El uniforme de servicio me pesaba más que las cajas de reparto que solía cargar. Cada mañana, al despertar en la pequeña habitación sin ventanas de las dependencias de servidumbre de la mansión Blackwood, sentía que un trozo de mi alma se desprendía. Habían pasado semanas desde que acepté la humillante oferta de Damián. Semanas desde que pasé de ser la mujer que él decía amar, a ser la sombra que limpiaba los restos de su felicidad con Brenda.
Acepté porque lo amaba. O eso me decía a mí misma mientras restregaba los suelos de mármol. Mi loba, sin embargo, estaba inquieta. Arañaba las paredes de mi mente, gimiendo de vergüenza cada vez que veía a Damián besar el vientre abultado de Brenda en el jardín.
—¡Althea! ¡Muévete, inútil! —el grito de Brenda rompió mis pensamientos.
La encontré en el salón principal, sentada en un sofá de terciopelo. Su embarazo de siete meses la hacía lucir radiante a los ojos de la manada, pero para mí, era un recordatorio constante de la traición. Brenda no se conformaba con haberme quitado al hombre que quería; necesitaba destruirme.
—Mis pies están hinchados. Tráeme agua tibia con sales y asegúrate de que la temperatura sea de exactamente 38 grados. Si está un grado más fría, te haré repetirlo diez veces —ordenó con una sonrisa maliciosa.
Me arrodillé frente a ella, sumergiendo mis manos en el agua caliente para masajear sus tobillos. Era una humillación física y mental. Ella me miraba desde arriba, disfrutando de mi sumisión.
—¿Sabes qué es lo más gracioso, Althea? —comentó Brenda, mientras jugaba con un mechón de su cabello platinado—. Damián me cuenta cómo le rogabas. Dice que eres como un perro callejero: leal, pero aburrida. Me agradece todas las noches por haberlo salvado de una vida de pobreza contigo.
Apreté los dientes. No podía responder. No todavía. Faltaba menos de un mes para que se cumpliera el plazo de aquel trato que hice con mi abuela Leonora hace casi tres años. Un trato que pesaba en mi pecho como una losa de oro. "Tres años, Althea", me había dicho la anciana con su voz de acero. "Si en tres años ese cachorro de Alfa no demuestra ser digno de tu linaje, volverás a casa y aceptarás tu destino". El tiempo se agotaba, y yo seguía aquí, hundida en el barro, esperando un milagro que no llegaba.
—¿Me estás escuchando? —Brenda me dio un empujón con el pie, salpicando agua sobre mi uniforme—. Ve a la cocina y prepárame un té de jazmín. Y que no esté amargo, como tu cara.
Me levanté en silencio, secándome las manos. Al salir, me crucé con Damián en el pasillo. Su aroma, que antes me recordaba al bosque y la libertad, ahora solo olía a engaño. Intenté sostenerle la mirada, buscando un rastro del hombre que me juró protección, pero solo encontré frialdad.
—Haz lo que ella dice, Althea. No quiero quejas —dijo él, pasando de largo sin siquiera detenerse.
Los días siguientes fueron un infierno. Brenda se aseguraba de que yo no durmiera más de cuatro horas. Me mandaba a limpiar el ático en plena noche o a buscar frutas exóticas a kilómetros de distancia. La manada Sombras de Hierro me miraba con lástima o desprecio. Para ellos, yo era la mujer patética que no pudo aceptar que el Alfa eligiera a alguien mejor.
El incidente ocurrió un martes lluvioso.
Brenda estaba en la parte superior de la gran escalera, revisando unos catálogos de cunas de oro. Yo subía con una bandeja llena de productos de limpieza.
—Quita esa basura de mi vista, Althea. Huele a químicos y me da náuseas —dijo ella, bloqueándome el paso.
—Brenda, por favor, déjame pasar. Tengo que terminar de limpiar el ala este —pedí con la voz cansada.
—Me hablas con respeto, sirvienta —siseó ella. Se acercó tanto que pude ver la chispa de locura en sus ojos—. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo lo miras? Crees que todavía tienes una oportunidad. Pero mira esto... —se señaló el vientre—. Esto es un heredero. Tú solo eres el error que él cometió antes de conocer el poder.
Brenda extendió la mano para empujarme, pero en su afán por humillarme, sus pies enredaron en la alfombra de seda. Sus ojos se abrieron de par en par. El pánico reemplazó a la malicia.
—¡No! —gritó.
Traté de soltar la bandeja para sostenerla, pero fue demasiado tarde. Brenda resbaló y cayó por los primeros cinco escalones antes de quedar tendida en el rellano, gimiendo y sujetándose el vientre.
El ruido fue estruendoso. En segundos, Damián y sus padres salieron de sus oficinas.
—¡Brenda! —Damián voló por las escaleras, cayendo de rodillas junto a ella.
—¡Ella... ella me empujó! —sollozó Brenda, señalándome con un dedo tembloroso mientras las lágrimas (falsas, lo sabía) corrían por sus mejillas—. Me dijo que si el bebé moría, Damián volvería con ella... ¡Me empujó, Damián!
Me quedé helada en lo alto de la escalera, con el corazón martilleando contra mis costillas.
—No... no es cierto. Se resbaló, yo intenté...
Damián se levantó. Nunca lo había visto así. Sus ojos de lobo brillaban con una furia asesina. Subió los escalones de dos en dos hasta quedar frente a mí. El aire se volvió pesado, cargado con el poder de un Alfa que no tiene control sobre su ira.
—¡Dije que no quería problemas, Althea! —rugió.
Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, su mano se movió como un látigo.
¡ZAS!
El impacto de su cachetada fue tan fuerte que me lanzó contra la pared. Mi oído derecho empezó a zumbar y sentí el sabor metálico de la sangre llenando mi boca. Me sujeté la mejilla, que ardía como si me hubieran pegado con un hierro caliente. El dolor físico no era nada comparado con el crujido de mi corazón terminando de romperse.
—Damián... yo nunca... —traté de decir, pero mi voz salió rota.
—¡Cállate! ¡No quiero volver a escuchar tu maldita voz! —me gritó, señalándome con odio—. Casi matas a mi hijo por tu asquerosa envidia. Eres un monstruo, Althea. Una muerta de hambre que no sabe agradecer la mano que le da de comer.
Su madre subió y ayudó a Brenda a levantarse.
—Hay que llevarla al hospital, Damián. Está sangrando un poco —dijo la mujer, lanzándome una mirada de asco—. ¿Qué vamos a hacer con esta criminal?
Damián me miró como si fuera basura pegada a su zapato.
—Llévenla a la cueva de castigo. No quiero que vea la luz del sol hasta que yo decida qué hacer con ella. Si Brenda pierde al bebé, yo mismo me encargaré de que Althea no salga viva de ese agujero.
—¿Y sus padres? —preguntó su padre, el Alfa actual—. Ellos sabían que su hija era una inestable. Son cómplices por no haberla controlado.
—Encierren a los tres —sentenció Damián, dándose la vuelta para cargar a Brenda en sus brazos.
Dos guardias me sujetaron por los brazos, arrastrándome. Yo no luché. No grité. Estaba en shock. Miré hacia el ventanal del pasillo mientras me sacaban de la mansión. El cielo estaba gris, oscuro.
"Faltan tres semanas, abuela", pensé mientras las lágrimas finalmente rodaban por mi rostro ensangrentado. "Perdí la apuesta. Tenías razón... él no es un hombre. Es un monstruo".
Me arrojaron a la parte trasera de una camioneta. Minutos después, vi cómo sacaban a mis padres de su pequeña cabaña en los límites de la manada. Estaban confundidos, asustados. Mi padre intentó protegerme, pero lo golpearon con la culata de un rifle.
—¡Perdónenme! —les grité, hundida en el dolor—. ¡Todo esto es por mi culpa!
Nos llevaron a las profundidades del bosque, donde la tierra se abría en una grieta oscura y húmeda: la Cueva de los Desterrados. Un lugar donde la manada enviaba a los traidores para que el hambre y la locura hicieran el trabajo sucio.
El guardia nos empujó al interior. El olor a moho y descomposición nos golpeó de inmediato.
—Disfruten su nueva casa, Vieri —se burló el guardia antes de cerrar la pesada reja de hierro y ponerle una cadena—. Damián dice que, por lo menos, aquí no tendrás que preocuparte por repartir comida. Porque no habrá ninguna.
El sonido del candado cerrándose fue el eco de mi sentencia de muerte. O eso creían ellos.
Me desplomé en el suelo frío, abrazando mis rodillas. Mis padres se acercaron a mí, tratando de consolarme en medio de la penumbra. Mi loba, herida por la mano de su propio mate, se ovilló en un rincón de mi mente y cerró los ojos. El vínculo que me unía a Damián se sentía ahora como un cable de alta tensión quemándome las venas. El rechazo no había sido formal todavía, pero el dolor era el mismo.
En la oscuridad de la cueva, mientras escuchaba los sollozos de mi madre, empecé a contar los días. No para morir, sino para que el tiempo del trato se cumpliera.
Si sobrevivía, si lograba que alguien avisara a Leonora... el mundo de los Blackwood ardería. Pero por ahora, solo había hambre, frío y el recuerdo del golpe de Damián marcando mi piel.