Nada

1395 Words
El fin de semana pasó sin novedades, yo estuve bajo las cobijas todo el domingo y parte del lunes, Gary calentó comida y trató de sanarme con infusiones, veía la televisión a mi lado o escuchaba la radio, sorprendido de que me doliera tanto el vientre, cosa que nunca me había sucedido. El lunes en la tarde tuvo que ir a trabajar me dejó arropadita y somnolienta, besó mi frente y partió. Apenas escuché que se cerraba la puerta y sus pasos se alejaban por la vereda salté de la cama, fui a la ventana y lo vi alejarse, despreocupado. Tomé mi maleta de mano y busqué mis cosas más importantes, mudas de ropa interior, prendas de mamá, sandalias  y zapatos cómodos, faltaba ubicar el corazón, lo había guardado en un lugar seguro al ver que él hurgaba en mis cosas, en sus medias, y ahí estaba, brillante para mi. -¡Volví! – Salté de pié, volvió, pero si apenas hacía diez minutos se había ido. -¿Qué…te pasó?-Pregunté quejumbrosa mientras lanzaba la maleta bajo la cobija, cuando entró al cuarto yo fingía espabilarme. -Olvidé un documento que está en el otro maletín. -Ahh ¿te ayudo? –traté de incorporarme. -No, no, volveré a salir, regreso en un par de horas. Atenta a sus pasos ciertamente buscó los documentos y se marchó, dos horas ,as tarde regresó, trajo ensalada y pollo asado, dos horas, tiempo suficiente para revisar de nuevo los recibos y planificar que haría a futuro. Comimos en silencio, noté que si yo no proponía un tema él no comentaría nada, así que me quedé perdida teniendo de a ratos breves espasmos de un período que no existía. Y así transcurrieron los días hasta que el miércoles ya tenía todo listo para irme, aunque presentía que no iba a ser fácil. -¿Estas despierta ya? –Me preguntó en la puerta de la habitación. -Si.-Dije a prisa y me incorporé en la cama, él vestía pantalón corto ligero y estaba sin camisa, era muy atractivo en ese momento me sonreía amistoso, sus dientes blancos iluminaban su rostro canela, acaba de bañarse, podía oler su fragancia y ver brillar su melena negra. -Pensaba que antes de irte podríamos ir al centro y ver que le obsequiamos a Emanuel, has estado en cama estos días y no has podido ir por algo. -Oh.-Quedé con la boca abierta en circulito, ahí estaba mi amigo Gary, quizás yo me apresuré, quizás el matrimonio se trataba de eso.-Me encantaría, si me das chance de arreglarme. -Sí, anda, ya preparé el desayuno, comemos y luego nos vamos. -S-sí, si.-En efecto, de eso de trataba, de esperar y escuchar,d e perdonar, de hablar, tal vez si yo hablaba con él y le decía lo que necesitábamos para continuar, si sus celos lograban calmarse y entendía porque nos casamos, pues tal vez él entendería, si¿por qué no? Éramos amigos, él y yo, necesitaba pisar firme, además ¿qué sabía yo del matrimonio? Eran una clases incompletas dadas por mi madre. Salté de la cama y me alisté, busqué un cómodo vestido de flores de falda ancha y zapatillas rojas que combinaban con las rosas rojas del vestido, recogí el cabello en una cola alta y llegué a la cocina, él seguía igual, simpático, esta vez me guió el ojo y me mostró un sartén con revoltillo. -Espero que te guste, estoy calentándolo de nuevo y hay pan tostado. -Claro.-Una vez que comimos él se calcó deportivo y se colocó una franela. -¿Cómo te sientes?-Preguntó sexy pasando una mano por mi mejilla. -Bien.-Lo miré sorprendida, nada era tan beneficioso como el tiempo, esos días sin odios ni peleas, habían traído de nuevo a Gary. -Qué bueno.-Sonrió y me abrazó llevándome a la puerta.-¿Vamos? -Vamos.-Y fuimos. Ese día, esa mañana las flores en la entrada de la casa me parecieron brillantes, su perfume inundó mis pulmones y el sol nos recibió húmedo, el viento de mar golpeó nuestros rostros y creo que la esperanza renació en mi corazón. Las calles de ese miércoles estaban algo solitarias, nos tomamos una merengada y luego fuimos por el obsequio para Emanuel, en ese momento me sentí culpable, no existía tal cumpleaños, ¿debia decirle la verdad? Lo pensé un par de veces pero callé, así que Emanuel tendría un rompecabezas de 500 piezas para matar el tiempo y su soledad. Cerca de las diez me ofreció comer. -Algo liviano ¿te apetece? Después de todo te irás después del medio día, es mejor que vayas comida. -Bueno si, aunque tal vez pueda yo esperar el próximo bus y esperarte o irme el fin de semana. -¿Estas cambiando de opinión?-Parecía sorprendido.-Oh no María Victoria yo te alcanzo. -Bien.-le sonreí y correspondí a su fugaz beso. Se alejó hacia la tienda de pastelitos y yo permanecí de pie en la acera, con las manos sostenidas adelante, con el peso de la culpa a mis espaldas, el sol se escondió entre las nubes y patéticamente mientras veía a Gary adentro buscándose el dinero en los bolsillos para pagar, sentí que llovía sobre mi. -¡¿María!? –Me despabilé, su voz ronca quemó mi razón de inmediato, el sol le pegaba en los ojos y parado frente a mi con su mano hacia una visera, así que sus verdes ojos eran lagunas preciosas. -¡Señor Aníbal! Hola. -Hola.-Como siempre me atrajo por el codo y besó mi mejillas.-¿Cómo estas? -Estoy bien.-No hubiese querido apartar los ojos de los de él, pero la velocidad que traía Gary me obligó hacerlo.-Estamos… -Señor Aníbal.-Un saludo seco, su mano de inmediato en mi cintura, su mandíbula apretada. -Gary ¿cómo estás?-El señor extendió su mano y Gary la estrechó.-Yo andaba buscando por aquí algo que comer, tengo unos asuntos en el hospital y estoy seguro que no saldré temprano. -¿Esta trabajando aquí? –Le pregunté curiosa, la saliva en mi boca estaba espesa. -Sí, bueno me voy mañana, hay un par de casos con niños…bueno no hablemos de eso ¿cómo has estado María? -Bien.-Volví a decir, él lucía tan natural y nosotros parecíamos robots. -Aquí todo ha estado bien.-Recalcó Gary. -Me alegro. Quería pedirte disculpas por mi mensajero Gary, se que llegó algo tarde y no fue oportuno, el chico estaba algo avergonzado. -No hay problema.-respondió Gary suavizando el gesto. -Bueno igual les pido disculpas. -No tiene porque señor.-Le dije y le sonreí. -¿Y ustedes? ¿Qué hacían por aquí? Hizo un gesto simpático con sus manos y sonrió aunque miraba precavido a Gary. -Salimos a caminar.-Respondió Gary.-María Victoria quería comprarle un obsequio de cumpleaños a Emanuel. -Ahhh.-Echó la cabeza atrás, el sol iluminó sus rizos amarillos ahora cortos.-Yo…yo encontré a Emanuel en carnavales y pensé que él…que me dijo que… -¡Señor! –Desde la tienda una muchacha llamó a Gary, él había dejado ahí los pastelitos, se que no quiso soltarme pero tuvo que hacerlo, yo permanecí como una estaca, cuando se hubo alejado unos veinte metros el señor Aníbal tomó mi codo de nuevo. -¿Qué pasa María? –agudizó su mirada y me apretó fuerte. -¿De qué?-Fingí pestañeando. -De esto, esta helada, pálida, pensé que estarías… -¿Sucede algo? –Gary apareció de golpe, yo sentía que las piernas me temblaban. -No cariño.-Me deshice del agarre de su mano y traté de parecer normal.-El señor Aníbal me notó algo pálida, le estaba contando lo mal que me agarro este período. Mentí descaradamente y sé que ambos lo sabían, bueno Aníbal estaba seguro porque nada de eso hablábamos. -¿Qué tal si pasas por mi consultorio alguno de estos días que vas a estar en Barcelona? Te revisaré. -Ya se siente mejor.-Sonó a “no te metas”. -Está pálida ¿la ves? –Señaló mi rostro, que vergüenza. -Hemos caminado mucho.-Gary me atrajo por la cintura y me mostró la bolsa de pastelitos.-Vamos a casa, comeremos allá. -Si, hasta luego señor Aníbal, un gusto haberlo visto.-No sé cómo tuve fuerzas para caminar, era una cámara lenta cada paso que daba, Gary me ajustaba a su cuerpo, casi flotaba, no sé si ellos se despidieron pero quedó atrás, en la nada.            
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