Capítulo 2. El regreso del jeque.

1784 Words
El sol todavía no había salido cuando Daliah se levantó. El aire estaba fresco, y la casa en silencio. Amina seguía dormida, como siempre. Y la madrastra ya estaba en la cocina, moviendo ollas como si golpeara su frustración. —Date prisa, Daliah —ordenó sin mirarla—. Hoy recibiremos visita. No quiero un solo error. —Lo sé —respondió ella mientras se colocaba el velo. La madrastra resopló. —“Lo sé” —la bufó—. Siempre dices lo mismo, pero si alguien deja mal a esta familia, será por tu culpa. Daliah no discutió. Ni siquiera la miró. Se dirigió al patio, llenó dos cántaros de agua y comenzó a limpiar la mesa del desayuno. Sentía un leve nudo en el estómago. No estaba segura de qué la inquietaba más: la visita del jeque o la forma en que Amina actuaría cuando él llegara. O quizás… era ese momento en que sus miradas se cruzaron el día anterior. Ese instante no planeado que todavía le hacía latir el pecho de forma extraña. Tomó aire y se obligó a concentrarse. Ese hombre no era para ella. Ese hombre no era de nadie, en realidad. Era un jeque. Y los jeques no miraban dos veces a mujeres comunes. ***** Cuando finalmente Amina bajó, llevaba una túnica clara que resaltaba sus ojos oscuros. Sonrió al verse reflejada en un pequeño espejo. —¿Crees que me vea demasiado simple? —preguntó con falsa modestia. Daliah intentó ser amable. —Estás bien. —Bien, dices —se burló Amina—. Me veo mejor que tú. Eres simple… desabrida, por eso no entiendes nada de esto. Hoy puede cambiar mi vida. Daliah no respondió. Amina se acercó y la miró de arriba a abajo, como si evaluara un objeto. —Sería mejor que no aparecieras mucho cuando él esté aquí. No quiero que arruines el ambiente. Daliah parpadeó. —¿Qué ambiente? —¡El que tú jamás podrás tener! —chilló Amina, perdiendo la paciencia—. ¿Quieres que hable más claro? Daliah bajó la mirada. No quería problemas, estaba cansada de que ellas siempre hacían algo para hacerla quedar mal frente a su padre o a los demás, para obligarlo a castigarla y, como los sirvientes y todos temían a su madrastra o ella los bonificaba bien, nunca testificaban a su favor. —No hace falta. Amina sonrió, satisfecha. —Bien. Mantén la cabeza baja cuando él esté. Quiero que me vea a mí, no a ti. Su madrastra Zaina apareció justo en ese momento. —Amina, querida, ¿estás lista? —Sí, mamá —respondió ella con un tono pegajoso. La mujer miró a Daliah con fastidio. —Y tú, cuida tus modales. No abras la boca si no te hablan. Daliah apretó los labios. Estaba acostumbrada. Dolía, pero la conocía demasiado bien. ***** La llegada de Khalid fue como un murmullo que recorrió el pueblo entero. Caminaba acompañado de varios hombres, pero él destacaba sin esfuerzo. Altura, porte, mirada firme. Era imposible no verlo. Daliah estaba en el patio, acomodando los últimos platos cuando escuchó pasos. —¿Puedo pasar? —preguntó una voz masculina. Ella volteó lentamente. Era él. El jeque. Khalid Al-Sayeed. Daliah sintió que la respiración se le detenía un segundo. —Sí… claro —logró decir. Khalid entró y miró alrededor. No inspeccionaba. No evaluaba. Parecía simplemente… observando todo con calma. —¿Su padre está dentro? —preguntó él. —Sí, señor. Voy a avisarle. Iba a irse, pero Khalid habló otra vez. —Espera. Ella se detuvo y se giró, sin saber qué hacer con sus manos. Khalid la miró con atención, pero sin dureza. —Ayer… —dijo él lentamente—, no tuve oportunidad de agradecerte. —¿Agradecerme? —Por tu hospitalidad. Daliah bajó la mirada. —No hice nada, señor. —Hiciste más de lo que crees. Ella frunció el ceño, confundida. Khalid sonrió apenas, como si entendiera su desconcierto. —La sencillez también es un gesto. Daliah abrió la boca para responder, pero Amina irrumpió como una flecha. —¡Jeque Khalid! —exclamó, casi cantando—. ¡Qué honor volver a verlo! Ella se acercó exagerando la postura, moviendo la túnica como si fuera seda fina. Khalid se volvió hacia ella con educación. —Buenos días, Amina. —¿Puedo traerle algo? Té, dátiles, agua… cualquier cosa —dijo ella sin apartarle la mirada. —Estoy bien —respondió él, seco, aunque amable. La madrastra apareció detrás, sonriendo como si fuera una invitación viviente. —Jeque, por favor, pase. Su presencia honra esta casa. Khalid asintió y caminó hacia el interior. Pero antes de entrar… miró una vez más a Daliah. Un segundo apenas. Pero fue suficiente para que a Amina se le clavara un puñal de rabia en el pecho. ***** La reunión con el padre duró más de una hora. Amina rondaba la puerta, intentando escuchar. Daliah limpiaba y ordenaba para no pensar demasiado. Cuando al fin Khalid salió, lo hizo con expresión seria. El padre caminó tras él. —Agradezco su visita —dijo Karim—. Y claro, estaremos felices de celebrar esta unión. El corazón de Amina brincó. —¿Unión? —preguntó ella, acercándose—. ¿Ya decidieron? Karim sonrió, orgulloso. —El jeque desea conocer mejor a mi hija. Amina casi gritó de felicidad, pero se contuvo. —Padre, por supuesto, que yo… —No —dijo Khalid, interrumpiendo. Amina se quedó helada. —No… ¿Qué? Khalid habló sin titubear. —No me refiero a ti. El silencio cayó como una piedra. La madrastra abrió los ojos. Amina tembló. Daliah, que estaba al fondo, casi dejó caer una jarra. Karim miró al jeque, confundido. —¿Entonces a quién…? Khalid dirigió la mirada directamente hacia Daliah. —A ella. Amina dio un paso atrás. —¿Qué dijiste? —preguntó con la voz quebrada. Khalid no repitió. Daliah sentía que el corazón le golpeaba las costillas. —Señor… yo… creo que hay un error —murmuró ella. —No hay error —respondió él—. Solo una decisión. La madrastra se apuró a intervenir. —Jeque, Amina solo es menor por meses de Daliah, pero es la mejor preparada, la más… —Antes de que pudiera seguir, él la interrumpió. —No estoy buscando preparación —dijo él. —Pero Daliah… —insistió la mujer— es tímida, callada, no conoce de mundo, es muy ingenua, solo sabe… —Por eso la escogí. Amina explotó. —¡¿Por qué ella?! ¡Ella no tiene nada! ¡Yo… yo soy mucho más apropiada! Khalid la miró con calma, pero con firmeza. —Una esposa no se elige por ruido, Amina. Ni por adornos. Ni por habilidades que enseñan otros. Amina sintió que se quemaba. —¿Y qué tiene ella que no tenga yo? Khalid no tardó un segundo en responder: —Sinceridad. Daliah se quedó inmóvil. No sabía qué sentir. Amina estaba al borde del llanto. —Esto es una humillación… Khalid no dijo nada más. Concluyó con dos simples palabras. —Regresaré mañana. Quiero hablar con ella a solas. Daliah apretó los dedos contra su túnica. —Señor, yo… no estoy segura de…— —No te estoy pidiendo una respuesta hoy —dijo él suavemente—. Solo tu presencia mañana. Se fue con la misma elegancia con la que llegó. Cuando la puerta se cerró, el desastre empezó. Amina giró hacia Daliah, con la furia de un huracán. —¡Esto es culpa tuya! ¡Tú lo provocaste! —Amina, yo no hice nada —respondió Daliah con un hilo de voz. —¡Mentira! ¡Eres una hipócrita! ¡Te haces la humilde para llamar la atención! Y seduces a los hombres, ¡ERES UNA DESCARADA! Daliah retrocedió un paso. La madrastra intervino con furia. —¿Cómo te atreves a hablar así al jeque? ¿Por qué te miró a ti? ¿Qué hiciste para seducirlo? Daliah sintió un pinchazo en el estómago. —No lo seduje —susurró—. Solo… me vio. Amina gritó. —¡Pues no quiero que te vea! ¡No quiero que existas! El padre, que había salido a despedir al jeque, entró justo a tiempo. —¡Basta! —gritó—. ¡En esta casa obedecerán los deseos del jeque! Y si el jeque quiere hablar con Daliah, así será. Amina se tapó la boca para no llorar. La madrastra estaba morada de rabia. Daliah sintió que le faltaba aire. Todo estaba cambiando. Y ella no sabía si quería ese cambio… o si eso iba a destruirla. ***** Esa noche, Daliah salió al patio para respirar. El cielo estaba lleno de estrellas. Detrás de ella, una voz firme la sorprendió. —No estás sola —dijo alguien desde la sombra. Ella se giró. Era el jeque. Khalid Al-Sayeed había vuelto. —¿Por qué?... ¿Por qué volvió? —La voz de Daliah era un susurro que apenas lograba sobrepasar el latido frenético de su corazón. No se atrevía a mirarlo. Khalid dio un paso, no para invadir su espacio, sino para que sus palabras, bajas y cargadas de significado, no se las llevara el viento. —Porque ayer, cuando te vi junto al camino, sentí por primera vez que alguien me veía a mí. No al jeque, no al heredero, no a la alianza. — Hizo una pausa, buscando las palabras en la inmensidad de dos idiomas que de pronto se le quedaban cortos. — Tú no tienes idea de lo que eso significó. Daliah sintió que el mundo se inclinaba. "Eso no está bien", quiso decir. "Mi hermana... mi padre... el qué dirán...". Pero las palabras se ahogaron en su garganta. En su pecho, una parte de ella que no conocía se estremecía ante esa verdad. — Por favor, señor... —Logró articular, con la mirada fija en el suelo de piedra—. Esta... esta atención es un honor que no merezco y un peligro que no puedo permitir. Si alguien nos viera... mi reputación, la de mi familia... —No tienes nada que temer —respondió él—. Quiero que seas mi esposa… porque con tu sencillez… moviste algo que creí muerto. Daliah bajó la mirada. Tenía miedo de lo que estaba sintiendo. Khalid murmuró. —Mañana decidirás si quieres aceptarme, pero hoy… solo quería que supieras que no llegué aquí buscando esposa. Daliah lo miró, confundida. —¿Entonces qué buscaba? Khalid la observó en silencio. Luego respondió con una honestidad que la dejó sin palabras. —Paz. Y la encontré mirándote a ti.
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