Capítulo 5 POV Isabella

1149 Words
Después de almorzar, el silencio entre nosotros era tan espeso que me cubría como una tela húmeda y sofocante. Caminaba con el paso arrastrado, como si llevara grilletes invisibles y una cuerda al cuello. Lo sentía detrás de mí, siguiéndome con pasos seguros, firmes, sin detenerse ni un segundo. No necesitaba verlo para saber que estaba allí. Su presencia era como una presión constante sobre mi espalda. Y aunque no hacía ruido, el aire vibraba con un deseo contenido que me erizaba la piel sin tocarme. Yo, en cambio, no era deseo. Era miedo. Miedo crudo, visceral. No solo por lo que Daniel pudiera querer de mí, sino por todo lo que aún dolía dentro. Mi pecho aún guardaba gritos que no sabía cómo liberar. Mi cuerpo no distinguía entre el ahora y el entonces. Bastaba estar sola con un hombre para que se encendieran todas las alarmas. Leonardo me enseñó que la cama no era descanso, sino castigo. —Vamos quiero llevarte a la cama—ordenó con esa voz grave que me hacía temblar incluso si no quería hacerlo. —Aún no es de noche —susurré, tratando de sonar firme, aunque apenas podía mantener la voz estable. Se detuvo solo un segundo. —No planeo que duermas —dijo sin mirarme, con una calma peligrosa que me encogió el alma. La ansiedad me acompañó en cada escalón, subiéndome por la columna como una fiebre. Cuando crucé la puerta de su habitación, el pecho me subía y bajaba a trompicones. Las manos me temblaban. Las lágrimas presionaban detrás de los párpados, amenazando con salir. El aire en su habitación era más denso, más frío. El edredón oscuro. La luz tenue. Todo parecía haber sido diseñado para recordarme que estaba atrapada. Caminé hasta el borde de la cama y me senté, con el cuerpo invadido de escalofríos. Me sentía como una condenada que conoce su sentencia. Él se acercó. Se arrodilló frente a mí y su sola presencia cambió el aire de la habitación. Lo volvió espeso. El tacto de su mano sobre mi cintura fue suave, casi reverente, y subió hasta mi cuello, apenas rozando mi piel. Cerré los ojos, intentando controlar el pánico. Una imagen me golpeó: Leonardo tomando mi rostro con esa misma suavidad antes de convertirme en nada. Pero cuando sus dedos bajaron hacia el borde de mi vestido, acariciando mis muslos, me rompí. —Detente —susurré, apenas un hilo de voz escapando entre mis labios, mientras todo mi cuerpo temblaba. Se congeló. Vi cómo su mirada se oscurecía de forma abrupta, como si algo salvaje se despertara dentro de él. Se puso de pie de golpe. No dijo nada. Solo tomó una lámpara y la estrelló contra la pared. Luego, un reloj de mesa voló hasta romperse contra la puerta. El florero que estaba sobre el buró se hizo añicos. El ambiente cambió. Lo sentí. Ya no era Daniel el que tenía frente a mí. Era una sombra ancestral. Una criatura moldeada por la rabia y la pérdida. Retrocedí, el corazón a punto de estallar. Pero entonces, tan rápido como llegó su furia, lo vi detenerse. Cerró los ojos, respiró hondo. Bajó los hombros. —Si vas a matarme… hazlo ahora —dije. No fue un desafío, fue una súplica. Una verdad rota saliendo desde lo más profundo de mí—. Sería mejor que volver a pasar por lo que viví con Leonardo. Prefiero morir antes que revivir ese infierno, noche tras noche. Mis palabras le cambiaron el rostro. Algo dentro de él se rompió. En lugar de gritarme, de golpear la pared o lanzarme más objetos, se acercó… y me abrazó. Fue un gesto torpe. Inseguro. Como si no supiera cómo se hacía. Pero fue sincero. Yo me quedé rígida, sin entender. Por primera vez, no vi al heredero de la mafia en Italia, el hombre que me hacía temblar… sino a otro. Uno que también sangraba por dentro. —No debí matarlo tan rápido —murmuró con los labios enredados en mi cabello—. Hice que su Maserati cayera por el barranco. Y aun así... fue poco. Por lo que te hizo, merecía más. No dije nada. No podía. La garganta me ardía. Las palabras no salían. ¿Él lo mato? ¿No fue un accidente? —Aquí… en esta casa, nunca vas a sufrir de nuevo. Te lo prometo —dijo él, separándose solo lo justo para mirarme a los ojos—. Pero necesito que te entregues a este matrimonio. No hablo de tu cuerpo... hablo de ti. De tu presencia. Que no huyas de mí. Asentí despacio. No por rendición. Sino como quien acepta una tregua. Pero él vio algo más. Mi silencio. Mi respiración irregular. Mis ojos húmedos que no lo rechazaban… Lo malinterpretó. Para un hombre acostumbrado a que el rechazo fuera la única señal clara, mi quietud fue un error. Una mentira involuntaria. Su pecho se alzó. Se inclinó hacia mí, me levantó el vestido con intención y, sin aviso, sentí la dureza de su erección presionar contra mi muslo. Fue demasiado. Un golpe del pasado me arrolló sin piedad. Una mezcla de náusea y miedo crudo. Sin pensarlo, actué. La bofetada salió antes de que pudiera detenerme. Sonó fuerte. Mi palma ardió de inmediato. Y en el segundo que siguió… su mirada cambió. Retrocedí hasta topar con la pared, tragando saliva con dificultad. No dije nada. Solo esperé. Esperé lo peor. Sabía lo que venía. El precio de mi error. Pero él… no se movió. Sus ojos, antes encendidos, ahora estaban apagados. Como si hubiera despertado de un trance. Su pecho subía y bajaba como si acabara de correr kilómetros. Y entonces habló. Su voz era baja, ronca. Dolida. No parecía la de Daniel. —Quiero que no vuelvas actuar así y que seas consciente que, aunque tardemos en consumar este matrimonio vas a tener que recostarte conmigo en la cama siempre que así te lo pida. Lo miré sin comprender. Pero asentí. Y justo antes de que me recostara a su lado haciéndome sentir el peso de su deseo, dudé. Pensé que debía decir algo, marcar un límite... pero no pude. Solo cerré los ojos. No había dulzura en la acción de estar junto a él de espaldas sintiendo su erección. No era un final feliz. Pero sí… un comienzo distinto. Un primer paso. Seguí con el cuerpo aún tenso, la mente hecha nudos y el alma latiendo despacio. Daniel me tocaba el largo de mi espalda suavemente sin forzarse en mí y en silencio. La habitación se volvió un santuario frágil. Un campo minado donde ninguna palabra era inocente. Aquellas horas no fueron de pasión. Fueron de cicatrices expuestas. De promesas no dichas. Y de dos almas rotas… que, sin saberlo, estaban empezando a tender un puente … y la posibilidad dolorosa de caer en el pecado y redención.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD