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1811 Words
Me levanté de un sueño no muy bonito, con los ánimos por debajo de la tierra. Mis muecas no las sentía agradables, y tenía un amargo sabor en la boca, como si se me fuese a dañar el día. Masajee mi cien, creyendo fallidamente que eso me ayudaría. Todo había comenzado desde que me había desmayado. Veía cosas, mi cuerpo reaccionaba de una manera colapsada, y ya no podía vivir con ello. —¿Que tienes hija? —preguntó mi madre entrando por la puerta con una bandeja. No la había oído. —¿Por qué los dices?, estoy bien mamá —mentí como pude. —Te ves tensa, y estabas mirando a la pared como si hubiese algo allí —se sentó a mi lado, no sin antes dejar la bandeja en la mesa de noche—. Últimamente te he visto extraña, como inquieta, y tú comportamiento cambió —acarició mi cabeza, pero al sentir su mano quemar con mi cuero cabelludo, me aparté. No era la primera vez que pasaba en esa semana, y no podía explicarlo—. ¿Que sucede Liseth? —intenté evitar el contacto visual-. Liseth, mírame. —¿Puedes dejarme desayunar en paz? Se me hace tarde para la escuela —masculle intencionalmente, para no hacer notar mi desespero. La sangre quemaba mi cuerpo mientras corría por cada vena. —¿Por qué me estás hablando así jovencita? —se puso de pie, poniendo las manos en su cintura—. ¿Con quién crees que hablas?, yo no crié ninguna niña rebelde —mencionó, lo cual me sorprendió y enojó al mismo tiempo. La miré con irritación—. Te estás pareciendo a tu padre -sentí como mis ojos echaban fuego, y solo estiré mi brazo sin pensar hacia ella. Un destello azul, como si fuese humo, pero más detallado salió de mis manos, golpeando o arrastrando de rapidez a mi madre fuera de la habitación, cerrando con un fuerte portazo delante de ella. Todo en una velocidad que no me esperaba. —¿Que hiciste Liseth?, ¿Que fue eso? ¡Ábreme!, es una orden —comenzó a golpear la puerta por varios segundos—. Ya hablaremos jovencita —se marchó. Me hice un rollo en el rincón de la cama, con los ojos bien abiertos, temiendo de algo que podría salir de alguna parte o que mis propios poderes se fuesen a poner en mi contra, por lo que había hecho con mi madre. Cada vez era más fuerte, y poco controlable. Y no tenía a quien compartirle lo que sentía. Estaba sola. —Muy sola. —¿Sola? —preguntó alguien de la nada en mi habitación. Me exalte de la sorpresa, y me presione contra la pared-. No estás sola —terminó la chica de cabello rosado. Mi corazón latía a mil—. Las paredes no caerán si las sueltas —se refiere a la posición que tenían en la pared. Bajé los brazos avergonzada. —¿Que haces aquí? —Hola a ti también —ironizó, mientras reventaba una bomba de chicle. Comenzó a revisar mi estantería de libros—. Llora si quieres, no te juzgo. —Eh, si, no lo haré —me coloqué de pie—. ¿Cómo entraste? —¿Con los pies? —me miró obvia, pero yo no estaba jugando. Pareció notarlo, y bufó como respuesta—. Bueno, es algo simple. Es un poder de teletransporte. Piensa dónde quieras estar y ya está. Puedo ir a París en menos de —pensó—, un segundo —me tocó, y un frío inesperado me rodeó el cuerpo. Estábamos en la torre Eiffel de París, en medio de la noche. La miré asustada, y su sonrisa de borró—. Tranquila, puedo devolverte a tu casa. Sólo quería enseñarte como lo hacía —repitió el mismo acto, y volvió la temperatura de mi habitación—. Es divertido, ¿no? —sonrió, agarrando un libro. —¡No!, eso es... Da miedo —me crucé de brazos. El cambio de temperatura no me sentó bien. —Es emocionante realmente, te acostumbraras —me dio palmadas en el hombro, antes de cambiar de libro. —Puede ser —mencioné más calmada. —Si, lástima que sólo sea nuestro trabajo para toda la eternidad —cerró el libro—. No lo había leído, pero gracias —cambió por otro más. La miré extrañada, ¿cómo hace eso? Recordé—. ¿Cómo que un trabajo para toda la eternidad? Dejó el último libro en el estante—. No lo leas, está malísimo. Típico final de muerte, en un libro de suspenso. Es predecible, pero los otros te los recomiendo, te encantarán. Los leí en menos de lo que canta un gallo —argumentó con naturalidad. —Claro —dije un poco lento, sin entender nada aún. Me daba algo de miedo—. ¿Cómo es que haces esas cosas?, ¿es alguna especie de don? —Si, casi, pero no es realmente un "don". Los dones son concedidos a las personas bastante complejas, y se refiere algo bueno, viniendo del llamado señor que todo lo ve, Dios, pero hay un pequeño cambio. Nosotros tenemos es una maldición, aunque esto parezca privilegio, piénsalo como que es sólo nuestro material de trabajo —terminó con una sonrisa seca. Volvió a los libros. —¿M-Maldición? —Si. Significa que estamos condenadas para siempre —siguió con su misma sonrisa—. Este libro es horrible. Uno menos que leerás. —Estoy muy confundida, y ¿cómo es que lees esos libros tan rápido? —le quité el libro que tenía en las manos. —¡Oye lo estaba leyendo! —quejó, pero no tenía intenciones de devolvérselo—. Bien. Es un poder de lectura. Alguien que conocí hace mucho tiempo, un chico, me enseñó a hacerlo. Guardas las letras en tu memoria como si fueran recuerdos recién hechos, sólo que no te demoras en crearlos, por que aparecen como si ya hubieran estado ahí. ¿Increíble?, si. Me leí cada libro de este pueblo. —Si, lo es, pero explícame lo de la maldición. —Lo haré en otro momento, debo irme —se despidió de un movimiento de mano, mientras que una niebla negra la cubría de pies a cabeza, hasta que se desapareció de golpe. Cayó la neblina al suelo de la habitación, desvaneciéndose después. Quedé con los ojos abiertos, sin entender. Esto era muy raro, incluso para lo que ya había vivido. Y ni siquiera había desayunado. **** Bajé de dos en dos la escalera, con mi mochila a mis espaldas, y un collar que había sacado de mi joyero, pero que por el tiempo no había podido ponérmelo. Intentaba escapar de mi madre, pero no la escuchaba, y aunque me tomé el tiempo de buscarla, no estaba. Me sorprendió, pero le resté importancia. Tampoco quería estar en el momento en que llegara Tom con su "amiga". Sólo nombrarla me quemaba la piel. Ella le dio vueltas a mi mundo estable, dónde hasta mi mejor amigo cambió. —¿De mal humor ya?, pero si sólo nos vimos una vez —apareció de la nada la pelirosa, provocando que soltara un grito. —¿No podías evitar asustarme otra vez? —¿Por qué pequeña rubia? —se adelantó, y quedamos frente a frente. Rogaba por qué se cayera, ya que no veía por donde iba. —No soy tan rubia —rodé los ojos. —Como sea, ¿Por qué tanta prisa? —preguntó, volviendo a mi lado. —No quiero encontrarme con nadie. —¿Estás muy irritada de esta gente?, me imagino, yo igual. —¿Y por qué no te vas?, puedes llegar a París en menos de un segundo —repetí lo último en modo burla. —Bueno, ese no es mi trabajo. —¿Y cual se supone que es tu trabajo? —me crucé de brazos, parando de caminar. —Sacarte de este pueblucho. —¿Que?, ¿de qué estar hablando? —Bueno, tú estás aquí como una especie de anormal. Por qué nadie valora tu poderes, la gente le da miedo, estás sin control de ellos, Tom te cambió por otra chica y dice que sólo quería hacer más amigos, cuando tú pudiendo hacer lo mismo, no querías separarte de él, pero el si hizo lo que se le dio la gana. Ah, y además de eso, tu mamá salió asustada de la casa. Te está temiendo, y quizás ahora también los que entran a la tienda de tu mamá —permaneció seria. Me dolía en un cierto modo que ella me temiera, por qué fue la única que me entendió, pero la comprendía, había actuado de manera diferente con ella. Las cosas ya no eran iguales en mi vida, todo se ponía peor y esperaba un cambio más adelante. No sabía que podría hacer con mi vida si en mi pueblo no me sentía bien, o la gente ya no confiaba en mi. —Puedes venir conmigo si prefieres —habló en medio del silencio—. Claro que también es una obligación, pero como para ser amable —susurró. La miré. —Si me voy, ¿que pasará con mi escuela, mi madre, Tom o mis conocidos? —Ellos estarán bien sin ti. Ninguno morirá por qué te vayas, además aquí no perteneces, aquí no pertenecen tus poderes. Sólo asustarías, y ya no estás bien aquí. —Tienes algo de razón, pero la gente que amo... —No te preocupes, estarán bien. También piensa en ti, además ya debemos irnos, tienes que conocer al buen amigo —me abrazó por los hombros. —¿Quién es ese? —Es por decir así tu jefe. El nos dio estos poderes, la maldición, y algún día tendrías que salir de aquí. —Yo, no lo sé. —Vamos, aquí pronto no te querrían. ¿Vienes? —caminó por un desvío que llevaba al bosque. —Está bien —respondí. Ella sonrió, y pensé que la desición mejoraría mi vida. Ellos estarían mejor sin mi, y a mí me podría caer bien el cambio, aunque no pude despedirme. Pero así era mejor, no me dolería tanto. —Has tomado una excelente desición —me abrazó más fuerte, y de la nada comenzó a subir niebla negra desde nuestros pies. Estaba fría, pero en cuanto se desvaneció a nuestra vista, un gigantesco loving nos recibió como primera instancia. El ventanal cubría casi todo el piso, y unas escaleras en formar de caracol guiaban a un segundo piso. Los colores blanco y n***o combinaban a la perfección, se veía lujoso, limpio y espacioso. Mucha decoración moderna. Estaba sorprendida—. Bienvenida a tu nuevo hogar. A tu nueva vida.
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