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La esposa del desierto. Entre dos corazones.

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Daliah Al-Badawi creía saber lo que era el amor.

El poderoso y enigmático Khalid Al-Sayeed, la había elegido a ella: la hija mayor, la tranquila, la elegante, la que nunca buscó llamar la atención.

Pero el amor no es suficiente cuando la envidia crece dentro de casa.

Su hermana menor, Amina, hermosa a primera vista y venenosa en el fondo, no soporta que Daliah tenga lo que siempre quiso.

Con ayuda de su madre, trama un engaño que termina destruyendo la noche de bodas, la confianza de Khalid y, finalmente, todo el futuro que Daliah soñaba.

Cuando Amina provoca la pérdida del hijo que Daliah esperaba… el mundo se derrumba.

Khalid, dominado por el dolor, la furia y la mentira, la repudia.

Rota y sin lugar donde ir, Daliah es salvada por Zaid Al-Fahim, el amigo más leal de Khalid, quien acepta casarse con ella para protegerla.

Un matrimonio sin caricias.

Sin exigencias.

Sin consumación.

Solo respeto.

Pero Zaid no esperaba enamorarse de la mujer que debía devolver.

Ni Khalid imaginó que perderla sería más doloroso que haberla repudiado.

Ahora ambos hombres luchan por ella.

Ambos la aman.

Ambos están dispuestos a destruirse por su corazón.

Y mientras la guerra entre ellos crece,

Amina continúa acechando en las sombras, decidida a impedir que su hermana sea amada por cualquiera de los dos.

En un mundo donde el honor pesa más que la verdad, donde un error puede condenar a una mujer para siempre, solo una decisión podrá cambiar el destino de todos.

¿Con quién se quedará Daliah?

Khalid, el amor ardiente que la marcó o

Zaid, la calma profunda que la sanó.

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Capítulo 1. El jeque que no esperaba nada.
La caravana avanzaba rápido, levantando una nube de polvo. El desierto quedaba atrás, extendiéndose como un mar sin agua. —Señor —dijo Harun, su asistente—, alcanzaremos Al-Rawiya antes del atardecer. Khalid no apartó la mirada del horizonte. Montaba su caballo n***o con la postura de alguien acostumbrado a mandar. —¿Ha habido alguna novedad? —preguntó. —Solo lo que ya sabe: el Consejo desea hablar con usted. Insisten en la alianza con el clan Karim. Khalid soltó un suspiro cansado. —Llevo tres años rechazando alianzas por motivos que no me interesan. ¿Qué los hace pensar que esta será diferente? Harun bajó la voz. —Dicen que el jefe Karim tiene dos hijas en edad de matrimonio. Sería una buena oportunidad para usted. Khalid se detuvo. —Harun. —Sí, señor. —¿Tengo cara de estar buscando esposa? —No, señor. —¿Entonces por qué me dices tonterías? —inquirió malhumorado. Harun levantó las manos en señal de rendición. —Solo repito lo que dicen. Ya sabe cómo son los clanes menores. Creen que un matrimonio con usted los salvaría de todos sus problemas. Khalid bufó. —No vine por mujeres. Vine por tierras. Por rutas. Por seguridad. —Lo entiendo. Pero probablemente intentarán ofrecerle una hija. Khalid pateó con suavidad al caballo para avanzar. —Que lo intenten. No cambiaré de idea. Pero el desierto, como siempre, tenía planes distintos para quien se atrevía a desafiarlo. Así que horas después, cuando llegaron a las puertas de Al-Rawiya, todo el pueblo se reunió para recibirlos. Niños, ancianos, comerciantes… todos salieron. Las caravanas importantes siempre traían dos cosas: dinero o problemas. Y un jeque de la talla de Khalid podía traer ambas. —Señor, el jefe Karim lo espera en su casa —informó un guardia local. —Llévame para salir de esto —ordenó Khalid. Pero cuando avanzó entre la multitud, algo llamó su atención. No fue un ruido, tampoco una voz, era una presencia. Una joven, parada a un lado del camino, cargando dos cántaros. Cabello oscuro parcialmente cubierto. Ropa sencilla y mirada baja. Pero había algo en ella. Algo que lo obligó a frenar el caballo sin darse cuenta. Harun le habló en voz baja: —Señor… ¿por qué nos detenemos? ¿Ocurre algo? Khalid no respondió de inmediato. La joven levantó la vista un segundo. Sus ojos chocaron con los de él. Y algo en el pecho del jeque se movió… como si hubiese tragado arena caliente. Ella bajó la mirada rápido, como si él fuera un rayo que la deslumbró. Khalid murmuró. —¿Quién es esa mujer? Un anciano cercano lo escuchó. —Esa es Daliah, jeque. La hija mayor de Abdul Karim. Khalid repitió el nombre como si se le pegara al paladar: —Daliah… A su lado, estaba una segunda joven, más adornada, más segura, más ruidosa, lo miraba con una sonrisa amplia. Era Amina. Pero él la pasó por un lado como si no existiera. Harun carraspeó. —Señor, el jefe Karim… —Sí, sí. Vamos —dijo Khalid sin apartar la mirada de Daliah. Amina apretó los dientes. Ese segundo fue suficiente para que su envidia naciera y se hiciera adulta. Un rato después, en la casa de Abdul Karim, el ambiente era cálido y humilde. Nada ostentoso. Nada preparado para un jeque tan importante. Pero Khalid no parecía incómodo. —Bienvenido, jeque Khalid —dijo el padre, inclinándose un poco. —Gracias por recibirme —respondió él—. Hablemos de la alianza. El padre sonrió nervioso. —Claro. Pero primero, quiero que conozca a mi familia. Amina entró con una sonrisa lista. —Es un honor conocerlo, jeque Khalid. He escuchado muchas historias sobre su valor. Khalid asintió apenas. —Gracias. El padre llamó. —Daliah, hija. Ven a saludar. Daliah entró despacio, con el velo bien colocado.Sus manos junta y postura humilde. —Bienvenido a nuestra casa, señor —dijo ella. Khalid levantó la mirada hacia ella. Amina esperó la atención que creía que su hermana merecía… Pero no fue así. —Gracias, Daliah. Ella tragó saliva. Sus mejillas se encendieron muy levemente. Y ese detalle… ese gesto tímido… fue suficiente para que Amina casi explotara. Esa noche, el veneno empezó a hervir dentro de ella. Esa misma noche, durante la cena, el padre hablaba de rutas, comercio y cooperación. Khalid escuchaba… pero no del todo. Cada vez que Daliah pasaba cerca, él la seguía con los ojos. No de manera descarada. No con intención de incomodarla. Era como si su mente, por mandato del destino la buscara sola. Amina, desesperada por captar atención, intervino. —Jeque Khalid, ¿ha viajado mucho? —Sí. —Dicen que su clan es poderoso. —Lo es. —Dicen que usted nunca pierde una batalla. —Trato de no perderlas. Amina sonreía como si estuviera ganando. Khalid sonreía como si estuviera hablando con el viento. Pero cuando Daliah sirvió el té, él bajó la voz. —Gracias. —No es nada, señor —respondió ella sin mirarlo directamente. Khalid observó cómo sus manos temblaban apenas. No sabía por qué, pero le gustaba ese temblor. Al terminar la comida, Khalid se levantó. —Agradezco la hospitalidad. Mañana regresaré para discutir los términos. Amina se acomodó el velo. —Lo esperamos, jeque Khalid —dijo con voz suave. Pero él miró solo a Daliah. —Hasta mañana. Daliah bajó la cabeza. —Hasta mañana. Amina casi gritó de rabia. Al salir de la casa, Harun se atrevió a hablar: —Señor… ¿quiere que prepare la propuesta de alianza? Khalid respiró hondo. —Sí. Pero no por el padre. Harun frunció el ceño. —¿Entonces por quién? Khalid dijo la verdad sin pensar. —Por ella. —¿Por… Amina? —No —respondió Khalid con una seriedad que asustó a su asistente—. Por Daliah. Harun se quedó mudo. Khalid apretó las riendas de su caballo. —Mañana decidiré si esta alianza vale la pena y sí ella… —soltó el aire— si ella es parte del destino que no pensé que tendría. Harun lo miró sorprendido. —Nunca lo había visto así, señor. —Yo tampoco —dijo Khalid, sin saber cómo explicar esa sensación que lo estaba quemando desde que la vio. Y mientras la caravana se alejaba, una sombra en la puerta los miraba con odio ardiente. Amina. La noche se oscureció a su alrededor. El sentimiento era tan fuerte que casi podía saborearlo: No soportaría quedarse atrás de su hermana. No esa noche. Ni nunca.

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