Capítulo 2: El rastro de la pólvora

1571 Words
La Fortaleza Novak no solo era un monumento al poder, sino una caja de resonancia para las emociones que nadie se atrevía a decir en voz alta. Esa noche, el aire vibraba con una electricidad peligrosa. En el ala este, Lucía terminaba de prepararse frente al espejo, mientras Clara, con una brocha de maquillaje en la mano, le daba los toques finales a una obra de arte que no era un cuadro, sino la propia Lucía. —Estás lista —susurró Clara, dando un paso atrás. Lucía se miró. El vestido era de un n***o medianoche, de seda italiana que se adhería a su piel como una segunda capa. No era solo un vestido; era una declaración de guerra. El corte resaltaba su cuerpo perfecto, moldeado por años de danza y disciplina, acentuando una cintura de arena que parecía irreal. Sus ojos gris miel destacaban bajo unas pestañas largas y oscuras, y sus labios tenían el color de la fruta prohibida. —Aidan no va a saber qué lo golpeó —murmuró Lucía, aunque por dentro su corazón latía con un miedo sordo. —No lo haces por él, Lu. Lo haces por ti —le recordó Clara, aunque ambas sabían que era mentira. Salieron de la habitación y se encontraron con Leo en el pasillo. Él vestía un traje oscuro, impecable, con esa elegancia desapegada que solo un Novak podía proyectar. Miró a su hermana, ajustó sus gafas y asintió una sola vez. No necesitaba decir que estaba espectacular; para Leo, la belleza de su melliza era un hecho científico incuestionable. El estallido en la escalera Los tres comenzaron a bajar la gran escalera de mármol. El sonido de los tacones de las chicas resonaba rítmicamente. A mitad del descenso, una figura emergió del salón principal. Era Aidan. Venía con una copa de cristal en la mano, hablando con Elena, quien lucía uno de sus habituales vestidos recatados y costosos. Aidan levantó la vista y el tiempo se detuvo. La copa en su mano estuvo a punto de resbalar. Sus ojos azul acero recorrieron a Lucía de arriba abajo, deteniéndose más de lo que el protocolo fraternal permitía en la curva de su cadera y la estrechez de su cintura. Un calor violento le subió por el cuello, una mezcla de furia pura y algo oscuro que se negó a nombrar. —¿A dónde creen que van? —La voz de Aidan tronó en el vestíbulo, haciendo que incluso los criados se detuvieran. Lucía se detuvo tres escalones por encima de él, dándole la ventaja de la altura. Lo miró con una calma que lo sacó de quicio. —Vamos a salir, Aidan. Es sábado —respondió ella con voz sedosa. —¿Vestida así? —Aidan subió dos escalones, invadiendo su espacio personal. Estaba visiblemente alterado, su mandíbula tan apretada que parecía que iba a estallar—. ¿¡Porque demonios estás vestida así, Lucía!? ¡Pareces... parece que vas a un club de mala muerte! ¡Ese vestido no deja nada a la imaginación! Elena, que observaba desde abajo, se quedó boquiabierta. Nunca había visto a Aidan perder la compostura de esa manera, ni siquiera en las reuniones más estresantes de Nueva York. —¡Baja el volumen, Aidan! —le espetó Lucía, sin retroceder un milímetro—. Primero, soy tu hermana, no tu empleada. Segundo, no tengo por qué pedirle permiso a papá, y mucho menos a ti, sobre si puedo o no vestirme más... acorde a mi edad y al evento al que voy. —¿Acorde a tu edad? ¡Tienes sirvió años! —gritó Aidan, y en su interior, se odió a sí mismo porque sus ojos volvieron a traicionarlo, recorriendo la silueta de Lucía—. ¡Cómo demonios Alexander te deja salir así! ¡Es una falta de respeto a la familia! —Papá me vio salir y no dijo nada, Aidan —mintió Lucía con elegancia—. Quizás es porque él sí entiende que ya no tengo diez años. —¡Ni pienses que saldrás por esa puerta así! —Aidan se interpuso en su camino, bloqueando el paso con su cuerpo imponente—. Aún eres chica , eres la menor y yo soy el jefe de esta casa cuando papá no está presente. Leo dio un paso al frente, frustrado por el drama que retrasaba sus planes. —Aidan, deja la hipérbole. Solo vamos a una fiesta de unos amigos del instituto. El nivel de riesgo es mínimo, comparado con el nivel de tu histeria actual. Aidan se giró hacia su hermano. —¿Una fiesta? ¿Y por qué no me incluyeron a mí? —Su voz bajó de tono, cargada de un resentimiento que no sabía que tenía—. ¿Qué pasó con los Tres Mosqueteros? Antes no daban un paso sin decírmelo. ¿Qué cambió en estos dos años? Leo lo miró con una frialdad absoluta. —Tú cambiaste, Aidan. Tú te fuiste. Y cuando volviste, trajiste una "cuarta mosquetera" que nadie pidió. Clara, que no podía quedarse callada, soltó una risita burlona. —Lo que pasa, Aidan, es que ya estás viejo. Ya no encajas en nuestro círculo. Aidan se volvió hacia Clara, sus ojos echando chispas. —¿¡Y tú por qué demonios te metes, Clara!? ¿Acaso tu padre sabe que vas a una fiesta nocturna teniendo apenas dieciséis años? Porque si no lo sabe, estoy a una llamada de arruinarte la noche. Clara no se amilanó. —Mi padre sabe perfectamente a dónde voy. De hecho, el que organiza la fiesta es mi primo, así que estoy más que protegida. No proyectes tus inseguridades de "anciano" en nosotros, Aidan. Aidan estaba fuera de sí. Ver a Lucía tan hermosa, tan distante y tan desafiante le provocaba un cortocircuito mental. Ella pasó por su lado, rozando su hombro, dejando un rastro de su perfume de jazmín que lo dejó mareado. La fiesta y el despacho del León Mientras los tres jóvenes se perdían en la noche londinense, Aidan no pudo quedarse tranquilo. La fiesta era un caos de luces y música alta. Lucía intentaba divertirse, pero su mente estaba en la Fortaleza. Varios chicos se acercaron a ella, deslumbrados por su belleza. —¿Quieres bailar? —le preguntó un chico alto, capitán del equipo de rugby. Lucía le sonrió a medias, pero sus ojos gris miel buscaban inconscientemente entre la multitud una figura que sabía que no estaría allí. Cada vez que un chico le ponía una mano en la cintura o le susurraba algo al oído, ella solo podía pensar en la mirada furiosa de Aidan. Su corazón estaba roto, pero su cuerpo seguía reaccionando a la sombra del hombre que la llamaba "hermanita". De vuelta en la Fortaleza, Aidan entró al despacho de su padre sin llamar. Alexander Novak estaba sentado tras su escritorio de roble, tomando un whisky. —¿Cómo permitiste que saliera así, papá? —exigió Aidan, caminando de un lado a otro—. ¡Lucía está vestida como una mujer de treinta años! ¡Cualquier imbécil va a intentar sobrepasarse con ella! ¡Es solo una chica! Alexander dejó el vaso con calma y miró a su primogénito. —Aidan, siéntate. Estás haciendo un escándalo por nada. —¡No es nada! —rugió Aidan—. ¡Es mi hermana! Deberíamos cuidarla, no dejarla que se exponga de esa manera. —Aidan... —Alexander suspiró, con una sabiduría que Aidan aún no poseía—. Lucía tiene dieciocho años. Amaría poder encerrarla en una torre y protegerla del mundo para siempre, pero es hora de que extienda las alas. Tiene que aprender a volar, a elegir y, sí, a equivocarse. —¡Al demonio las alas! —gritó Aidan, golpeando el escritorio—. ¡Si algo le pasa, será tu culpa! Salió del despacho dando un portazo que hizo vibrar los cuadros. En el pasillo, lo esperaba Elena. Ella se acercó con una sonrisa ensayada, intentando suavizar la situación. —Aidan, cielo, cálmate. Solo es una fase de rebeldía de adolescente —dijo ella, acercándose para besarlo. Aidan se alejó bruscamente, como si su toque le quemara. —Ahora no, Elena. No estoy de humor. —¿Qué te pasa? —preguntó ella, su voz tornándose aguda por la irritación—. Desde que llegamos de Nueva York estás alejado de mí. Me ignoras en las comidas, prefieres pelear con tu hermana que pasar tiempo conmigo... —Te he dicho que ahora no —repitió Aidan, con la voz cargada de una frialdad que asustó a Elena. —Aidan, te necesito. He tenido un día difícil adaptándome a esta casa y... —Ella volvió a acercarse, intentando rodear su cuello con los brazos. Aidan la apartó con firmeza, casi con rudeza. —Elena, basta. Necesito aire. Se dio la vuelta y se marchó hacia la salida de la mansión, probablemente a buscar su coche para ir a buscar a Lucía, aunque no quisiera admitirlo. Elena se quedó sola en el pasillo, con las manos temblando de rabia. Sus ojos, antes dulces, se volvieron rendijas de odio puro. —Todo por esa estúpida —siseó Elena, mirando hacia la escalera por donde Lucía había bajado—. Si crees que vas a quitarme lo que me pertenece, Lucía Novak, no tienes idea de con quién te has metido.
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