El auditorio seguía en un silencio denso tras la lectura de la carta anónima. La tensión era palpable; algunas pocas miradas acusatorias se dirigían hacia Isabella, mientras ella se mantenía de pie, temblando, fingiendo fragilidad con una lágrima que comenzaba a deslizarse por su mejilla. De repente, la profesora Antonia Guerra se puso de pie desde su asiento junto al escenario y caminó con paso firme hacia el micrófono. —Esto es suficiente —dijo con voz clara, haciendo que todos los ojos se posaran en ella—. No podemos permitir que este espacio, dedicado a construir respeto y apoyo, se convierta en un escenario de humillación y acoso. Isabella bajó la cabeza un momento, apretando los labios para contener el llanto, mientras la profesora continuaba. —Es importante que recordemos que de

