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Mi desastre favorito

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Blurb

Thangyu, es un conocido rapero local. En los dos años que lleva de carrera ha logrado tener peso dentro de la industria de la música en Corea del Sur, a pesar de lo difícil que ha sido, lo ha logrado. Sin embargo, en los últimos meses se habla más de sus desastres como persona que de sus aciertos como músico. Se desata el caos cuando cuelga una foto por error en una de sus r************* , foto que por cierto desata un gran escándalo. Su mánager, para salvarlo de este tremendo escándalo decide contratar a la hermosa Myunggi. Thangyu, se flecha a primera vista y poco a poco se torna más obsesivo y sobreprotector, especialmente cuando un antiguo acosador de Myunggi reaparece en su vida. Ambos deberán lidiar con sus sentimientos crecientes y el acosador que parece no dar tregua.

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Capitulo 1
Thangyu, era un rapero que prosperaba gracias a la controversia. Si bien su personalidad provocativa atraía a una base de fanáticos leales, también lo convertía en blanco de críticas. Los internautas debatían con frecuencia sus payasadas, desde sus letras provocativas hasta su forma de vivir la vida sin complejos. A pesar de las reacciones negativas, Thangyu permaneció impasible, confiado en que su reputación de artista rebelde solo aumentaba su misterio. Había cometido errores, más de los que podía contar, pero gracias a que su diligente representante había solucionado los problemas, ninguno de ellos había sido catastrófico. Todavía. Un lugar donde Thangyu se desató fue en los clubes nocturnos. La energía vibrante, la música vibrante y la atmósfera nebulosa eran un refugio para él. Fue allí donde conoció a Namg, un fiestero carismático con un desdén similar por las reglas y un aprecio mutuo por la vida nocturna y las drogas recreativas. Con el tiempo, los dos se volvieron inseparables, compartiendo no solo sus altibajos sino también una camaradería inquebrantable. Namg no era solo un amigo; para Thangyu, era su familia. Esta noche, estaban encerrados en el elegante pero un poco desordenado apartamento de Thangyu. La habitación estaba tenuemente iluminada por el resplandor de un gran televisor de pantalla plana, que reproducía una película de acción al azar a la que ninguno de los dos prestaba atención. Cajas de comida para llevar vacías y latas de refresco abarrotaban la mesa de café. Ambos estaban desparramados perezosamente en el sofá, sus movimientos lentos y exagerados bajo la neblina de su euforia. Entre ellos había un tazón gigante de palomitas de maíz, del que ocasionalmente sacaban la mano sin romper su relajado silencio. Thangyu apoyó la cabeza en el sofá, con el teléfono en la mano, y se desplazó sin rumbo por Pictagram. Era parte de su rutina tomar fotos y guardarlas en sus borradores, algunas para posibles publicaciones, otras solo por diversión. Más temprano esa noche, se había tomado una foto espontánea con Namg. En la foto, Thangyu estaba recostado en un sillón de cuero, con un porro colgando de sus dedos y una sonrisa perezosa en su rostro, mientras Namg se reía de fondo, sosteniendo su propio porro. Sin nada mejor que hacer, Thangyu tarareó suavemente y subió la foto a su carpeta de borradores, sus movimientos lentos por la neblina en su mente. Arrojó su teléfono al sofá a su lado, olvidándose ya de el mientras tomaba otro puñado de palomitas de maíz. Momentos después, el teléfono de Namg vibró. Parpadeó, confundido, cuando apareció una notificación. —Uh… ¿hermano? —dijo Namg, mirando la pantalla con el ceño fruncido. —¿Qué pasa? —respondió Thangyu, todavía mirando la televisión y con voz casual. —¿Querías publicar eso? —Namg inclinó su teléfono para mostrarle la notificación a Thangyu—. Quiero decir, a mí me parece bien, pero estoy bastante seguro de que eso va a enfadar a mucha gente, bro. Thangyu miró el teléfono de Namg y frunció el ceño. Tomó su propio dispositivo y abrió Pictagram. Su pantalla se llenó con la foto ofensiva, que se mostraba orgullosa en su perfil público. Se le cayó el estómago. —Ah, joder —murmuró Thangyu, y el peso de la revelación lo aplastó—. No se suponía que esto saliera al aire, estaba destinado a ser utilizado como borrador. Namg resopló, en parte divertido pero sobre todo preocupado. —Bueno, felicitaciones. Acabas de mostrarle al mundo lo que realmente haces para relajarte. Thangyu no respondió. Su teléfono comenzó a vibrar sin parar y las notificaciones se acumulaban más rápido de lo que podía procesar. Cuentas de fans, paparazzi, críticos... todos reaccionaban. Sabía que la tormenta estaba a punto de golpear con toda su fuerza y, esta vez, ni siquiera su representante podría limpiar el desastre. Aunque Thangyu se apresuró a borrar la foto tan rápido como la había subido accidentalmente, ya era demasiado tarde. Las capturas de pantalla de la publicación se extendieron como un reguero de pólvora y se difundieron por las r************* en cuestión de minutos. Tanto los fanáticos como los críticos estallaron en acalorados debates. ¿Era real? ¿Se había preparado como un truco para promocionar un nuevo álbum? Los hashtags como #CancelThangyu y #ThangyuExposed estaban apareciendo poco a poco, ganando terreno con cada retuit y publicación. Thangyu se recostó en su asiento, mirando su teléfono que vibraba con una mezcla de fastidio y temor. Namg echó un vistazo a la pantalla, sonriendo mientras masticaba un puñado de palomitas de maíz. —Joder, hermano, ya te están comiendo vivo ahí fuera, —dijo Namg con una risita divertida, asintiendo con la cabeza ante uno de los comentarios más duros en la publicación de una cuenta de chismes. —Definitivamente eres tendencia. Felicidades por volver a romper Internet. Thangyu gimió, frotándose las sienes. —No es el tipo de relaciones públicas que necesito ahora mismo, Namg. Antes de que Namg pudiera responder, el teléfono de Thangyu se iluminó con una llamada entrante de Mina, su representante. Hizo una mueca, sabiendo exactamente lo que venía a continuación, y respondió de mala gana. —Mina, hola… —comenzó, intentando sonar casual. —¡¿Eres un maldito idiota, Suyeon?! ¿Qué demonios acabas de hacer? —La furiosa voz de Mina atravesó la neblina de su mente, nítida y clara. Thangyu sostuvo el teléfono a una pulgada de su oído, haciendo una mueca por el volumen. —Lo borré, ¿de acuerdo? Vamos a relajarnos y hablar de esto en la mañana. —¡¿Por la mañana?! —Mina estaba furiosa—. ¡No puedes relajarte, no después de hacer esta mierda! El daño ya está hecho y tu nombre está en todas partes. ¿Tienes idea de lo difícil que será hacer girar esto? Espera, ¿estás drogado ahora mismo? Thangyu puso los ojos en blanco, se movió en su asiento y miró de reojo a Namg, quien levantó una ceja, divertido. —Relájate, Mina. Namg está conmigo y estamos... —dudó, reprimiendo una risa cuando vio a Namg levantando una mano dramáticamente con fingida inocencia—... estamos viendo una película o algo así. Así que voy a colgar. —¿Tú qué eres? Suyeon, ¿no...? Thangyu terminó la llamada con un fuerte gemido y arrojó su teléfono al sofá que estaba a su lado. El incesante zumbido de las notificaciones continuó incluso cuando la habitación volvió a quedar en silencio. Se desplomó hacia atrás y se pasó una mano por el cabello. —Parecía enojada —comentó Namg, acercando el bol de palomitas a Thangyu—. Esta vez sí que lo has logrado. —Sí, no me jodas —murmuró Thangyu, agarrando un puñado de palomitas de maíz y tirándoselas a la boca. Masticó malhumorado antes de agregar—: Tendré que lidiar con ella, y con la compañía, por la mañana. Esta noche está oficialmente arruinada. Namg se rió entre dientes y tomó su refresco. —Vamos, no seas tan dramático. Le darás la vuelta a esto como siempre lo haces. Simplemente harán alguna declaración aburrida culpando a la 'libertad creativa' o lo que sea. Thangyu lo fulminó con la mirada, pero no pudo estar del todo en desacuerdo. Aun así, un pequeño nudo de ansiedad se instaló en su estómago. Esto no era como sus escándalos habituales; esto era imprudente, incluso para sus estándares. A la mañana siguiente, Thangyu se sentó encorvado frente a su espejo de vanidad, mirando su reflejo. El zumbido incesante del teléfono seguía siendo un zumbido de fondo constante, aunque había silenciado la mayor parte. Unas pocas horas de sueño apenas habían arañado la superficie de su agotamiento, pero ahora tenía que enfrentar lo inevitable: el control de daños. Se oyó un golpe en la puerta y, antes de que pudiera responder, la puerta se abrió con un chirrido. Mina entró con un portapapeles en la mano y luciendo su habitual expresión nítida y directa. —Te ves horrible —comentó, mientras sus ojos escaneaban brevemente la habitación, asimilando el caos. —Me siento fatal. —Thangyu hizo una mueca, se acomodó el cabello y luego le levantó una ceja—. ¿Aún no estás contenta conmigo? —¿Por qué debería estarlo? —Mina dejó el portapapeles sobre el mostrador y se cruzó de brazos—. ¿Sabes siquiera el daño que has causado? Thangyu se encogió de hombros sin mucho entusiasmo, mientras veía aparecer en la pantalla de su teléfono el tuit furioso de una cuenta de un fan. —Es solo una foto estúpida. Siempre están haciendo un gran alboroto de la nada —¿Estúpida foto? —repitió Mina con incredulidad, sacudiendo la cabeza—. Esa foto se ha vuelto mundial. Está en todas partes, y ahora es demasiado tarde. La empresa emitió un comunicado afirmando que es una foto promocional, pero la gente no se la cree. —Dio un golpecito al portapapeles y apretó un bolígrafo para enfatizar—. Hasta los malditos paparazzi están estacionados afuera de tu estudio, dando vueltas como buitres. Tus cuentas de fans están destrozando esa cosa, analizando cada detalle: dónde estabas, quién estaba contigo, qué había en tu sistema... Tomó aire antes de añadir: —Y no puedo protegerte de ese tipo de tormenta de fuego, Thangyu. Nos pusiste en la línea de fuego y ahora tenemos que averiguar cómo convertir esto en algo manejable. Gimió de frustración y se desplomó de nuevo en el sofá. —¿Y qué? ¿Seguiremos mintiendo? ¿Más jerga de relaciones públicas, más tonterías de control de daños? —Ahora mismo no tenemos otra opción. Ese es el juego que jugamos —respondió Mina, con un tono inflexible—. Y para asegurarme de que este tipo de mierda no vuelva a suceder, estoy hablando con los superiores. —Hizo una pausa y lo miró fijamente—. Con efecto inmediato, contrataremos a un administrador de r************* . Alguien que controle todos tus movimientos. Alguien que te impida... —Oh, no, no. No va a pasar —interrumpió Thanos, con el rostro arrugado por la incredulidad—. No necesito una niñera. —Qué lástima. Ya está hecho. No es negociable —dijo Mina rotundamente, acercándose a la mesa. Tomó una taza de café humeante y miró a Thangyu—. Esto es por tu propio bien. Tal vez eviten que te avergüences la próxima vez. Thangyu se reclinó con una sonrisa juguetona y los ojos brillantes. —¿Avergonzarme? No sabía que te importaba tanto —bromeó, inclinando la cabeza—. Solo les estoy dando un espectáculo, les encanta. La expresión de Mina no cambió. —No es un espectáculo, Thangyu. Esta es tu carrera. ¿Lo entiendes ahora? Si sigues así, lo perderás todo. Thangyu se rió entre dientes, apoyándose en los codos. —Relájate, niña. Lo tengo todo bajo control. No estaría aquí si no lo tuviera. —Le guiñó un ojo y su sonrisa se hizo más amplia. Mina puso los ojos en blanco y se dirigió hacia la puerta. —El nuevo gerente llegará pronto. No serán tan fáciles de conquistar como yo. —Ah, me estás rompiendo el corazón, señorita —dijo Thangyu con voz pausada—. Pero no te preocupes, sobreviviré. Mina no respondió mientras se iba, pero sus pasos eran más pesados ahora. °°° Myunggi estaba sentada en su desordenada oficina, muy lejos de los equipos brillantes de sus viejos días en YouTube. Su equipo, que alguna vez usó para videoblogs y covers de canciones que atrajeron millones de miradas, ahora estaba abandonado, acumulando polvo. La verdad era que ya no quería seguir en el mundo de la fama. No había tardado mucho en perder el control. Después de volverse inmensamente popular, Myunggi había sido víctima de fans obsesivos, ninguno más peligroso que un acosador en particular que cruzaba todos los límites. Una noche, ese acosador había entrado en su departamento, había tomado fotografías de sus pertenencias privadas y las había compartido en línea. Las consecuencias de esa violación de la privacidad habían sido intensas. Las amenazas, la atención no deseada y la ansiedad constante la obligaron a desaparecer del ojo público por completo, y no tenía ningún deseo de regresar. Un golpe seco resonó en la habitación y Myunggi ni siquiera tuvo que levantar la vista para saber quién era. Mina entró, exudando el mismo aire profesional que siempre. Miró a su alrededor brevemente y luego se sentó frente a él, luciendo tan imperturbable como siempre. —Todavía estás escondida, ¿eh?— dijo ella, con un tono juguetón en su voz. —No me estoy escondiendo. Sólo estoy evitando las distracciones —respondió Myunggi, con los ojos pegados al teléfono que tenía en la mano. Mina no perdió el tiempo: —Necesito tu ayuda”. Myunggi ni siquiera pestañeó. —¿Ayuda? No me interesa. Estoy jubilada. —No es tan sencillo. —El tono de Mina cambió. Lo miró fijamente—. Es Thangyu. ¿Todo el desastre que creó? Necesito a alguien que pueda arreglarlo. Alguien que conozca a los fanáticos. Y ese eres tú. —¿Thangyu? —murmuró Myunggi—. ¿El rapero con reputación de “salvaje”? —suspiró profundamente, sin siquiera levantar la vista—. No. He estado fuera de ese mundo por una razón y no me apetece regresar. Mina no se dejó intimidar. Se inclinó ligeramente hacia delante y entrecerró los ojos con determinación. —No te pido que estés al frente y en el centro, Myunggi. Solo limpia su imagen en silencio. Necesito que lo hagas por él detrás de escena. Permanecerás en el anonimato. Nadie necesita saber que estás involucrada. Ni siquiera él. Myunggi la miró brevemente, pero no dijo nada. Estaba harta de los reflectores, de las cámaras, de los rumores, de la presión. Todo se vino abajo aquel fatídico día en que el acosador entró en su apartamento y ella se hartó de ese mundo. Pero Mina sabía cómo agotarla. —¿Recuerdas lo que pasó entonces? —continuó, con voz suave pero firme. —¿Cuando los periodistas no te dejaban respirar? Te ayudé a escabullirte, te ayudé a evadir a los medios cuando las cosas estaban en su peor momento. Eso le dolió más de lo que le gustaba admitir. Myunggi se reclinó en su silla, tragándose el nudo que tenía en la garganta. Recordaba muy bien ese caos: el pánico, el miedo, los titulares que la seguían como una sombra. Había querido desaparecer y ella lo había hecho posible. Tal vez, solo tal vez, le debía esto. —Está bien —murmuró Myunggi después de una pausa, mirándola de reojo—. Está bien. Te ayudaré, pero solo si se mantiene la profesionalidad. En cuanto tenga que salir a la luz pública, me voy. Mina asintió con la cabeza en señal de aprobación. —Exactamente lo que necesitaba oír. —Se puso de pie y se ajustó la chaqueta—. No tendrás que lidiar con los medios ni con las consecuencias. Solo gestiona la cuenta, en silencio. Eso es todo. Myunggi suspiró, viéndola dirigirse hacia la puerta y marcharse. Mientras Myunggi se reclinaba en su silla, el brillo de la pantalla de su computadora iluminó su rostro mientras se desplazaba por el feed de Pictagram de Thangyu. Las publicaciones del rapero eran una mezcla caótica de subtítulos crípticos, selfies medio borrachos y un puñado de fotos imprudentes que gritaban "chico malo" pero carecían de una dirección real. Los ojos de Myunggi se entrecerraron en señal de juicio mientras hojeaba publicación tras publicación, deteniéndose ocasionalmente para leer los comentarios, en su mayoría de fans que lo apoyaban, con algunos críticos francos que expresaban su desdén. —Dios mío —murmuró Myunggi entre dientes, frotándose las sienes—. Este tipo es un desastre. ¿Cómo se supone que alguien lo tome en serio con esta mierda? Sus dedos se cernieron sobre la pantalla, desplazándose más lentamente ahora mientras asimilaba lo absurdo de todo. Una mezcla de compasión y exasperación burbujeó dentro de él. —Supongo que tengo mucho trabajo por delante... Con un último suspiro, cerró los ojos por un breve momento, preparándose para el trabajo que le esperaba. La vida tranquila que había construido para sí misma estaba a punto de verse perturbada. —Más vale que valga la pena, —murmuró, preparándose para sumergirse más a fondo en el papel que había aceptado asumir a regañadientes.

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