Capítulo 1: El despertar de las sombras
La luz del sol londinense se filtraba a través de las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación de Lucía, dibujando líneas doradas sobre la alfombra persa. Para cualquier otra persona, sería una mañana hermosa, el inicio de un nuevo año de vida. Pero para Lucía Valera Novak, cada rayo de sol era un recordatorio punzante de la realidad que se había estrellado contra ella la noche anterior.
Se quedó inmóvil en su cama de dosel , con las manos apretadas sobre las sábanas de seda. Sus ojos, de ese extraño y magnético color gris miel, estaban fijos en el techo. Ese color de ojos siempre había sido su orgullo; Alexander decía que tenían el acero de los Novak y la luz de Aurora. Pero hoy, ese gris parecía ceniza y el miel se sentía amargo.
Anoche, Aidan había regresado. Aidan, el hombre que ocupaba cada rincón de sus dibujos secretos y cada latido de su corazón adolescente, había vuelto de Nueva York solo para presentarle a Elena, su prometida. La palabra "prometida" seguía resonando en su mente como una campana fúnebre.
—Sé que estás despierta, Lu. Y sé que estás contando las grietas del techo para no llorar —la voz de Clara Ricci llegó desde el rincón de la habitación.
Clara estaba sentada en el sillón de lectura, con una taza de café humeante y una expresión que mezclaba la furia con la compasión. Se había quedado allí toda la noche, vigilando el sueño inquieto de su mejor amiga.
—No voy a llorar más, Clara —dijo Lucía con una voz que sonaba más vieja, más cansada—. Las lágrimas no van a hacer que esa mujer desaparezca, ni van a hacer que Aidan me mire de la forma en que yo lo miro a él.
—Tienes razón —asintió Clara, levantándose y caminando hacia la cama—. No vas a llorar. Vas a levantarte, te vas a poner el vestido más caro que tengas y vas a bajar a ese comedor a demostrarles que eres una Novak. Que nadie, ni siquiera ese hermano ciego que tienes, puede romperte.
Lucía se sentó, dejando que su larga melena castaño oscuro cayera sobre sus hombros. Sus ojos gris miel brillaron con una chispa de determinación dolorosa.
—Él no tiene idea, ¿verdad? —preguntó Lucía en un susurro—. Él piensa que soy la niña que rescató del incendio hace años. Piensa que mi dolor es por "sentirme desplazada" como hermana menor.
—Aidan siempre ha sido un genio para los negocios y un idiota para los sentimientos —respondió Clara con firmeza—. Pero aquí estamos Leo y yo. Y no vamos a dejar que esa rubia de Nueva York se adueñe de tu casa ni de tu vida.
El descenso al abismo
El trayecto desde su habitación hasta el comedor principal nunca le había parecido tan largo. La Fortaleza Novak era una mansión de techos altos y ecos infinitos, llena de historia y de poder. Lucía caminaba con la espalda recta, sintiendo el peso de su apellido en cada paso. A su lado, Clara era su sombra, su guardiana silenciosa.
Al llegar al umbral del comedor, el sonido de las risas la golpeó como una bofetada.
Allí estaban. Alexander y Aurora presidían la mesa, manteniendo esa aura de elegancia soberana que siempre los caracterizaba. Pero el centro de atención era la pareja sentada frente a ellos. Aidan estaba radiante, con una camisa de lino azul que resaltaba sus ojos de acero, y a su lado, Elena.
Elena era la perfección hecha mujer: rubia, de gestos calculados y una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Estaba sirviéndole café a Aidan como si llevara viviendo allí toda la vida.
—Ah, aquí está nuestra cumpleañera —dijo Alexander con una sonrisa orgullosa al ver a su hija.
—Buenos días, papá. Mamá —Lucía se acercó y besó las mejillas de sus padres, ignorando deliberadamente la presencia de los otros dos.
—Buenos días, Lu —Aidan se puso de pie, con esa energía arrolladora que siempre tenía. Se acercó a ella con la intención de darle un abrazo, pero Lucía se tensó visiblemente. Él, notando la rigidez, optó por un beso rápido en la sien—. Te ves hermosa. El gris de tus ojos hoy parece más intenso, ¿dormiste bien?
Lucía lo miró fijamente. Sus ojos gris miel chocaron con el azul frío de Aidan. Él le sonreía con esa ternura fraternal que ella empezaba a detestar.
—Dormí lo suficiente para entender muchas cosas, Aidan —respondió ella con voz gélida.
Se sentó en su lugar habitual. Al lado de ella, Leo no levantaba la vista de su tableta, pero Lucía notó cómo sus dedos se movían con una rapidez inusual. Leo, su mellizo, el que compartía con ella no solo el ADN, sino el entendimiento silencioso de que algo en la Fortaleza se había quebrado irremediablemente.
—Lucía, querida —intervino Elena, inclinándose un poco hacia adelante—. Aidan me ha contado que eres una artista increíble. Me encantaría que después del desayuno me enseñaras tu estudio. Nueva York tiene galerías maravillosas, pero Aidan dice que tu talento es... especial.
Lucía sintió que la bilis subía por su garganta. ¿Aidan le hablaba de su arte a esa mujer? ¿Aidan compartía sus secretos con alguien que acababa de llegar?
—Mi estudio es un lugar privado, Elena —contestó Lucía, manteniendo el tono neutral pero firme—. No suelo recibir visitas de personas que no conozco.
El silencio que siguió fue denso. Aurora miró a su hija con advertencia, pero también con una pizca de comprensión. Aidan, por su parte, frunció el ceño.
—Lu, no seas grosera —le recriminó Aidan suavemente—. Elena está intentando ser amable. Va a ser parte de la familia.
—La familia no se construye con un anillo y un anuncio repentino, Aidan —intervino Leo por primera vez, sin apartar los ojos de su pantalla—. La familia es lealtad acumulada. Estadísticamente, Elena es una variable externa con un margen de confianza del 0%.
—¡Leo! —exclamó Aurora, aunque Alexander solo soltó un pequeño carraspeo, ocultando una sonrisa detrás de su servilleta. Alexander siempre había valorado la brutal honestidad de su hijo menor.
El veneno de la verdad
El desayuno continuó entre tensiones mal disimuladas. Elena intentaba ganarse a los Novak hablando de sus conexiones en Wall Street y de cómo planeaba organizar la boda en la mansión de los Valera en Italia. Cada detalle que salía de su boca era un puñal para Lucía.
—¿No te parece una idea maravillosa, Lucía? —preguntó Elena, fijando sus ojos azules en ella—. Una boda en el lago de Como, con flores blancas y música clásica. Aidan dice que te encantan las flores blancas.
Lucía dejó caer los cubiertos sobre el plato de porcelana, provocando un sonido agudo que hizo que todos guardaran silencio.
—Me encantan las flores blancas porque representan la pureza y la verdad —dijo Lucía, poniéndose de pie—. Dos cosas que me cuesta encontrar en esta mesa hoy mismo. Si me disculpan, he perdido el apetito.
Salió del comedor antes de que nadie pudiera detenerla. Clara la siguió de inmediato, pero antes de salir, le lanzó a Aidan una mirada tan cargada de desprecio que el joven se quedó paralizado con la taza de café a medio camino de la boca.
Aidan no tardó en reaccionar. —Perdónenme un momento —dijo a sus padres y a su prometida, y salió tras su hermana.
La alcanzó en el gran pasillo de los retratos. La tomó suavemente del brazo, pero para Lucía, ese contacto fue como fuego.
—¡Suéltame! —le espetó, girándose hacia él.
—¿Qué te pasa, Lucía? —preguntó Aidan, genuinamente confundido—. Sé que esto es un cambio grande, pero me duele que te comportes así. ¿Dónde está mi hermana dulce? ¿Dónde está la chica que me escribía correos diciendo que me extrañaba?
Lucía sintió que se le rompía el pecho. Sus ojos gris miel se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.
—Esa chica se quedó esperándote, Aidan. Esperó a un hombre que le dijo que volvería para cuidarla. Pero el hombre que volvió no me mira a mí. Solo mira a esa mujer.
—¡Por supuesto que te miro! —exclamó él, dando un paso hacia ella, acortando la distancia—. Eres mi pequeña, Lu. Siempre lo serás. Nada va a cambiar.
—¡Todo ha cambiado! —gritó ella, y por un segundo, la verdad estuvo a punto de salir—. No tienes idea de lo que me has hecho hacer estos tres años. No tienes idea de cómo he crecido mientras tú no estabas. Me hablas como si tuviera diez años, Aidan, pero tengo dieciocho. Soy una mujer. Y lo que siento... lo que siento es algo que tú nunca vas a entender porque has decidido ser ciego.
Aidan la miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido al temor. Por un instante, solo por un instante, vio algo en los ojos gris miel de Lucía que no era amor de hermana. Vio una chispa de pasión, de dolor agonizante, de una devoción que iba mucho más allá de los lazos de sangre.
Pero su mente se cerró. No podía ser. Era su hermana pequeña. La protegida de la familia.
—Estás confundida, Lu. Es el shock del compromiso —dijo él, bajando el tono, intentando ser el hermano mayor protector otra vez—. Ya verás que con el tiempo querrás a Elena tanto como yo.
Lucía retrocedió, dándose cuenta de que la ceguera de Aidan era su mayor castigo. Él nunca lo vería. No porque no pudiera, sino porque no quería.
—Nunca la voy a querer, Aidan —susurró ella con una frialdad que lo estremeció—. Y llegará el día en que tú tampoco lo hagas. Porque las personas como ella solo buscan el brillo de la corona, no el corazón del rey.
Se dio la vuelta y corrió hacia las escaleras, desapareciendo en la parte alta de la mansión. Aidan se quedó allí solo, rodeado de los retratos de sus antepasados, sintiendo que por primera vez en su vida, había perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba peleando.
En la esquina del pasillo, Leo y Clara observaban la escena. Leo cerró su tableta con un chasquido.
—Fase uno completada —susurró Leo—. Aidan ha empezado a dudar de su propia realidad.
—No es suficiente, Leo —respondió Clara, con los ojos fijos en la dirección por la que se había ido Lucía—. Necesitamos pruebas. Necesitamos destruir a Elena antes de que ella destruya lo que queda del corazón de tu hermana.
—Ya estoy en ello —dijo Leo con una sonrisa gélida—. He empezado a rastrear los movimientos bancarios de Elena en Nueva York. Nadie es tan perfecto como ella finge ser. Y si hay un secreto, yo lo encontraré.