**AMELIA** Él respondió al instante. Su mano subió con firmeza hasta la nuca, atrayéndome hacia él con una intensidad que me estremeció. El beso se profundizó, lento, pero lleno de urgencia, como si nos estuviéramos reconociendo a través del contacto, como si su cuerpo buscara desesperadamente los rastros de una historia olvidada, y el mío tratara de devolverle cada fragmento perdido. No había palabras. Solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, el crujir del asiento bajo nuestros movimientos, y esa conexión invisible que nos envolvía, cada vez más fuerte, más inevitable. Sus dedos se enredaron en mi cabello. Mi mano temblaba al tocar su rostro, ese rostro que había soñado tantas veces durante las noches de ausencia. Era como beber agua después de haber tenido sed por dema

