Sinopsis
Ahora que Ludwig encontró a Rachel, está decidido a mantenerla a su lado a como dé lugar. Tiene una nueva oportunidad para enmendar todo el daño que le hizo y volver a conquistarla, pero las cosas no resultarán tan sencillas como él esperaba.
Rachel evitará cualquier acercamiento de su parte a pesar de que sigue amándolo con toda su alma y corazón. No confía en las palabras de la persona que la traicionó y la apartó de su lado. Pondrá al límite la cordura y la paciencia del único hombre al que ha amado y del que sigue perdidamente enamorada.
El pasado y nuevos enemigos vuelven a amenazar su felicidad, pero ahora ambos estarán preparados para enfrentarlo juntos. Los secretos comienzan a develarse y la venganza será más cruenta y despiadada contra todos aquellos que destruyeron sus vidas y lograron separarlos.
Rachel y Ludwig, vienen por ellos.
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***
Tiemblo de pies a cabeza. La rabia, la ira, el dolor y el amor se combinan en una mezcla explosiva que me ha llevado al límite. Acabo de tirar a la basura tiempo valioso de preparación, la confianza depositada en mí y todas las promesas hechas que ya no podré cumplir. Suelto un lamento de dolor que me desgarra el alma. Sigo siendo tan débil y frágil como lo fui en el pasado. De qué me vale ser otra en el exterior cuando por dentro sigo siendo la misma chica tonta e ilusionada cuyo corazón sigue palpitando de amor por el mismo hombre. Uno que lo lastimó y lo pisoteó como le dio la gana.
―No lo haga, señorita Rachel ―alguien me sujeta y evita que cometa una locura. Mi cerebro se siente pesado, no tengo capacidad para pensar―, por favor, suelte el arma. Se está lastimando ―siento el corte en mis dedos, pero este no es tan doloroso y profundo como el que llevo en mi corazón―. La reconocí desde el mismo instante en que la vi parada en la puerta.
―Él me alejó de su vida cuando más lo necesitaba.
Susurro con un sollozo lastimero que me hace sentir decepcionada de mí misma. Giro mi rostro y veo la sangre bajando por mi brazo y cayendo gota a gota sobre el piso. Sigo temblando. Abro la mano y dejo que tome la daga. De un momento a otro soy consciente de lo que estaba a punto de hacer. No sé en qué estaba pensando. Nunca sería capaz de lastimarlo a pesar de todas las cosas que me hizo, del daño y el dolor que me causó. Suelto un jadeo de pánico y abro los ojos con terror. Me doy la vuelta, apoyo mi cara sobre su pecho y comienzo a llorar desconsolada. ¿Qué he hecho? ¿Cómo pude siquiera pensarlo? Esta no soy yo y no me gusta la mujer en la que me estoy convirtiendo. Mis piernas se sienten tan débiles que ni siquiera puedo sostenerme en pie. Me desvanezco, me siento tan ligera y efímera. Sin embargo, un par de brazos fuertes evitan que me derrumbe.
―Ahora estoy aquí contigo, cielo ―inhalo el aroma de su perfume en cuanto me carga entre sus brazos, puedo reconocer su olor en medio de una multitud―. Y te prometo que nunca volveré a dejarte ir. Voy a cuidarte y protegerte por el resto de mis días.
Me mantengo en silencio. Soy una bomba de tiempo andante que en cualquier momento puede detonar. Hay demasiadas cosas contenidas en mi interior y que no fueron drenadas en el momento oportuno. Me he tragado cada lágrima, cada herida, dolor y pena, desde el momento en que desperté y volví a la vida. Ahora todo está más latente y vivo que nunca. Mi amor y, al mismo tiempo, una furia contenida que clama por desatarse con todas sus fuerzas. No era mi intención develar mi identidad, ni que supiera que seguía con vida hasta llevar a cabo mi venganza en su contra, hasta verlo destruido por completo. Sin embargo, todo se convirtió en una quimera. Mi corazón y todo el amor que sigo sintiendo por él, lo han hecho imposible. ¿Es que acaso ese tonto músculo no aprendió la lección? ¿Por qué razón no termina de entender que, si estuvo muerto durante todo este tiempo, fue precisamente por culpa del mismo hombre que lo acaba de revivir?
―Señor, hay que atender de inmediato esa herida ―expresa Alfred con preocupación, no obstante, mi mente sigue dando tumbos sin parar―. Parece profunda, terminará desangrándose.
Mi cuerpo está entumecido, mi respiración agitada y el corazón latiendo a toda velocidad. Massimo. ¡Oh, por Dios! ¿Cómo pude olvidarme de él? Traicioné a la única persona que me tendió la mano y me ofreció su ayuda desinteresada cuando más la necesitaba. El hombre que me salvó la vida.
―Comunícate con el doctor y exígele que venga de inmediato, que es una emergencia.
Es su voz, no puedo creer que esté de nuevo con él.
―Nena, necesito que te mantengas despierta ―indica el hombre que destrozó ni corazón, con una voz que me hace creer que está preocupado por mí―. No voy a permitir que nada malo te pase ―¿Por qué finge preocupación? ¡Nunca signifiqué nada para él! Me acuesta en la cama y me besa la frente―. Voy a buscar una toalla para detener el sangrado hasta que llegue el doctor. Ya regreso.
Escucho sus pasos al alejarse. Las lágrimas siguen fluyendo como el agua de un manantial. Sin embargo, no logro reconocer si son producto de la emoción, el dolor o la vergüenza. A pesar de lo mareada y débil que estoy, consigo sacar fuerza para salir de la cama y ponerme de pie. Inhalo profundo, la habitación parece reducirse a medida que pasan los segundos y el piso se mueve debajo de mis pies.
«Necesitas alejarte de él, Rachel. Ya te engañó una vez, ¿quién dice que no lo volverá a intentar?»
Fijo la mirada borrosa en el picaporte de la puerta, pero de repente tengo la extraña sensación que esta se aleja a medida que me acerco a ella. La sangre espesa sigue brotando de mi herida y va dejando un charco de huellas detrás de mí. Ya ni siquiera siento el dolor de mi cortada, porque el dolor que persiste en mi alma y en mi corazón, lo supera. Me tambaleo sobre mis pasos y una corriente de un frío intenso recorre mi espina dorsal. Por favor, por favor, Dios, dame fuerzas para poder seguir. De un momento a otro, vuelvo a sentir sus pasos detrás de mí.
―Rachel…
Escuchar mi voz en su boca hace palpitar mi corazón como ningún otro hombre podrá hacerlo. No obstante, nada de lo que diga será suficiente para convencerme. Giro rápidamente para enfrentarlo.
―No te atrevas a poner ni uno solo de tus dedos sobre mí ―le expreso en un tono que, incluso, a mí me atemoriza. Sus ojos se abren con sorpresa, hay incredulidad y desconcierto en cada uno de los gestos de su cara―. Tú menos que nadie tiene derecho a pedir nada, Ludwig Reeves ―siseo entre dientes y aprieto los puños al mismo tiempo en que un temblor violento recorre mi cuerpo de pies a cabeza. La habitación comienza a dar vueltas y un súbito escalofrío hace que cada poro de mi piel se erice por completo. Mis manos y mi frente están sudorosas y la sangre sigue cayendo sobre el piso sin parar. Me mareo, sin embargo, hago todo lo posible para mantenerme en equilibrio―. Tú, tú…
Mis piernas dejan de resistirse y me derrumbo cual castillo de naipes. Él vuelve a atraparme, cual caballero de brillante armadura, antes de que llegue a golpear contra el piso, pero ya no soy consciente cuando la oscuridad hace acto de presencia y me arrastra hacia sus profundidades.