Me levanté temprano, me vestí y seguí mi rutina habitual sin saltarme ningún paso. A las nueve en punto, Liam y su hijo Noah pasarían a recogerme. Según lo que habíamos planeado, hoy pasaríamos el día en el zoológico.
Sinceramente, no recuerdo la última vez que estuve en uno. Debió de ser hace años.
A la hora acordada, un Volvo XC90 n***o se detuvo frente a mi casa. Me puse el abrigo, me despedí de mi madre y cerré la puerta con cuidado. Al acercarme al vehículo, vi cómo Liam descendía del asiento del conductor mientras Noah me saludaba desde su silla en el asiento trasero, agitando una manita con entusiasmo.
—Hola, Isabela —saludó Liam, mostrando una hilera de dientes blancos en una sonrisa tan impecable que parecía sacada de una película. Rodeó el coche con tranquilidad y abrió la puerta del lado del acompañante.
¿Tiene que hacerme creer a cada paso que es perfecto?
—Hola —respondí, después de unos segundos en los que mi cerebro intentó recuperar la compostura.
Liam me hizo un gesto con la mano, indicándome que subiera.
—Gracias —murmuré al entrar en el coche.
Cerró la puerta tras de mí con suavidad y volvió a ocupar su lugar al volante. Me abroché el cinturón y, sin poder evitarlo, giré la cabeza para mirar hacia atrás. Noah, el dormilón, estaba en su sillita, con las mejillas rosadas y el cuerpo ligeramente ladeado.
—¿Ya ha conseguido dormirse? —pregunté al ver que se movía un poco.
—Sí —respondió Liam con una sonrisa cansada—. Esta mañana no he podido levantarlo... lo vestí a medias, todavía medio dormido, ni siquiera hizo el esfuerzo de comer su desayuno hombrecito perezoso. — Asintió con la cabeza privado. — Cuando se despierte tendremos que parar para que coma algo. —Me miró como si quisiera saber si me parecía bien.
—Por supuesto. — Le envié una sonrisa. El momento fue breve, pero en cuanto me miró con sus ojos azules sentí calor por todo el cuerpo, creo que estoy empezando a volverme loca.
Noah ya se había despertado, así que hicimos una breve parada en una cafetería. Él comió tortitas, mientras Liam y yo disfrutamos de un café sorprendentemente bueno.
Tuve suerte, porque esa mañana me olvidé por completo de preparar el mío en casa, y para mí, un día sin café es simplemente un mal día.
De regreso al coche, un Noah emocionado se sentó obedientemente en su sillita y se dedicó a observar el paisaje que pasaba por la ventanilla. Aún estábamos en la ciudad, y lo único que se veía eran edificios, manzanas de casas y calles, pero a veces mirar a la gente es suficiente:
los que corren con prisa para llegar a algún sitio, los que pasean sin rumbo fijo. Ver ese contraste ayuda a entender el ritmo de todo... y, por un momento, a intentar detenerse uno mismo.
Liam estaba concentrado en la carretera, con la vista fija al frente y ambas manos firmes en el volante. Fue justo entonces cuando me di cuenta de lo guapo que era.
Nunca antes me había fijado. De hecho, apenas nos veíamos: cuando yo llegaba, él ya se iba. Y viceversa.
Quizá no debería estar pensando en él así...
Ugh, basta. Mi yo hormonal está hablando. Seamos honestas: en otras circunstancias, probablemente habría intentado coquetearle.
¡No, no, no! De verdad, tengo que dejar de pensar así. No quiero arruinar esto con una tensión rara de jefe-empleada.
Creo que notó que lo estaba mirando, porque de repente empezó a sonreír… y luego se rió solo, como un bobo.
Lo miré con cara de “¿estás bien?”.
Sin ofender, pero ese tipo de risa rara... parecía un topo emocionado.
Cuando se calmó, me lanzó una mirada divertida y dijo:
—¿Tengo algo en la cara?
—Sí, una cara de idiota —le solté, y terminé riéndome también.
—No te emociones, sigo siendo tu jefe. Podría despedirte —dijo bromeando.
—No lo harías. ¿Dónde vas a encontrar a otra como yo? —respondí, levantando una ceja con confianza.
Pero antes de que pudiera seguir, una vocecita desde el asiento trasero nos interrumpió:
—Papá, si despides a Isa, yo te despido a ti.
—¿Cómo que me vas a despedir? —preguntó Liam, tratando de aguantarse la risa—. ¿Y quién te va a leer cuentos de hadas?
—Abuela o abuelo. Estaré bien.
¿Tres años y ya responde así? Este niño es brillante.
—Oh, entonces mejor no despido a Isa —dijo Liam, rindiéndose ante la lógica aplastante de su hijo.
Y ahí sí, ya no pude más. Me reí como nunca con el dúo dinámico de los Blake.
El resto del viaje transcurrió en un ambiente igual de agradable. La sonrisa prácticamente no se borró de mi rostro.
Apenas aparcamos en nuestro destino, Liam salió del coche para sacar a Noah de su sillita, y yo lo seguí. En cuestión de minutos ya estábamos haciendo fila para las entradas del zoológico. Optamos por una “entrada familiar”, que salía más económica. Apenas entramos al recinto, una enorme plaza nos dio la bienvenida, rodeada de hábitats donde se albergaban los animales.
Nuestro primer destino: el área de los leones. Los ojos de Noah estaban abiertos de par en par. Juraría que ni siquiera parpadeaba, completamente fascinado. Se giraba de un lado a otro, como si no quisiera perderse ni un detalle.
Yo caminaba al lado de Liam, que llevaba a Noah de la mano. En un momento dado, el pequeño soltó la mano de su padre, se colocó entre los dos y nos tomó a ambos por la mano. En ese instante, sonreí una vez más ese día. Este niño podía derretir corazones.
Cerca del recinto de los monos —del que Noah no quería irse por nada del mundo— encontramos un puesto de helados. Lo sobornamos un poco y logramos sacarlo de allí con la promesa de algo dulce. Yo pedí un sorbete de fresa, y justo cuando iba a pagar, Liam apareció de la nada y le entregó un billete a la cajera antes de que pudiera reaccionar.
Obviamente, no me iba a quedar callada. Detesto cuando alguien paga por mí sin consultarme, sobre todo si no me dan ni la oportunidad de devolver el gesto. Pero Liam, fiel a su estilo, tenía mil argumentos para justificarlo. Empiezo a pensar que, si no fuera empresario, debería ser abogado. Le sale natural.
Mientras tanto, su hijo nos miraba con la cara manchada de helado, ajeno a nuestra mini discusión.
Después de más de dos horas caminando bajo el sol, decidimos almorzar en un restaurante cercano. Esta vez no le di opción: yo pagaba. Le lancé una mirada desafiante y solté el ultimátum. Por la cara que puso, era evidente que no estaba contento, pero tampoco insistió. Victoria para mí.
Tras una comida deliciosa, volvimos al coche. Estaba a punto de subir al asiento del copiloto cuando escuché la vocecita de Noah:
—Isa, ¿quieres sentarte a mi lado?
—Noah… —empezó a decir Liam, pero lo interrumpí.
—Tranquilo —le dije, girándome hacia él—. Claro que sí, señor Noah, será un honor sentarme a su lado —respondí mirándolo con una sonrisa.
Ya casi estábamos de regreso. Noah, agotado, volvió a quedarse dormido. Durante casi todo el trayecto, Liam y yo seguimos conversando. Entre risas y confesiones suaves, fui descubriendo cosas nuevas sobre él y su familia. Y por primera vez, me sentí cómoda en esa dinámica. Como si... esto pudiera repetirse.