Capítulo 3

790 Words
El detective Carlos García bajó del auto y se secó el sudor de la frente. Tenía un poco de sobrepeso, pero era atractivo, con pelo n***o azabache y una sonrisa encantadora. Era producto del condado de Miami Dade y una historia de éxito del lugar. Sus padres se habían mudado a Miami desde Cuba cuando él tenía solo diez años. Se había abierto paso en la Universidad y había conseguido su maestría en Psicología forense. Se había unido a la fuerza policial y había ascendido rápidamente. No habían faltado los desafíos, dado el estado del Departamento de Policía, que era conocido por la corrupción y las fechorías. Pero Carlos era conocido por su arduo trabajo e integridad. A diferencia de muchos de sus colegas, no se metía en problemas. Se mantenía alejado de los oficiales sin principios y se concentraba en sus propios casos y problemas. Ese era su décimo año trabajando como detective de homicidios. Se ajustó los anteojos de sol de aviador y miró hacia el cielo azul. El sol de Florida del Sur no siempre era favorable para usar un traje n***o. Miami siempre era calurosa, y su corpulencia dificultaba estar al aire libre por demasiado tiempo. Gruñó mientras se dirigía al edificio de gran altura en North Miami Beach. —Están en el departamento setecientos cuatro —informó la mujer que trabajaba en la recepción. Carlos tomó el ascensor hasta el séptimo piso y corrió hasta el departamento. Rápidamente abrió la puerta. —Hola, detective García —saludó uno de los policías locales, que estaba ocupado recolectando pruebas. —Me alegro de verlo, detective García. Ojalá fuera en mejores circunstancias —expresó otro oficial. —Hola, muchachos. ¿Qué tenemos aquí? —preguntó Carlos. —La víctima es una mujer caucásica de cuarenta años —respondió el oficial a cargo—. Su nombre es Victoria Lane. Es abogada de divorcios. —¿Causa de la muerte? —Parece ser estrangulamiento. —El oficial levantó la sábana que cubría el cuerpo—. La encontramos colgada del techo. La gerenta de su oficina llamó al complejo de departamentos porque Victoria no se presentó a trabajar dos días seguidos. El administrador del edificio abrió la puerta y la encontró así. —Oye, Carlos. ¿Dónde está tu compañero? Ya sabes, el vaquero. Siempre es divertido —señaló uno de los oficiales. —Está demorado en los tribunales. Le informaré cuando salga —respondió Carlos. Conocida por sus elegantes trajes y agudo ingenio, Victoria Lane era una luchadora en los tribunales. Peleaba duro por sus clientes. Siempre supo que quería ser abogada de divorcios. Su padre había dejado a su madre cuando ella tenía solo cinco años; había salido a tomar algo un día y nunca había regresado. La madre de Victoria siempre bromeaba diciendo que debió haber sido una bebida muy grande. Ella nunca olvidó el trauma que eso le había causado y luchaba mucho para que sus clientes recibieran un acuerdo justo. —Me imagino que esta señora tiene enemigos. He visto su nombre pegado en las vallas publicitarias de toda la ciudad —comentó un oficial. Carlos recorrió el departamento. Estaba impecable y tenía una vista espectacular al océano. Respiró hondo mientras miraba hacia el Atlántico. —¿Casada? ¿Hijos? —inquirió. —No. Ella no creía en el matrimonio. Apuesto a que trabajar como abogada de divorcios la convenció de que el matrimonio está sobrevalorado —planteó uno de los oficiales. Carlos observó el cuerpo. —Esto parece un s******o. ¿Encontraste alguna nota? —Ninguna nota. Carlos miró a su alrededor. —No hay señales de entrada forzada. No parecen haber robado nada. Contactaré a alguien de su oficina. Tal vez tenía novio o alguien que la conocía bien. Quizá estaba deprimida, y la presión del trabajo la afectó. Ella parece tener todo lo que cualquiera podría desear. No entiendo por qué alguien así se suicidaría. —Esto parece un s******o común y corriente. No te vuelvas loco, mantenlo simple. La Unidad de Escena del Crimen está en camino y buscará huellas dactilares. No hay entrada forzada. No se robaron nada. No parece haber ningún acto criminal. Carlos volvió a respirar hondo y permaneció un momento en silencio, pensando. Finalmente, rompió el silencio con un eructo por lo bajo. —Estoy de acuerdo. Me voy, muchachos. Iré al lugar de trabajo de la víctima. Demonios, me muero de hambre y necesito un trago. También creo que necesito un traje nuevo. Perdí dos litros de sudor caminando desde la estación de policía hasta mi auto. Salgamos a tomar una cerveza alguna vez, amigos. Ha pasado mucho tiempo. —Nos vemos —saludaron los oficiales al unísono al tiempo que Carlos salía del departamento.
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