**LEONEL** Y entonces lo vi. En medio de la zona de espera del aeropuerto, entre viajeros apurados y anuncios en distintos idiomas, había un hombre que no pasaba desapercibido. Alto, de complexión robusta, cabello castaño claro y revuelto, ojos vivaces como los de alguien que siempre tiene un plan entre manos. Sostenía un cartel improvisado —una cartulina doblada a la mitad— con letras gruesas que decían: “Bienvenidos a casa”, con un corazón mal dibujado en la esquina inferior. Como si el gesto fuera espontáneo, pero no carente de intención. Amelia apretó mi brazo con una mezcla de alegría y nerviosismo. Sus dedos se aferraron a mí, pero su mirada ya estaba fija en él. —¡Beret! —exclamó, soltándose de mi lado con una calidez que me desconcertó. La observé correr hacia él, la sonrisa que

