[Capítulo 5: ¿Disparo al corazón?]
Punto de vista Rose
Moscú, Rusia.
Cada vez que recordaba que Nikolai estaba preguntando por mí, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Intentaba convencerme de que no tenía mucho miedo, pero la verdad era que la idea de que él estuviera buscándome me aterrorizaba.
Me levanté de golpe, incapaz de seguir sentada. Caminé hacia la cafetera en una esquina de la sala, llené una taza y regresé a mi escritorio. El café estaba amargo y quemado, pero no me importó. Necesitaba algo que me mantuviera despierta, algo que llenara el silencio que mi mente insistía en convertir en ruido.
Anya pasó junto a mí, cargando una caja llena de documentos que habíamos trasladado. Su mirada me analizó por un momento antes de detenerse.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz suave pero llena de preocupación.
Asentí rápidamente, forzando una sonrisa.
—Sí, sólo un poco cansada por el entrenamiento que tuvimos.
Ella no pareció convencida, pero no presionó.
—Recuerda que no estás sola en esto, Rose. Si necesitas algo, dímelo.
—Lo haré —mentí. Anya siguió su camino, dejándome sola con mis pensamientos una vez más.
El día transcurrió en una especie de neblina. Revisé los informes, habré hecho llamadas y tomé notas, pero todo se sintió mecánico, como si una parte de mí estuviera operando en piloto automático mientras el resto luchaba por mantener la calma. A medida que las horas pasaban, la ansiedad creció, un peso constante en mi pecho que hacía que cada respiración se sintiera más pesada.
Para cuando el sol comenzó a ponerse, el almacén estaba más tranquilo. La mayoría de mi equipo había salido para atender otras tareas, dejando solo a unos guardas externos, amigos de Dmitri para vigilar la base. El silencio que tanto había deseado durante el día ahora se sentía opresivo, como si cada sombra en las esquinas del almacén estuviera observándome.
Estaba organizando mis notas cuando escuché un ruido suave, apenas perceptible. Me detuve, el bolígrafo a medio camino de la página, y agudicé el oído. El ruido venía de la puerta principal, un leve golpe que no había esperado.
—¿Dmitri? — llamé, pero no hubo respuesta. Me levanté con cautela, mis pasos silenciosos mientras me acercaba a la puerta. Al abrirla, no había nadie. Solo el frío aire nocturno y el leve murmullo de los árboles moviéndose con el viento. Miré a mi alrededor, buscando alguna señal de movimiento, pero todo estaba en calma.
Entonces lo vi. En el suelo, justo frente a la puerta, había un sobre. Era blanco, sencillo, y no tenía nada escrito en el exterior. Lo recogí con manos temblorosas, cerrando la puerta tras de mí antes de regresar a mi escritorio.
Me senté lentamente, colocando el sobre frente a mí como si fuera una bomba a punto de explotar. Mi corazón latía con fuerza, cada latido resonando en mis oídos mientras lo abría con cuidado.
Dentro, solo había una hoja de papel doblada. La abrí y mis ojos se fijaron en las palabras escritas con una letra que conocía demasiado bien:
«Pensé que disfrutarías de un recordatorio de cómo empieza el juego»
No había firma. No la necesitaba. Reconocía el tono, la forma en que las palabras parecían bailar entre amenaza y burla. Era él. Nikolai. Mi mente se llenó de preguntas, de suposiciones, pero lo que más sentía en ese momento era una sensación de opresión en mi pecho.
Dmitri entró en la sala en ese momento, deteniéndose al ver mi expresión.
—Rose, ¿qué pasa? —preguntó, con su voz tensa.
Le extendí la nota sin decir una palabra. Observó el papel por un momento antes de maldecir en voz baja.
—¿Dónde la encontraste? —preguntó, su mirada ahora fija en la mía.
—Estaba frente a la puerta. No vi a nadie —respondí, mi voz apenas un susurro.
Dmitri cerró los ojos por un momento, respirando profundamente antes de hablar.
—Esto confirma lo que temíamos. No solo sabe dónde estamos y que nos ha estado siguiendo ahora que descubrió la nueva base, sino que también quiere que lo sepamos. Quiere que sepas que está cerca.
Las palabras de Dmitri se quedaron conmigo mucho después de que él se fuera. Sentada en mi escritorio, con la nota todavía frente a mí, sentía como si cada sombra en el almacén hubiera cobrado vida. Nikolai había enviado un mensaje, y ahora no podía ignorarlo. El juego, como él lo llamaba, había comenzado. Y yo no tenía más remedio que jugar.
***
El sonido de las puertas del almacén abriéndose resonó con fuerza en el silencio que había llenado la sala después de que Dmitri se fuera a hacer una ronda de seguridad. Sabía que era Sergei y Anya regresando de sus tareas, probablemente agotados. Me obligué a mantenerme inmóvil en mi silla, mirando la nota que todavía estaba sobre mi escritorio, como si fuera un objeto maldito que había traído consigo una tormenta que apenas comenzaba.
Escuché sus voces antes de verlos. Sergei hablaba con su tono grave. Anya, por otro lado, sonaba más ligera, como si intentara contrarrestar la seriedad de Sergei con su entusiasmo habitual. Pero esta vez, incluso desde la distancia, podía captar un ligero cansancio en su voz.
Cuando entraron en la sala principal, sus pasos se detuvieron al ver la expresión de Dmitri, quien había vuelto poco antes y estaba de pie junto a mi escritorio con los brazos cruzados. Sus ojos los siguieron hasta que cerraron la puerta detrás de ellos, y luego me miraron brevemente antes de volver a Dmitri. Estaban acostumbrados a leer las tensiones en una habitación y era obvio que algo no estaba bien.
—¿Qué pasa? —fue Sergei quien rompió el silencio primero, su voz baja pero cargada de preocupación. Dejó caer su mochila en una silla cercana y cruzó los brazos, mirando a Dmitri directamente.
Anya no dijo nada al principio, pero su mirada saltó entre Dmitri y yo, buscando una pista de lo que estaba ocurriendo. Finalmente, se acercó un poco más, su ceja arqueada en una expresión que mezclaba curiosidad y alarma.
—Rose recibió un mensaje —comenzó Dmitri, su voz controlada pero con un borde de gravedad que no intentó ocultar. —Uno que ninguno de nosotros quería que ella recibiera.
El silencio se hizo más pesado, si eso era posible. Sergei frunció el ceño, sus ojos oscureciéndose mientras procesaba las palabras. Anya dio un paso hacia adelante, sus labios abriéndose ligeramente como si estuviera a punto de preguntar algo, pero Dmitri la interrumpió antes de que pudiera hacerlo.
—Nikolai Volkov sabe dónde estamos —dijo finalmente, dejando que las palabras cayeran como una piedra en un pozo sin fondo. —La ha encontrado sin mucho esfuerzo.
El impacto fue inmediato. Sergei se enderezó, sus brazos cayendo a los costados mientras sus puños se cerraban lentamente. Su rostro, normalmente tranquilo, ahora mostraba una tensión que rara vez se veía en él. Anya, por otro lado, se llevó una mano a la boca, sus ojos ensanchándose con una mezcla de incredulidad y miedo.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sergei, su voz baja pero cargada de una energía contenida que parecía estar al borde de explotar.
Dmitri se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el borde de mi escritorio.
—Dejó una nota frente a nuestra puerta. La encontró Rose.
Los ojos de Sergei se movieron hacia mí y Anya siguió su ejemplo. Sentí el peso de sus miradas, pero me quedé en silencio, incapaz de encontrar las palabras correctas para explicar lo que había sentido al leer esa maldita nota. Me sentía atrapada en mi propia mente, perdida entre el miedo y la determinación, y no quería compartir ese caos con ellos. Aún no.
—¿Qué decía la nota? —Anya fue la primera en preguntar, su voz temblando ligeramente.
Dmitri tomó la hoja de papel del escritorio y se la entregó. Ella la leyó en silencio, sus labios moviéndose ligeramente mientras procesaba las palabras. Cuando terminó, bajó la hoja lentamente, su rostro pálido.
—Esto es un juego para él —dijo en voz baja, casi como si hablara consigo misma.
—Siempre lo ha sido.
Sergei extendió la mano para tomar la nota. La leyó rápidamente, sus ojos recorriendo las palabras con una intensidad que casi hacía que el papel temblara en sus manos. Cuando terminó, la dejó sobre la mesa con un movimiento brusco y se giró hacia Dmitri.
—Esto no cambia nada —dijo con seriedad y golpeó esta vez con más fuerza la mesa —Sabíamos que eventualmente trataría de acercarse. Lo que tenemos que hacer ahora es asegurarnos de que no tenga la oportunidad.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo —replicó Anya, cruzando los brazos y mirando la nota como si fuera una serpiente lista para atacar. —Si él sabe dónde estamos, significa que ya ha estado observándonos desde hace quién sabe cuánto y podría estar aquí afuera en este momento y no lo sabríamos.
—Por eso tenemos las cámaras y los protocolos de seguridad —respondió Sergei, su tono más cortante de lo habitual. —No vamos a entrar en pánico por una maldita nota. Eso es exactamente lo que él quiere.
Anya lo miró con incredulidad, pero no dijo nada. En lugar de eso, se volvió hacia mí.
—Rose, ¿qué piensas de esto?
Abrí la boca para responder, pero me detuve. No estaba segura de cómo poner en palabras lo que sentía. Había una parte de mí que quería gritar, que quería compartir el miedo y la frustración que me carcomía desde dentro. Pero también había otra parte, más fuerte, que sabía que necesitaba mantenerme firme. No podía permitirme parecer débil ahora, no cuando todos dependían de mí para liderar.
—Pienso que necesitamos estar preparados, más que nunca —dije finalmente, mi voz más tranquila de lo que esperaba. —No sabemos qué planea hacer, pero no podemos permitirnos subestimarlo. Esto es solo el principio.
Hubo un momento de silencio después de mis palabras, como si todos estuvieran procesando lo que acababa de decir. Luego, Sergei asintió lentamente.
—Tiene razón —dijo, su voz más suave ahora. —Necesitamos revisar nuestras defensas y asegurarnos de que estamos listos para cualquier cosa. Él va llegar, en algún momento lo hará, pero tenemos que estar lo mejor preparados para cuando eso suceda.
Anya también asintió, aunque su expresión seguía mostrando una mezcla de miedo y determinación.
—Deberíamos reforzar las cámaras y establecer turnos de vigilancia más frecuentes. Si él realmente está observándonos, quiero que sepamos antes de que haga su próximo movimiento.
—Eso haremos, ya hemos revisado las cámaras, no fue él quien personalmente dejó la carta como era de esperar y estamos rastreando al hombre que lo hizo, lo tenemos en grabación —dijo Dmitri, tomando el control de la conversación. —Pero también necesitamos información. Voy a contactar a mis fuentes para ver si alguien ha visto algo inusual. Si él está aquí, quiero saber dónde.
Todos asintieron, y la tensión en la sala comenzó a disiparse ligeramente mientras se ponían manos a la obra. Pero yo me quedé sentada, mirando la nota sobre la mesa, sintiendo cómo una sombra pesada se cernía sobre nosotros. Sabía que esto era solo el principio, y no podía evitar preguntarme cuánto tiempo teníamos antes de que esa sombra se convirtiera en algo mucho más peligroso.
***
Sobre mi escritorio había un montón de documentos que no había tocado desde que Dmitri me pasó el informe del día. Pero mi mente estaba lejos de los nombres y rutas de las mafias. En cambio, estaba atrapada en un laberinto de pensamientos que giraban alrededor de él. Como pasaba cada día desde hace 2 años.
Nikolai Volkov.
Sabía que Sergei tenía razón cuando dijo que él vendría. Nikolai siempre obtenía lo que quería y yo había desafiado su control de una manera que nadie más había hecho. Por supuesto que me buscaría. No podía evitarlo. Pero lo que no podía determinar era cómo reaccionaría yo cuando finalmente lo tuviera frente a frente.
Apoyé los codos en el escritorio y me llevé las manos al rostro, tratando de aclarar mi mente, pero era imposible. Los recuerdos de él estaban grabados en mi memoria con una intensidad que casi dolía. Sus ojos miel, siempre tan penetrantes, parecían mirar directamente a través de mí, desnudando mis secretos con una facilidad que me aterrorizaba. ¿Cómo podría enfrentar esa mirada otra vez?
Mi mente empezó a crear escenarios posibles, imaginando cómo sería el momento en que él y yo finalmente nos encontráramos. ¿Sería rápido y brutal, como todo lo que hacía Nikolai? ¿O jugaría con mí mente, disfrutando de cada segundo como si fuera un depredador acechando a su presa?
En mi primer escenario, él aparecía de la nada, como un fantasma emergiendo de las sombras. Yo estaría sola, quizá en una de nuestras bases temporales y sentiría su presencia antes de verlo. La habitación estaría en silencio, y entonces su voz rompería la calma, profunda y cargada de esa arrogancia que siempre había odiado tanto como me había atraído.
—¿Me extrañaste, pequeña? —diría, y su tono sería una mezcla de burla y algo que casi podría interpretar como afecto. Me giraría lentamente, encontrando sus ojos clavados en los míos. Mi cuerpo reaccionaría antes que mi mente, un estremecimiento recorriéndome de pies a cabeza mientras intentaba decidir si correr o enfrentarme a él.
—No deberías estar aquí —respondería con mi voz firme, aunque no tan segura como quisiera. Pero Nikolai solo sonreiría, esa sonrisa que siempre había sido más una amenaza que una expresión de felicidad.
—Tú me trajiste aquí, pequeña. Todo esto… —Señalaría alrededor, como si el caos que había traído a mi vida fuera algo de lo que debía enorgullecerme. —Es culpa tuya.
En otro escenario, sería menos directo. Tal vez me haría esperar, jugando con mi paciencia hasta que estuviera al borde de romperme. Podría imaginarlo enviándome mensajes cripticos, notas llenas de doble sentido que harían que cada sombra pareciera contener su presencia. Y cuando finalmente se revelara, sería en un lugar que él habría escogido con cuidado, manipulando mi alrededor.
Quizá una de nuestras antiguas bases, un lugar lleno de recuerdos que él usaría para manipularme. Lo vería allí, sentado con una calma que me haría hervir la sangre, como si todo estuviera bajo su control.
—Sabía que vendrías —diría, su tono casual pero cargado de significado.
—Esto no tiene que ser así —trataría de razonar, aunque sabía que las palabras eran inútiles con alguien como él. Nikolai no escuchaba a nadie más que a sí mismo.
—Siempre tiene que ser así, pequeña. Ésa es la única manera que conocemos.
Cada escenario terminaba de forma diferente, pero todos compartían algo en común: la incertidumbre de cómo reaccionaría yo. Podía imaginarme levantando un arma, mi pulso acelerado mientras apuntaba directamente a su corazón. Pero también podía verme congelada, incapaz de apretar el gatillo mientras él se acercaba con esa seguridad abrumadora que siempre había sido su sello.
Mi mirada se deslizó hacia un cajón en mi escritorio, el lugar donde guardaba el arma que él me había dado alguna vez. Era irónico, realmente. Esa pistola había sido un regalo suyo, algo que me había enseñado a usar con la paciencia y el rigor de un mentor. En ese momento, pensé que era una muestra de confianza, una manera de prepararme para el mundo peligroso en el que vivíamos. Ahora, se sentía como una burla cruel.
Abrí el cajón con manos temblorosas y saqué el arma. La sostuve frente a mí, su peso familiar trayendo consigo una oleada de recuerdos que había tratado de enterrar. Podía recordar su voz mientras me enseñaba a disparar, su tono firme pero no desprovisto de calidez.
—Siempre apunta al centro —había dicho, colocándose detrás de mí para ajustar mi postura. Su cercanía me encantaba y me hacía sentir mariposas en el estómago —Y nunca dispares a menos que estés segura de que puedes vivir con las consecuencias.
La ironía de esas palabras ahora me golpeaba como una bofetada. ¿Podría vivir con las consecuencias de dispararle a él? ¿De quitarle la vida con la misma arma que él me había dado?
Me levanté de la silla y me acerqué a la ventana, sosteniendo el arma en una mano mientras miraba la oscuridad afuera. Podía ver mi propio reflejo en el cristal, una figura tensa con los ojos llenos de preguntas que no tenían respuesta. Podía sentir el peso de todo lo que había pasado entre nosotros, una mezcla de rabia, dolor y algo más que no quería nombrar.
—¿Qué haré cuando lo vea? —me susurré a mí misma, mi voz apenas un eco en la habitación vacía.
No tenía una respuesta. Y eso era lo que más me aterrorizaba.