmitri discutían las posibles rutas de escape. Yo apenas hablaba, concentrada en memorizar cada punto ciego, cada patrón de los guardias. —Rose, ¿estás bien? —preguntó Dmitri en un momento de pausa. Su voz era suave, casi como si no quisiera perturbarme. —Estoy bien —respondí sin mirarlo, manteniendo mis ojos fijos en el mapa. Pero la verdad era que nunca estaba completamente bien antes de una misión. Siempre había un nudo en mi estómago, una sensación de que algo podría salir mal. Al final de la noche, nos sentamos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Yo miraba una foto de Irina, tratando de imaginar cómo se sentía ella en ese momento, atrapada en un lugar donde cada segundo debía sentirse como una eternidad. —Más vale que esto funcione —murmuro para mí misma mientras dejo la foto sobre la mesa. No podía permitirme fallar. *** El aire alrededor del burdel era espeso, una mezcla de humo de cigarrillo, perfume barato y el inconfundible olor a desesperación. Me detuve frente al edificio, una estructura decadente con luces de neón parpadeantes que anunciaban —Paraíso Nocturno— en un ruso deformado y apagado por el tiempo. Cada destello intermitente de esas letras era un recordatorio cruel de que, para muchas de las mujeres allí dentro, no había nada de paraíso, solo una noche eterna de terror. El lugar estaba ubicado en un callejón al final de una calle sin salida en Rostov del Don. Edificios grises y manchados rodeaban el área como espectadores silentes de las atrocidades que ocurrían. Las ventanas del burdel estaban cubiertas con cortinas gruesas y oscuras, selladas como si quisieran ocultar el infierno que ardía dentro. La música alta y el murmullo de voces masculinas eran audibles incluso desde fuera, un recordatorio constante de que allí dentro había hombres disfrutando de su poder y mujeres perdiendo el control sobre sus vidas. —Este es el lugar —susurró Anya, mientras me pasaba un auricular pequeño. Su voz, firme pero cargada de tensión, me trajo de vuelta al presente. A su lado, Dmitri ajustó el chaleco bajo su chaqueta. Sus ojos azules brillaban con determinación, pero también con una chispa de miedo. Sabía que para él, un oficial de la ley, colaborar en una operación como esta era un riesgo enorme. —Tómalo con calma, Rose. Síguenos el ritmo —dijo, tratando de disimular el hecho de que me estaba cuidando. —No soy yo quien necesita que la cuiden —le respondí mientras ajustaba el auricular en mi oreja y aseguraba el morral donde llevaba las herramientas necesarias para la operación. Herramientas que, paradójicamente, Nikolai Volkov me había enseñado a usar. El plan era sencillo en teoría: infiltrarnos, neutralizar a los guardias principales y sacar a las mujeres antes de que nadie pudiera reaccionar. Sabíamos que una de las salidas traseras estaba menos vigilada, y allí era donde Sergei nos esperaba con una furgoneta para evacuar a las víctimas. Por dentro, el burdel era aún peor de lo que imaginé. Las paredes estaban pintadas con un rojo oscuro que alguna vez pudo haber sido elegante, pero que ahora parecía empapado de la energía rancia del lugar. La luz era tenue, con focos de colores giratorios que daban un aire enfermizo a todo. Mesas bajas con botellas vacías y ceniceros llenos de colillas ocupaban cada rincón. La música estridente retumbaba a través de los parlantes, mezclándose con risas masculinas y voces de mujeres que parecían forzadas a sonar coquetas. Vi a una de ellas desde el pasillo. Una joven con el cabello castaño despeinado y una sonrisa que no llegaba a sus ojos servía tragos a un grupo de hombres que hablaban en ruso entre carcajadas. Su vestido, ajustado hasta el extremo, estaba diseñado para ser más revelador que funcional. Mi corazón se apretó al verla. Podría haber sido yo. —Irina debe estar arriba, en el segundo piso —dijo Anya en voz baja a través del comunicador. Su tono era cortante, pero podía notar la rabia contenida en cada palabra. Dmitri asintió y comenzamos a movernos por los pasillos angostos, procurando no llamar la atención. Los guardias eran fáciles de identificar: hombres corpulentos con trajes que no encajaban del todo bien. Sus ojos recorrían el lugar como depredadores, buscando cualquier señal de problemas. Reconocí esa mirada. Era la misma que había visto innumerables veces en los hombres de Nikolai. No pude evitar sentir una punzada de ironía al darme cuenta de que estaba usando sus propios trucos para eludirlos. Llegar al segundo piso fue más sencillo de lo que esperaba, pero lo que encontré allí me hizo detenerme un instante. Un pasillo largo con puertas a ambos lados, cada una marcada con un número. Podía escuchar murmullos y suspiros ahogados tras algunas de ellas. Me mordí el labio, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro. —La habitación es esa, 204 —dijo Anya, sacándome de mi trance. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos estaban enfocados. Asentí y me acerqué a la puerta, sacando la herramienta que había aprendido a usar gracias a las largas horas de entrenamiento con Nikolai. La cerradura cedió tras unos segundos, y empujé la puerta con cuidado. Irina estaba allí, sentada en el borde de una cama con las manos apretadas sobre su regazo. Su rostro estaba marcado por la desesperación, pero cuando me vio, sus ojos se llenaron de algo que apenas podía identificar como esperanza. —Irina, venimos a sacarte de aquí —susurré. Su cuerpo tembló al escuchar mis palabras, pero se levantó rápidamente, como si su instinto de supervivencia tomara el control. No hizo preguntas, de hecho ni siquiera fue capaz de abrir la boca, tan solo nos siguió confiando plenamente en nosotros y es que no podía culparla por irse con cualquiera así de sencillo. Todas querían salir de este lugar, no importaba como. El regreso al primer piso no fue tan fácil. Uno de los guardias nos vio cuando cruzábamos el pasillo y comenzó a gritar. Dmitri reaccionó rápidamente, empujándome hacia una pared mientras sacaba su arma. —¡Sigue! Yo los detendré —gritó. Corrimos. Anya, Irina y yo nos movíamos como si nuestras vidas dependieran de ello, porque en realidad lo hacían. Al llegar a la salida trasera, Sergei ya estaba esperando con la puerta de la furgoneta abierta. Subimos rápidamente, y él aceleró antes de que pudiera cerrarla por completo. Desde la ventana trasera, pude ver a Dmitri saliendo del edificio con su arma levantada, cubriéndonos hasta el último segundo. Mi corazón estaba en mi garganta, pero cuando finalmente nos alejamos lo suficiente, una sensación de alivio se apoderó de mí. De vuelta en nuestra base temporal, Irina y dos chicas más que pudimos rescatar no dejaban de llorar, eran lágrimas de felicidad de por fin estar libres. Irina no dejaba de agradecer entre sollozos. Anya la abrazó mientras yo me alejaba para respirar un momento. Afuera, el viento helado de la noche me golpeó el rostro, pero no me importó. Cerré los ojos, intentando calmar mi mente. Todo esto, cada movimiento que hice, cada decisión tomada, estaba impregnada de las lecciones que aprendí de Nikolai. Y eso me llenaba de contradicciones. Había usado su conocimiento para salvar una vida, pero no podía ignorar el hecho de que ese mismo conocimiento había sido diseñado para controlar y destruir. —Esto no es sobre él —me dije a mí misma en voz baja. —Esto es sobre ellas. Sobre nosotras. Mientras volvía a entrar para ayudar a las chicas, supe que, aunque mi pasado estuviera marcado por Nikolai, mi presente era solo mío. Y esta batalla, por cada mujer atrapada en ese infierno, era la forma en que recuperaba mi poder cada día.
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