Capítulo 2 POV Isabella

1226 Words
No puedo decir que esta casa sea un hogar, pero al menos ya no me arde el pecho cada vez que respiro, ni siento que el aire pesa como cadenas. Después de años viviendo con un monstruo que se hacía llamar mi esposo, regresar a la casa de mi madre fue como volver a tener pulmones después de ahogarme tanto tiempo. Aún tengo cicatrices, no solo en la piel, sino en lugares tan profundos que ni yo misma alcanzo a entender. Mis manos tiemblan a veces sin razón, y la noche se convierte en un campo minado que cruzo con los ojos cerrados. Pero mis hermanos... ellos me devuelven algo parecido a la esperanza. Alessio, con trece años, se aferra a mí como si el tiempo que pasé lejos no hubiera existido. Giuliano y Elio siguen haciendo ruido por toda la casa, como si quisieran espantar mis recuerdos con sus risas. A su lado, me permito olvidar por unos minutos que alguna vez fui propiedad de alguien. Hoy intentamos cocinar pasta juntos. Nada especial: solo harina, huevos, y una excusa para no pensar. Terminé con salsa en el vestido —uno viejo, feo, que Leonardo decía que me hacía ver “respetable”. Mentira. Era un uniforme de sumisión. Una forma más de ocultarme. Subí a cambiarme, deseando con todas mis fuerzas encontrar algo... bonito. Algo que me hiciera sentir como una mujer de nuevo, no como una sombra. Pero al abrir el clóset, la realidad me golpeó. Cada percha colgaba como una sentencia. Cada vestido, un recordatorio de que alguna vez fui invisible incluso para mí. Nada era mío. Leonardo nunca me permitió tener ropa que me gustara. Cada prenda era una extensión de su control: colores apagados, cortes sin forma, telas ásperas. Me senté en el borde de la cama, sintiendo una punzada familiar en el pecho. Me habría encantado tener el valor de pedirle a mi madre un poco de dinero. Solo un poco. Pero la idea de que me preguntara “para qué” o de tener que justificarme me congeló. Cerré el clóset, me puse lo menos terrible que encontré, y bajé sin decir una palabra. Afuera, Bianca Vitale, mi nueva guardaespaldas, me esperaba. No sé de dónde salió ni por qué está aquí. Mi madre dice que ahora es parte de la seguridad familiar, que está aquí por mi bien. Pero Bianca me observa como si supiera algo que yo no. Como si estuviera esperando que me rompa. Y no importa dónde esté —la cocina, el patio o la sala— si no estoy en mi habitación, ella está cerca. Observando. Silenciosa. A veces pienso que no me cuida. Me custodia. Como si fuera una prisionera disfrazada de hija. No confío en nadie que no lleve mi sangre. La tarde se sentía espesa, como si algo se estuviera por romper, cuando recibí la llamada. —Isabella, soy Mía. ¿Tienes tiempo para un café? La escuché, y algo dentro de mí se aflojó. Mía… mi única amiga. Nunca entendí por qué se acercó a mí en secundaria, siendo hija de Alessandro D’Avola. Lo lógico habría sido que me evitara. Yo misma intenté alejarme al principio, hasta que me di cuenta de que ni ella ni su madre eran como los rumores decían. Ellas eran luz en un mundo lleno de sombras. Acepté sin pensarlo demasiado. Antes de salir, mi madre apareció en mi puerta con un vestido azul con flores. —Póntelo —dijo—. No vas a salir con esa facha. No tenía energía para discutir. Y lo cierto es que el vestido era hermoso. Suave. Femenino. Al verme en el espejo, sentí nostalgia por una versión de mí que nunca llegué a conocer. Me reconocí… apenas. La cafetería estaba a unas cuadras, pero aun así, Bianca y otro par de hombres nos siguieron discretamente. Al entrar, el calor del lugar me golpeó como un vapor de expectativas. Noté que algo no estaba bien. Mía no estaba sola. Daniel, su hermano, estaba con ella. Mi estómago se cerró. Lo recordaba de las pocas veces que fui a casa de Mía en la adolescencia. Era mayor que nosotras, y su mirada siempre había sido más oscura que la del resto. Enigmática. Peligrosamente serena. Hoy no era diferente. Se levantó al verme, y su mirada me recorrió como si supiera exactamente quién era… y qué me habían hecho. No me desnudó con los ojos. Me diseccionó, como si estuviera buscando las partes rotas para quedarse con ellas. Me miró como si yo le perteneciera. —Hola, Isabella —dijo, con una voz profunda que me estremeció más de lo que quise admitir. Sentí las miradas de otros hombres en el café, clavadas en mis piernas, en mi escote. Me arrepentí del vestido al instante. Pero fue Daniel quien reaccionó primero. Su mandíbula se tensó, sus ojos se oscurecieron. Le murmuró algo a uno de los escoltas que había entrado con él. Y entonces lo supe: cada detalle, cada movimiento, cada mirada… nada fue casualidad. Todo había sido coreografiado. Mía intentó hacerme reír, hablar como siempre, pero la tensión en la mesa era palpable. Finalmente, se giró hacia su hermano. —Daniel —le dijo con voz baja—, cálmate. Déjame hablar con ella. Él no respondió. Solo se levantó, se acercó a mí y susurró: —Te dejo con mi hermana unos minutos. Pero volveré. No hagas nada estúpido, Isabella. Me quedé inmóvil mientras él salía del lugar, como si dejara a un centinela invisible en su lugar. —¿Qué está pasando, Mía? —pregunté. Ella me miró con una mezcla de culpa y compasión. —Necesito que me escuches antes de que entres en pánico. Los papeles que te entregó tu madre, los que te hizo firmar sin ver cuando regresaste con ella… no eran solo autorizaciones médicas ni acuerdos legales. Eran el prenupcial y el registro de matrimonio con Daniel. —¿Qué? —susurré, sin aliento. La cafetería desapareció por un instante. Solo oía mi respiración entrecortada. Mis dedos se entumecieron. —Tu madre aceptó un acuerdo con mi padre para asegurar su futuro y el de tus hermanos. Era eso o… poner a Alessio como aprendiz en la organización. Sabes lo que eso significa, Isa. Tiene solo trece años. Las lágrimas me subieron a los ojos, pero no cayeron. No podía permitirme llorar. Volteé hacia la ventana. Daniel estaba hablando con los escoltas, dando instrucciones, como si el mundo le obedeciera. Como si yo ya fuera parte de su territorio. Y entendí. No se trataba de un matrimonio por conveniencia. Se trataba de posesión. De control. De mantenerme cerca para que nadie más pudiera tocarme, ni siquiera mirarme. —Él lo planeó todo, ¿verdad? —murmuré. Mía no respondió, pero su silencio fue respuesta suficiente. Daniel regresó a la mesa y me ofreció la mano. No como un caballero. Como un amo que sabe que su esclava ya no tiene adónde huir. Y lo más aterrador fue que una parte de mí... quería tomarla. Porque por primera vez en años, alguien me había mirado como si valiera la pena pelear por mí. Pero ¿puede llamarse amor a algo que empieza con cadenas? ¿O es que hay prisiones tan dulces… que te hacen rogar por no encontrar nunca la llave?
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