¿Nikolai está libre?

2024 Words
[Capítulo 3: ¿Nikolai está libre?] Punto de vista Rose Moscú, Rusia. Sentada en un sillón desgastado frente al fuego, sostenía una taza de té caliente entre las manos. Mi cuerpo dolía, pero no era nada comparado con la calma pasajera que venía después de una misión. Desde la cocina, podía escuchar el tintineo de platos y el murmullo de voces. Dmitri y Sergei discutían sobre la mejor forma de mover a las chicas a un lugar seguro. Anya estaba con Irina y las otras dos, intentando calmarlas y explicarles lo que sucedería a continuación. —¿Rose?— La voz de Anya me sacó de mis pensamientos. Su rostro apareció por la puerta, con esa mezcla de cansancio y determinación que conocía demasiado bien. —Irina pregunta si puedes hablar con ella. Parece que solo confía en ti. Asentí, dejando la taza sobre una mesa cercana antes de levantarme. Mis piernas protestaron al moverme, recordándome las carreras de la noche, pero no podía permitirme mostrar debilidad. En la habitación improvisada donde habíamos acomodado a las chicas, Irina estaba sentada en un colchón junto a una de las otras mujeres. Sus ojos seguían mostrando ese destello de miedo que nunca se iba del todo, pero también había algo más: esperanza. Me acerqué lentamente y me senté frente a ella, manteniendo mis manos visibles y mi voz suave. —Irina, estás a salvo ahora. Todo está bien —dije, intentando sonar más segura de lo que me sentía. —Gracias — susurró, con una voz tan baja que apenas era audible. Luego miró a las otras chicas y volvió a mí. —¿Y ellas? ¿Van a estar bien? —Haremos todo lo posible por asegurarnos de que tengan un lugar seguro donde ir —respondí. Esa era siempre la parte más difícil: prometer sin garantizar. —Esto es solo el comienzo para ustedes. No están solas. Hablamos por unos minutos más, y aunque no pude disipar todos sus temores, al menos logré que aceptara comer algo. Salí de la habitación y me dejé caer contra la pared del pasillo, cerrando los ojos por un momento. De vuelta en la sala principal, Sergei había encendido un televisor pequeño que había encontrado en el lugar. Era un modelo antiguo, con una pantalla ligeramente opaca, pero funcionaba lo suficiente para captar las noticias locales. Me senté en el borde del sofá mientras Dmitri pasaba un plato de huevos revueltos y pan tostado. —Come algo. No hemos parado desde ayer — dijo, dejándolo en mis manos antes de sentarse junto a mí. Había algo en su tono que me hizo sonreír ligeramente. Dmitri siempre encontraba la forma de cuidar de todos sin hacer que se sintiera como una imposición. Mientras comía, las noticias continuaban en segundo plano. El presentador hablaba rápidamente, pasando de una noticia a otra. Política, economía, deportes… nada que llamara demasiado mi atención hasta que una imagen en pantalla me hizo detenerme. Era una cárcel, una prisión de alta seguridad en algún lugar de Estados Unidos. El titular decía algo sobre un escape reciente, pero el volumen estaba demasiado bajo para escuchar los detalles. Me incliné hacia adelante, frunciendo el ceño mientras intentaba descifrar lo que decía el presentador. —Sube el volumen —pedí y Sergei lo hizo sin cuestionarlo. —…un hombre extremadamente peligroso escapó de la prisión de alta seguridad en la costa este. Las autoridades han iniciado una búsqueda a nivel nacional y han pedido a la ciudadanía que se mantenga alerta… La imagen cambió a una toma de la prisión, rodeada de patrullas y helicópteros. Mi corazón comenzó a latir más rápido, pero intenté mantenerme calmada. No dijeron el nombre del prisionero, pero algo en mi interior se retorció, como si una sombra se arrastrara desde un rincón olvidado de mi mente. —Probablemente sea algún traficante de drogas o un mafioso menor —comentó Dmitri, tratando de restarle importancia. Pero su tono traicionaba un leve nerviosismo. —Deberíamos preocuparnos por esto? —preguntó Anya desde la cocina. Su voz sonaba distante, pero conocía esa tensión; siempre estaba alerta a cualquier amenaza potencial. —No lo creo. Está en Estados Unidos. Eso está muy lejos de aquí —respondió Sergei, apagando el televisor con un encogimiento de hombros. —Tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos. No dije nada. Algo en mi interior me decía que esto no era algo que podía ignorar tan fácilmente. Pero también sabía que no podía permitirme caer en paranoias. No ahora. Las horas pasaron con una extraña normalidad. Dmitri y Sergei salieron para asegurarse de que teníamos suficiente combustible en el coche para movernos rápidamente si era necesario, mientras Anya y yo organizábamos los archivos de las chicas rescatadas. Irina finalmente se durmió, y las otras dos parecían seguir su ejemplo. El silencio en la casa era casi perturbador después del caos de la noche anterior. Sentada junto a la ventana, observé las ramas de los árboles balanceándose bajo el peso del viento. Mi mente volvía una y otra vez a la noticia que había visto. Traté de convencerme de que era una coincidencia, que no tenía nada que ver conmigo ni con mi pasado. Pero el nudo en mi estómago seguía ahí, una advertencia silenciosa que no podía ignorar. Cuando Dmitri regresó, traía una bolsa con provisiones y un pastelito fresco que encontró en una panadería local. Lo dejó sobre la mesa y me lanzó una mirada curiosa. —¿Estás bien?— preguntó, sentándose frente a mí. —Sí, solo cansada —mentí. Era más fácil que tratar de explicar lo que sentía, especialmente cuando ni siquiera yo lo entendía del todo. —Es normal. Todos lo estamos— dijo, tomando un pedazo de pastel y pasándome otro. —Come algo. Necesitarás energía si algo más surge mañana. La noche cayó rápido y la casa quedó en silencio una vez más. En mi habitación, me recosté sobre el colchón duro, mirando el techo. Las sombras de las ramas se movían con el viento, creando figuras danzantes que me recordaban a un pasado que trataba de olvidar. Cerré los ojos, tratando de encontrar la calma. Pero todo lo que podía ver era la imagen de aquella prisión en la pantalla del televisor y la sensación de que algo estaba a punto de cambiar. *** El regreso a Moscú fue silencioso, casi pesado, como si todos lleváramos una carga invisible que nadie quería mencionar. Habíamos salido temprano aquella mañana desde nuestra base temporal en Rostov del Don, dejando atrás el pequeño refugio que habíamos improvisado. El viaje en el jet privado de Dmitri fue tranquilo; las horas parecían alargarse mientras las nubes pasaban bajo nosotros como un manto interminable. Yo estaba sentada junto a la ventana, observando el horizonte sin realmente verlo. Mi mente seguía atrapada en los eventos de los días anteriores. Irina y las otras dos mujeres ahora estaban a salvo, pero sabía que su lucha apenas comenzaba. Habíamos hecho lo correcto, lo necesario, pero siempre quedaba ese sabor amargo, esa sensación de que no era suficiente pensando en las demás mujeres que habían quedado allí y los nuevos enemigos que nos hemos echado encima. Anya estaba dormida en el asiento junto a mí, su cabeza apoyada contra el respaldo. Su rostro, incluso en reposo, reflejaba el cansancio acumulado. Sergei y Dmitri hablaban en voz baja en la cabina del piloto, sus palabras indistintas mezclándose con el suave zumbido de los motores. Me acomodé en el asiento, cerrando los ojos por un momento. Intenté vaciar mi mente, pero el recuerdo de la noticia que había visto dos noches antes seguía atormentándome. Algo en mí no podía ignorar el presentimiento de que esa información significaba mucho más de lo que quería admitir. Cuando aterrizamos en Moscú, el frío característico de la ciudad nos dio la bienvenida. Las calles estaban cubiertas de una capa fina de nieve reciente, y el aire era tan cortante como siempre. Dmitri había organizado transporte para llevarnos directamente a la oficina central de nuestra organización. El viaje en auto fue igual de silencioso. Las calles de Moscú pasaban rápido, llenas de transeúntes que parecían ajenos al tipo de mundo en el que nosotros operábamos. Al llegar, Anya se dirigió de inmediato a revisar los reportes pendientes, mientras Sergei desaparecía hacia una de las salas laterales. Habíamos hecho la parada más importante de todo un rescate y era el de llevar a las chicas a una fundación donde Irina se reencontraria con sus familiares. Familiares que habían buscado de la ayuda de mi equipo para encontrar a su Irina y donde también ayudarían a las otras chicas a buscar a su familia. Nunca me he quedado para ver un reencuentro, mi trabajo acaba cuando las lleva al lugar, pero jamás me he sentido capaz de ver aquellos abrazos llenos de amor. No sé muy bien porqué no puedo hacerlo. Tal vez un poco de envidia porque a mi nadie me estaba esperando afuera y ver aquello solo me recordaba que estaba sola. Yo me quedé en el área principal, quitándome el abrigo y acomodando mis cosas en un escritorio que había adoptado como propio. Mi cuerpo pedía descanso, pero sabía que no podría relajarme hasta que terminara de revisar los informes del rescate y asegurarnos de que Irina y las otras mujeres nunca volverían a este lugar. Dmitri entró poco después, su rostro serio. Algo en su postura me hizo levantar la mirada. —¿Tienes un momento? —preguntó, su voz más grave de lo habitual. Asentí, dejando a un lado los papeles que tenía en las manos. Me guió hacia una de las salas de reuniones vacías y cerró la puerta detrás de nosotros. El aire se sintió diferente, cargado de algo que no podía identificar. —Rose, necesito que escuches esto con calma —empezó, apoyándose contra la mesa. Su rostro estaba tenso, y sus ojos, que siempre parecían mantener esa chispa de humor incluso en los peores momentos, ahora estaban oscuros. —Recibí información esta mañana de alguien en quien confío completamente. Algo que podría cambiar mucho de lo que estamos haciendo. Mi corazón comenzó a latir más rápido, pero me obligué a mantener la calma. —Habla —dije, cruzando los brazos. Sabía que no me iba a gustar lo que estaba por decir. —Nikolai Volkov escapó de prisión hace unos días —dijo finalmente. Sus palabras cayeron como un peso insoportable sobre mis hombros. —No solo eso, según mi contacto, hay indicios de que podría estar buscando venganza. Sentí como si el aire se escapara de la habitación. Me quedé inmóvil por un momento, intentando procesar lo que acababa de escuchar. ¿Nikolai? ¿Libre? Las palabras rebotaban en mi mente, pero no lograban asentarse. —¿Estás segura de esa información? —Mi voz sonó más tranquila de lo que me sentía. Dmitri asintió lentamente. —Mi contacto nunca ha fallado, Rose. Esto es real. Aparté la mirada, caminando hacia la ventana de la sala. Desde allí, podía ver las calles de Moscú, llenas de vida y movimiento. Pero para mí, todo parecía detenerse. Mi mente se llenó de recuerdos que había intentado enterrar: la mirada de Nikolai, su voz, las promesas que alguna vez creí. Y ahora, la amenaza que representaba. —¿Qué hacemos? —pregunté finalmente, girándome para enfrentar a Dmitri. —Primero, necesitamos confirmar su ubicación. Si realmente está buscando venganza, no podemos subestimarlo. Sabes de lo que es capaz —dijo, su voz firme pero llena de preocupación. —Y, Rose… necesitamos reforzar nuestra seguridad. Por mucho que odie decirlo, probablemente tú seas su objetivo principal. La idea no era nueva para mí, pero escucharla en voz alta la hacía mucho más real. Asentí, tomando una respiración profunda. Cuando salimos de la sala, el mundo había cambiado para mí, aunque nadie más parecía notarlo. Dmitri se dirigió a hablar con Sergei, mientras yo volvía a mi escritorio. Mis manos temblaban ligeramente mientras intentaba retomar mi trabajo, pero mi mente seguía atrapada en la revelación. Nikolai Volkov estaba libre. Y el juego había comenzado nuevamente.
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