CAPITULO 3: El Silencio de los Girasoles Muertos

1384 Words
El tiempo en la cueva no se medía en horas, sino en el goteo incesante del agua filtrándose por las piedras y en el sonido de la respiración cada vez más débil de mis padres. Al principio, contaba los días rascando la pared con una piedra afilada, esperando que la justicia de la Luna llegara, o que Damián recuperara la cordura. Pero la Luna parecía habernos abandonado en esa fosa, y Damián... Damián estaba demasiado ocupado celebrando su nueva vida como para recordar a la mujer que alguna vez llamó "su luz". Hubo un tiempo, no muy lejano, en que yo era el orgullo de mi hermano Kaelan y la alegría de mis padres. Me recordaba a mí misma frente al espejo de nuestra pequeña cabaña: mis ojos verdes tenían el brillo de las esmeraldas bajo el sol, una chispa de vida que parecía inagotable. Mi cabello, una cascada de oro puro que me llegaba a la cintura, era mi mayor vanidad; mamá lo trenzaba cada mañana con flores silvestres. Mi cuerpo era fuerte, lleno de salud, con esa cintura que Damián solía rodear con sus manos mientras me juraba que nunca me dejaría ir. Ahora, al pasar la mano por mi cabeza, solo encontraba mechones ralos y quebradizos. El hambre y la suciedad habían devorado el oro, dejando un color cenizo y sin vida. Mis costillas contaban la historia de cada comida que les cedí a mis padres, convirtiendo mi silueta en una sombra esquelética que apenas podía sostenerse en pie. —Althea... come tú —susurró mi padre una noche, empujando hacia mí el trozo de pan mohoso que un guardia nos había arrojado como si fuéramos perros. —No, papá. Tienes que estar fuerte —mentí, con el estómago rugiendo de dolor. Pero no hubo fuerza suficiente. El frío de la cueva era un enemigo silencioso que se filtraba en los huesos. Vi a mi madre marchitarse primero. Ella, que siempre olía a pan recién horneado y a flores de campo, empezó a oler a enfermedad y a olvido. Murió una madrugada de invierno, acurrucada contra el pecho de mi padre, buscando un calor que él ya no podía darle. No hubo ritos funerarios, no hubo aullidos de despedida. Solo el silencio sepulcral de la piedra. Mi padre no tardó en seguirla. El dolor de perder a su compañera de vida fue más letal que el hambre. Se sentó en el rincón donde ella exhaló su último suspiro y no volvió a levantarse. Sus ojos, que antes me miraban con tanta ternura, se volvieron opacos, fijos en la entrada de la cueva que nunca se abría. —Cuídate, mi pequeña girasol... —fue lo último que me dijo antes de que su corazón se detuviera. Me quedé sola. Durante meses, mi único contacto con el mundo exterior fue el guardia que venía de vez en cuando a burlarse de mi miseria. Mi loba, esa parte de mí que solía correr libre por los bosques, se había ovillado en lo más profundo de mi mente. Estaba herida, sangrando por el rechazo de Damián y por la agonía de ver morir a los suyos. No volvió a salir. No volvió a aullar. Estábamos ambas esperando que el frío finalmente nos reclamara. El día del rescate, yo ya no esperaba nada. Estaba tumbada sobre el suelo húmedo, rodeada por los restos de mis padres, a quienes no había tenido fuerzas para mover. Mi vista estaba nublada y el aroma a vainilla que solía desprender mi piel se había transformado en el olor agrio de la muerte. De repente, un ruido metálico rompió el silencio. No era el golpe seco del guardia, era el sonido de metal retorciéndose. Una luz cegadora entró en la cueva, hiriendo mis ojos desacostumbrados a la claridad. —¿Althea? ¡Althea! —una voz gritó mi nombre. Una voz que recordaba de mis sueños. Escuché pasos pesados, desesperados. Alguien cayó de rodillas a mi lado. Unas manos fuertes y temblorosas me levantaron la cabeza. —Oh, por la Luna... no, no, no... —era Kaelan. Mi hermano. Cuando mis ojos finalmente se enfocaron, vi su rostro. Kaelan, el guerrero fuerte, el hermano mayor que siempre me protegió, estaba rompiéndose en mil pedazos frente a mí. Sus ojos recorrieron lo que quedaba de su hermana menor. Buscó el brillo verde, pero solo encontró cuencas hundidas y una mirada vacía. Buscó el cabello dorado, pero solo vio parches de pelo grisáceo y costras de golpes mal curados. —¿Qué te han hecho, pequeña? —sollozó él, pegando su frente a la mía. Sus lágrimas caían calientes sobre mi mejilla fría—. Estás... estás desapareciendo. —Kaelan... —mi voz era un graznido seco, apenas un roce de aire—. Papá... mamá... Él giró la cabeza y vio los cuerpos en el rincón. Un rugido de dolor puro salió de su garganta, un sonido tan desgarrador que pareció hacer temblar las paredes de la cueva. Se cubrió la boca con la mano, intentando contener un sollozo que le quemaba el pecho. —¿Murieron aquí? ¿Solos? —preguntó, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¿Damián los dejó morir así? —Un año, Kaelan... —susurré, cerrando los ojos porque la luz me dolía demasiado—. Un año escuchando sus lamentos... Un año de hambre... El Alfa sabía... todos sabían. Kaelan me apretó contra su pecho con una delicadeza extrema, como si temiera que mis huesos, tan finos como el cristal, se rompieran al menor contacto. Él lloraba sin consuelo, mojando mis andrajos con sus lágrimas de rabia y culpa. —Perdóname, Althea. Perdóname por tardar tanto. Mi mejor amigo me lo dijo... nadie sabía dónde te tenían, decían que habías huido por la vergüenza —me explicó entre sollozos—. Si hubiera sabido... los habría matado a todos. —Tenemos que irnos... —dije, sintiendo que mis fuerzas se agotaban por el simple hecho de hablar—. Antes de que se enteren. —Nadie se va a enterar —dijo Kaelan, recobrando una chispa de ferocidad en medio de su llanto—. Ellos creen que eres un cadáver, y así se quedarán. Vamos a sacarte de este infierno. La abuela nos espera. Kaelan me cargó en brazos. Yo no pesaba nada; era apenas el esqueleto de una mujer. Al salir de la cueva, el aire fresco me golpeó la cara y, por un segundo, me sentí morir. La libertad dolía más que el cautiverio. Miré por encima del hombro de mi hermano hacia la manada Sombras de Hierro, que se veía a lo lejos, próspera y ajena al crimen que acababan de cometer. Vencida por el cansancio, apoyé la cabeza en el hombro de Kaelan. Mi loba interna abrió un ojo por un segundo, sintiendo el aroma a bosque, pero volvió a cerrarse. Estábamos rotas. Mi cintura perfecta había desaparecido, mi belleza se había esfumado y mi corazón era un campo de batalla lleno de cenizas. —Kaelan... —murmuré antes de perder el conocimiento—. Dile al Alfa... dile que ya no existo. —Dile tú misma cuando vuelvas para cobrar su cabeza, hermana —respondió él con voz sombría—. Ahora descansa. El Dominio de los Volkov está cerca, y allí nadie volverá a tocarte. Mientras nos alejábamos en la oscuridad, sentí cómo la conexión con esa tierra maldita se cortaba para siempre. No sabía que en ese mismo instante, en el jardín de la mansión de los Blackwood, los rosales que yo solía cuidar se marchitaron hasta volverse polvo n***o. La vida se iba con nosotros, y ellos se quedaban con su riqueza, sin saber que acababan de firmar la sentencia de muerte de su propia estirpe. Kaelan seguía llorando en silencio mientras corría por el bosque. Cada vez que mi cuerpo inerte golpeaba su pecho, él recordaba a la niña que corría entre los girasoles y comparaba esa imagen con el espectro que llevaba en brazos. La crueldad de Damián no solo había destruido a Althea; había asesinado la inocencia de toda una familia. Pero en la oscuridad, bajo la protección de un hermano que ahora solo vivía para la venganza, una pequeña chispa empezó a brillar en lo más profundo de mi ser.
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