Melissa apretaba la copa de agua con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos. El salón estaba en silencio. Nadie comía. Nadie hablaba. Todos esperaban. Carla había llegado sola, con un vestido de lino suave y sin una gota de maquillaje. Su presencia era tranquila, casi etérea. Casi… inofensiva. Caminó con calma entre los asistentes, saludando con una sonrisa educada, la clase de sonrisa que se practica frente al espejo para parecer accesible sin parecer débil. La clase de sonrisa que desarma. Melissa la siguió con la mirada como un halcón observando a una paloma infiltrada entre pavos reales. —Qué bien que viniste, Isabella —dijo, forzando una sonrisa mientras se acercaba a ella—. Estábamos… esperándote. Carla ladeó la cabeza, inocente. —¿De verdad? Pensé que esto era

