Capítulo 3 POV Isabella

1042 Words
El silencio me envolvía como una mortaja, apretando mi garganta incluso cuando no intentaba hablar. La boca me sabía a sangre rancia y ceniza, aunque no hubiera una herida visible. Bianca conducía en silencio, como si supiera que cualquier palabra me haría estallar en mil fragmentos. No podía mirarla. No después de lo que me había dicho Mía. No después de haberme confesado que fue su padre y mi madre quienes orquestaron esta maldita unión usando papeles que firmé sin leer, justo después de regresar a casa. “Firmé pensando que cerraba un capítulo. No sabía que estaba vendiendo los derechos sobre mi vida.” —Para protegerte —había dicho Mía con voz compasiva. Pero no hay protección en una jaula, aunque esté forrada en oro o promesas vacías. Preferiría morir. Preferiría mil veces arrancarme la piel a tiras que volver a ser propiedad de alguien. Pero... no es solo mi vida la que está en juego. El rostro de Alessio me vino a la mente como un golpe seco al pecho. Sus trece años, su sonrisa aún limpia, su forma de aferrarse a mí como si el tiempo nunca hubiera pasado. Giuliano y Elio también. Pequeños terremotos que correteaban por la casa, que me hacían olvidar por segundos que alguna vez fui propiedad de un monstruo. Los habría entregado todo por ellos. Incluso mi libertad. Incluso mi alma. Y eso hice. Porque el nombre del hombre al que me han entregado es Daniel D’Avola. Y ese nombre es sinónimo de muerte. Leonardo fue un infierno que conocí. Pero Daniel… Daniel es un abismo del que todos se alejan sin mirar atrás. Nadie habla de él sin bajar la voz. Nadie lo mira sin dudar si vivirá para contarlo. Dicen que su familia oculta algo. Algo atroz. Algo inhumano. Algo tan terrible que el silencio se convirtió en su mejor cómplice. Yo no quería saberlo. Porque el miedo ya vivía en mí, latente, hambriento, listo para devorarme desde adentro. Cuando llegamos a casa, el corazón me dio un vuelco. Mi madre no estaba en la puerta, ni mis hermanos salieron corriendo como solían hacer. En cambio, una fila de escoltas vestidos de n***o vigilaba el perímetro. Algunos hablaban por radio. Otros apenas se movían. Pero todos compartían una cosa: la atención clavada en mí. Y entonces lo vi. Daniel. Alto. Inmóvil. Con los ojos como hielo bajo una tormenta. Un traje n***o impecable que no podía ocultar la tensión en su cuerpo. Era imponente, hermoso en su brutalidad, como una escultura tallada por el mismísimo destino: perfecta, terrible y destinada a arruinar todo lo que tocara. Y me estaba esperando. Sentí el adoctrinamiento activarse como un reflejo. Mi cuerpo se enderezó. Mis pasos se hicieron firmes. Bajé la mirada. Y avancé. No porque quisiera. No porque pudiera. Sino porque así me programaron: para obedecer, para someterme, para desaparecer. No miré atrás. No me importó dejar en el auto el pequeño bolso con mis cosas. Mientras mis hermanos estén a salvo… y puedan vivan… yo puedo desaparecer en él infierno. Entré en la casa sin mirar a nadie. Las paredes, antes frías, parecían ahora cementerio. El aire sabía a amenaza. El reloj del pasillo sonaba más fuerte de lo normal. Y entonces, me desplomé. No. No puedo. No otra vez. El suelo… el suelo es más seguro. Nadie me ve si estoy en el suelo… Mis rodillas golpearon el suelo con un ruido sordo, seco, y me quedé ahí. Incapaz de moverme. Incapaz de pensar. Todo mi cuerpo comenzó a temblar. Me acurruqué en posición fetal, con los brazos sobre la cabeza, como si pudiera protegerme. Como si aún existiera algo por salvar. Respiraba con dificultad. Cada respiración me arañaba por dentro, como si mis propios pulmones se rebelarán contra la idea de seguir viviendo. No lloraba. Solo temblaba, como una niña abandonada en medio de una tormenta. —¡Levántate! —ordenó una voz desde la escalera. Mi madre. Su tono era afilado, venenoso. Como si mi debilidad fuera una molestia más que una herida. —¡He dicho que te levantes, Isabella! Ni siquiera sabes obedecer con dignidad. Qué vergüenza. Me obligué a moverme. No por obedecerla, sino por sobrevivir. Apoyé las manos contra el piso, me impulsé, y subí con las piernas de trapo, sintiendo como cada escalón se alzaba como una montaña. Pasé frente a Giuliano y Elio, que jugaban con unas figuras en el suelo. Elio me mostró su dibujo. —¿Te gusta, Isa? —Asentí sin verlo. No podía arrastrarlos a mi dolor. Sonrieron al verme, pensando que esto... esto era bueno. Que me casaría con un príncipe. Pero la realidad era que yo solo era el sacrificio. Cuando llegué al final de las escaleras, Bianca estaba en la entrada de mi cuarto. No dijo nada. Solo me miró con esos ojos inexpresivos que se clavan en la carne como alfileres. Abrí la puerta. Me encerré. Y me dejé caer sobre la cama. Temblé. Durante minutos. Horas, tal vez. Me hice ovillo sobre las sábanas arrugadas, sin quitarme los zapatos. No quise tocar nada. No quería manchar con mi presencia el último lugar donde alguna vez me sentí humana. ¿Dónde me perdí? ¿En qué momento dejé de ser alguien para convertirme en moneda de cambio? No sé cuánto tiempo pasó, pero el día se volvió noche sin que me diera cuenta. No encendí la luz. No encendí nada. Me envolví con la cobija como si con eso pudiera desaparecer. Y lloré. Finalmente. En silencio. Para que nadie me escuchara. La puerta se abrió sin aviso. El crujido fue sutil, pero cada músculo de mi cuerpo se tensó. —Daniel se retira por esta noche —dijo mi madre desde el umbral—. Dice que no quiere perder el control. No contigo así. Cerró la puerta sin esperar respuesta. Y yo… Yo cerré los ojos, dejando que las lágrimas se colaran por la almohada hasta empaparla. La extenuación me atrapó antes de que el miedo pudiera volver a devorarme. Esta noche no soy suya. Esta noche no soy de nadie. Esta noche, aunque sea por unas horas… soy mía. ¿Cuánto vale una última noche… cuando sabes que jamás volverás a tener otra?
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD