Capítulo 6 POV Daniel

1024 Words
No alcanzo a explicarme ni a mí mismo lo que Isabella despierta en mí, porque va más allá de toda lógica. Sé que este amor que siento sobrepasa la obsesión… y aun así, me resulta increíble haber logrado que la mujer que amo se convirtiera en mi esposa. Sí, una sombra de culpa me atormenta por haber acabado tan rápido con el malnacido de su exesposo; porque, en el fondo, es cierto lo que le dije: debí hacerlo sufrir más. Si hubiera conocido más detalles de cómo la había tratado, habría encontrado infinitas formas de vengarla. Pero nada de eso importa ya. Ahora es mía… y solo es cuestión de tiempo antes de que seamos uno de verdad. El sueño me venció con ese pensamiento ardiendo en el pecho. No sé cuánto tiempo pasó hasta que, en mitad de la madrugada, sentí un peso cálido sobre mí. Abrí los ojos de golpe, con la respiración entrecortada, y en la penumbra la vi: Isabella, desnuda, su piel rozando la mía como un secreto susurrado en la oscuridad. Tardé unos segundos en darme cuenta de que yo también estaba desnudo… y no supe en qué momento había ocurrido. El corazón me martillaba el pecho al verla inclinarse sobre mí, reclamando un lugar que siempre le había pertenecido. Había tomado la iniciativa, y aunque su atrevimiento encendió en mí un deseo casi insoportable, también me recordó que, al final, yo era quien debía tener el control. Esa contradicción me desgarraba: querer guiarla, pero al mismo tiempo rendirme a la dulzura salvaje de su entrega. Mis manos se aferraron con firmeza a sus caderas, guiando el compás íntimo que nos entrelazaba con una intensidad cada vez mayor. Sentía su calor envolviéndome, su fuerza reclamando, su deseo igualando al mío en esa entrega sin reservas. La penumbra no fue obstáculo para adorar cada rincón de su cuerpo, para recorrerlo con los labios y las manos, perdiéndome en la frontera invisible donde ella terminaba y yo comenzaba. En un impulso, me incorporé suavemente, deslizando mis labios por la curva de su piel hasta encontrar la tersura de sus pechos. Mis labios se cerraron primero sobre uno de sus pezones, saboreando la suavidad de su carne mientras mi lengua lo acariciaba con deleite. Su cuerpo tembló y de su boca escapó un gemido bajo, dulce y quebrado, que me envolvió como la más íntima de las confesiones. No me detuve: busqué el otro con la misma devoción, disfrutando de cada estremecimiento, de cada sonido que ella me regalaba. Cada movimiento, cada suspiro, nos llevaba más allá de la cordura, hasta que la pasión misma nos arrebató todo: el pasado, la culpa, las cadenas. Solo quedó el instante, el fuego compartido que nos consumía y nos hacía uno. Fue entonces que, por un instante, no existió nada más que la certeza absoluta de pertenecerle: nuestros cuerpos y almas estallaban en una sola llama… una unión que ningún poder sobre la tierra podría romper. Pero mi mente, como tantas veces, me jugó una cruel trampa. Justo cuando la sentía mía, cuando me derramaba en ella, desperté. La cama estaba vacía. El eco de aquel sueño maldito y maravilloso aún me ardía en el pecho. Y como siempre, las voces no tardaron en aparecer, riéndose de mí como espectros antiguos, demonios que me habitan desde la infancia. —¿Estás bien? —la voz de Isabella me arrancó del abismo. Había salido del baño; su cabello húmedo caía como un río oscuro sobre sus hombros, y en su rostro se adivinaba el cansancio de una noche sin verdadero descanso. —¿Estás tú bien? —pregunté enseguida. Era lo único que importaba: confirmar que no había sufrido daño alguno, que mientras dormíamos ninguno de esos demonios había tomado el control para lastimarla. No me lo perdonaría jamás. «Es tan nuestra como tuya», susurró una voz desde lo más hondo de mi ser. «¿Por qué habríamos de dañarla, si la hemos esperado tanto como tú?» El calor me subió al rostro, un gruñido ahogado naciendo en mi garganta. No podía tolerar esa insinuación, ni siquiera de las sombras que vivían en mi interior. Mis manos se crisparon contra las sábanas, buscando anclarme a la realidad. Las carcajadas resonaron en mi mente, burlonas, como ecos de un pozo sin fondo. —¿Qué es tan divertido? —les escupí con rabia contenida. La respuesta llegó como un cuchillo en plena oscuridad: «Somos uno. ¿Por qué no habríamos de compartirla entre los tres?» El rugido que brotó de mí fue tan profundo que sentí cómo me desgarraba por dentro. Y justo entonces, la mano cálida de Isabella se posó en mi mejilla, suave, delicada, como un bálsamo que me arrancaba del caos. —¿Daniel…? ¿Estás bien? —susurró. Sus ojos, grandes y claros, temblaban. No supe si era miedo por mí o miedo de mí. Quizá ambas cosas. La calidez de su contacto, sin embargo, acalló el tumulto. Como un salvavidas en medio del naufragio, me devolvió a la superficie. Y mientras la miraba, con sus dedos aún sobre mi piel, me juré en silencio: ninguna sombra, ningún demonio —ya sea nacido en mi interior o proveniente de otros— volverá a rozarla. Si el mundo entero se interpone, lo arrasaré para protegerla. —¿Deberíamos desayunar algo, no crees? —su voz se suavizó en una sonrisa tímida, casi luminosa, como la de un ángel que no sabe cuánto consuelo otorga. —Comer te hará sentir mejor. Asentí, aunque mis pensamientos seguían manchados de furia y de esa necesidad instintiva de protegerla. Le pedí que me esperara; yo también necesitaba una ducha, un respiro para recomponerme antes de enfrentar lo que nos aguardaba. Esa mañana mis padres estarían presentes y, sin Mía para suavizar la rígida dinámica familiar, Isabella corría el riesgo de sentirse realmente incómoda. Explicar las grietas de mi familia nunca había sido sencillo. Y aunque Isabella ya estaba habituada a nuestro mundo y a sus reglas, lo que se avecinaba no sería nada fácil de comprender, ni mucho menos de aceptar. Pero ella no tendría otra opción.
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