Aunque mi domingo libre lo iba a pasar descansando, en la cama, decido llamar a Fredy, necesito un reajuste momentáneo de mis pensamientos y encontrarme con él siempre ha tenido un buen efecto.
A eso de las 3 de la tarde empecé a prepararme para salir con mi amigo a un pub cercano, donde brindábamos, por ejemplo, por los exámenes finales del instituto.
Tenía pensado tomarme unas copas, aunque con medida, claro. No podía emborracharme porque mañana tengo que trabajar. Jugar con un bebé mientras lidias con una resaca no suena precisamente responsable.
Antes de las ocho de la noche, Fredy se detuvo frente a mi casa en su bochito, Al subir al coche, encendió la radio. Estaba sonando Reptilia, de The Strokes.
En nuestros primeros años de instituto, solíamos ir a conciertos. Incluso nos escapábamos de casa solo para ver a Julian Casablancas y compañía en vivo. Yo, como buena fangirl, tenía una pared entera dedicada a fotos del vocalista en mi habitación y me concentraba solo en él. Fredy, en cambio, iba más por las chicas que soñaban con su chico ideal cantándoles You Only Live Once.
Después de un buen rato de camino, llegamos al Ibiza —un lugar cargado de recuerdos, borracheras y amistades efímeras de Fredy. También fue el escenario de mi fiesta de 18, cuando al genio que me acompaña se le ocurrió contratar una stripper como sorpresa.
Supongo que ese tipo de cosas suelen hacerse por los amigos más alocados, pero en nuestro caso es diferente: tengo un cómplice que siempre se las arregla para que no me aburra.
Apenas crucé la puerta, el olor a sudor, alcohol y humo me golpeó de lleno. Caminamos hasta la barra y pedí un whisky con Coca-Cola —porque, sinceramente, limpiar vómito me pone de mal humor—, mientras mi real se pidió una cerveza. Sabía que no se iba a quedar solo con una. Nunca lo hacía.
Nos sentamos en una de las mesas y empezamos a sorber nuestras bebidas. Después del primer vaso no me sentía particularmente animada, pero el calor ya me invadía el cuerpo. Tengo la cabeza débil, no necesito mucho para emborracharme, así que decidí parar ahí. Fredy, en cambio, pidió otra cerveza... y luego otra... y así, hasta llegar a seis.
Al final, terminé subiéndome a su coche, con una tasa de alcohol decente y el suficiente juicio como para llevarlo a casa. Hay que admitir que había pasado un buen rato —o al menos el necesario para sentirme medianamente capaz de conducir.
Nos recibió Alice, medio dormida. Pero en cuanto vio a Fredy tambaleándose, apenas capaz de sostenerse en pie, se despertó por completo. Está jodido, pensé.
No podía simplemente llevarme el coche de Fredy y conducir hasta casa, así que pedí un taxi de esos que trabajan las veinticuatro horas. No llegué hasta poco antes de la medianoche.
Entré tratando de hacer el menor ruido posible. No quería despertar a mi madre. Pero casi me da un infarto cuando, estando ya en el salón, escuché su voz viniendo desde la cocina.
— Sé que eres adulta, pero podrías haberme avisado a qué hora ibas a volver. Como tu madre, estoy preocupada por ti —dijo mi progenitora con voz tranquila, sin levantar siquiera la mirada del libro que estaba leyendo. Me acerqué a ella y le devolví el abrazo.
— Lo siento, no había pensado en eso —dije ligeramente estirando la verdad, no quería tener que explicar que mi amigo se emborrachó y tuve que dejarlo en la puerta. — Me voy a la cama porque mañana tengo que trabajar —anuncié—. Tú también deberías irte a la cama ahora.
—Seguiré leyendo un rato más, duerme bien.
— Buenas noches —grité ya en la escalera. Entré en mi dormitorio, saqué un pijama nuevo del armario y me di una ducha rápida. Me tumbé en la cama y casi de inmediato caí en los brazos de Morfeo.
Me levanté un poco antes de lo habitual. Hice todas mis tareas matutinas, conseguí hablar un rato con mi madre y envié un mensaje de texto a Fredy, al que no respondió. Sin embargo, la resaca de un asesino no tiene corazón y eso es 100% cierto. Aún me quedaba algo de tiempo, así que decidí ir a la panadería a comprar unos donuts para mí y para Noah, con la esperanza de que le gustaran. Aunque filosóficamente, a quién no le gustan. Unos minutos antes de las diez ya estaba en la puerta de la casa, esperando a que alguien me abriera. Oí la risa de un niño, y un momento después Liam se plantó en la puerta, seguido de mi protegido.
— Hola, ¿Quién quiere donuts?
— ¡Yo! —gritó un encantado Noah y corrió hacia mí. —¿Puedo? —se volvió hacia su padre.
—Sí, pero sólo uno — le dice, sacudo la cabeza con lástima.
— Vale, vale— Dijo bajando la cabeza. Me cogió de la mano y me llevó hacia la cocina, oí como Liam nos seguía.
Saqué un plato del lavavajillas, le puse un donut y se lo di al chico.
— Isabela, ya me voy, hoy me quedo hasta tarde en el trabajo, así que no te veré en la noche — Me dijo a mis espaldas. — No vengas mañana, voy a llevar a Noah al zoológico. — Me giré hacia él, pensando que era apropiado. Asentí con la cabeza en señal de que lo entendía.
— ¡Papá! ¡Papá! — exclamó Noah con insistencia, esto llamó la atención de Liam, que quería irse. ¿Por qué no dejas que Isa venga con nosotros? — lo miré, mientras berreaba a más no poder. Oho, siento que estoy a punto de decirles que no.
— Claro, si ella quiere. — Me miró esperando una respuesta.
— No sé, no quiero molestar. — Intenté zafarme.
— No lo harás, ya eres como de la familia, así que deberías aceptar la invitación — insistió Liam, para mi sorpresa.
— De acuerdo, me encantaría ir. — Digo, dejando salir el aire de mí.
Sabía que acabaría así. Supongo que vale la pena recordar que, si alguno de estos dos hombres comienza a insistirme para que haga algo, siempre estaré perdida porque no seré capaz de decirles que no a ninguno de los dos. Y más aún, cuando los dos me están mirando con cara de puerquito degollado esperando que aceptara la invitación, era completamente imposible negarse.