La biblioteca estaba llena de voces bajas y hojas pasando, pero para Sam todo parecía en segundo plano. Desde que Isabella había llegado, con ese vestido n***o y los ojos fríos como un muro, no había podido dejar de mirarla. Algo había cambiado en ella. No era la misma chica a la que le había regalado el perfume días atrás, aquella que se sonrojaba con una sonrisa torpe cuando él se acercaba. Se sentó dos mesas detrás de ella, fingiendo leer, pero lo único que hacía era seguir los movimientos de su mano cuando escribía. Los trazos eran rápidos, casi rabiosos, como si estuviera descargando algo en el papel. —¿Te pasa algo? —preguntó Mark, su mejor amigo, notando su desconexión. —Nada —mintió Sam. Pero la verdad era que desde la mañana, cuando la vio bajar del autobús, algo se agitaba en

