Capítulo 4 POV Isabella

1048 Words
*************************************************************************************** El tacto fue lo primero. Sentí unas manos abrir mis nalgas desnudas, lentas, calculadas. El roce era familiar, íntimo... invasivo. El aire olía a madera vieja y cuero. Las luces eran tenues, como si la habitación quisiera mantenerme en penumbra. Mis ojos no se adaptaban, pero mi cuerpo sí. Un aliento cálido me rozó el cuello. —Shh... tranquila. Siempre estas tan tensa —dijo una voz que conocía mejor de lo que desearía. Leonardo. Mi espalda se arqueó involuntariamente. Mi mente gritaba que debía moverme, empujarlo, correr, pero algo en mí —acaso el veneno que su voz derramaba— me inmovilizaba. Su boca rozó mi clavícula con la reverencia de un amante y la brutalidad de un carcelero. Cada caricia suya estaba impregnada de control, como si me recordara quién era el dueño de mi piel. —Mira lo que me hiciste esperar —murmuró, hundiendo los dedos en mi cintura—. Pensé que ya habías aprendido. No entendía. ¿Aprendido qué? ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? —No... —susurré, apenas audiblemente. —No qué, Isabella —sus palabras goteaban sarcasmo—. ¿No te gusta? Deberías disfrutarlos por que eres mi esposa. Intenté girar el rostro, encontrar una puerta, una salida, pero sus manos me mantuvieron contra el sofá de terciopelo. La tela me raspaba el rostro mientras su cuerpo, fuerte y dominante, me rodeaba por detrás como una jaula cerrándose. Entonces lo vi. Su rostro, tan cerca del mío, deformado por la luz vacilante. Pero no era Leonardo. Era Daniel. Un espasmo atravesó mi pecho como una descarga eléctrica. Sus facciones eran distintas, más duras, más angulosas. Su boca, más cruel. Sus ojos, oscuros y vacíos como pozos. —¿Acaso creías que podías huir de esto? —preguntó, con una sonrisa que no tocaba sus ojos—. Ahora eres mía. Mía. Mi grito se atoró en mi garganta, pero lo sentí subir, cortándome el aliento. *************************************************************************************** Desperté de mi sueño bruscamente. El mundo volvió a mí en fragmentos: la habitación en penumbra, las sábanas pegadas a mi piel por el sudor, mi pecho subiendo y bajando como si acabara de correr un maratón. Me llevé las manos al rostro. Estaban temblando. Todo mi cuerpo estaba temblando. Me rodeé con los brazos. Era un sueño. Solo un maldito sueño. Pero el tacto de esas manos... la forma en que me había mirado... aún lo sentía. Me levanté como autómata, sin pensar. No quería volver a cerrar los ojos. Si lo hacía, sabía que él estaría allí. Leonardo. Daniel. O los dos en uno. No sabía qué me asustaba más. Mi madre estaba en la cocina cuando bajé las escaleras. El aroma del café recién hecho y el pan horneado flotaba en el aire, pero para mí era como si el mundo estuviera cubierto de cenizas. —Después de desayunar, debes irte —dijo, sin mirarme siquiera—. Daniel está afuera. Pero necesitas comieras algo antes. El nombre me hizo retroceder un paso, casi imperceptiblemente. Mi cuerpo reconocía la amenaza antes que mi mente pudiera razonarla. Me senté frente al plato que una nueva cocinera había servido con esmero. Huevo, fruta, pan. No podía tocarlo. No quería. Comer algo sin su aprobación... sin saber si él lo permitiría... era arriesgarme a enojarlo. —Si no comes —dijo mi madre, alzando apenas la voz—, no tendrás fuerza para cuando te convierta en su mujer. No seas tonta. Él ahora es tu esposo. La palabra “esposo” me arañó por dentro. No respondí. No podía. Pero cuando mi madre dijo mi nombre, con fuerza, algo en mí colapsó. —Isabella porque no entiendes que todo lo que he hecho ha sido por tu bien —añadió. La culpa en su voz me supo a traición. No dije nada. Me levanté de la mesa y me dirigí a la puerta. Mis hermanos estaban en la sala, ajenos a todo, riendo entre ellos. Me incliné y los abracé con una ternura desesperada. Besé sus frentes como si los dejara en otra vida. Y tal vez lo hacía. El auto n***o me esperaba. Me subí sin una palabra. El trayecto fue mudo. Fuera del vehículo, el mundo giraba como siempre. Dentro de él, mi mundo se congelaba en una espera que me sofocaba. La mansión D’Avola apareció ante mí como un castillo sacado de un sueño gótico: columnas de mármol, balcones de hierro forjado, jardines cuidados con precisión militar. La belleza de todo aquello era insultante. Daniel me recibió en la entrada, con una mirada que no me ofrecía refugio alguno. Entre en silencio. Mi estómago rugió. Él lo notó. —¿No comiste? —su tono era gélido. —No sabía si querías que lo hiciera. Pensé que era algo que mi madre quería, no tú —respondí con voz rota. Él se giró y golpeó la pared con el puño. El eco del golpe fue como un disparo. —¿Tengo que decirte hasta cómo tragar saliva? —Lo siento... —murmuré, encogiéndome. —Siéntate —ordenó, señalando una silla—. No te voy a golpear pero no tolero rebeldía. Me senté. La amenaza estaba dicha, aunque envuelta en palabras que pretendían tranquilizarme. No funcionaba. Pidió que me prepararan comida y cuando no llegó. Su furia creció. El control era parte de él, pero cuando algo se salía de su ritmo, algo más oscuro emergía. Mientras él tomaba una llamada en la terraza, aproveché para caminar. La mansión era un laberinto de lujo y mármol. Tocaba los objetos como si no mereciera estar allí. Como si fueran parte de un museo al que solo me dejaron entrar por error. Me detuve frente a una chimenea adornada con retratos antiguos. Allí fue donde él me encontró. —¿Crees que puedes desaparecer cuando te plazca? Me giré bruscamente. Daniel me tomó de la cintura y me acercó a su cuerpo con una firmeza que no dejaba lugar a resistencia. —Aquí, cada uno de tus movimientos me pertenece —dijo, su voz grave, los ojos clavados en los míos. No respondí. No confiaba en él. Ni en sus caricias. Pero su poder estaba en su control. Y el mío, en seguir respirando sin hacer ruido.
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