Capítulo 3

1388 Words
No lograba creerlo. ¿Londres? ¿La Academia de Música y Arte Dramático de Londres? Temí que en cualquier momento alguien saliera de mi armario y gritara: “Has caído. Sonreíle a la cámara escondida”. Todo era muy confuso. Todo estaba sucediendo muy rápido. «¿Mañana? ¿Y mis padres? ¿Estarán de acuerdo? ¿Qué pensarán al respecto?». Las preguntas aparecieron como cascada. —¡No! —dije entre dientes y agité con fuerza mi cabeza. No podía seguir pensando en los demás. Era mi momento y debía aprovecharlo. Era el momento que había estado pidiendo a gritos. Un cambio. Una nueva emoción… ¡La realizacion de un sueño! Sentada en la orilla de mi cama, miré alrededor y todo me pareció muy surrealista. Miré los posters de Corbin, esos ojos de papel me llenaron de fuerzas y despejaron mis dudas. Espantaron el miedo que sentía. Era miedo a lo desconocido, un pavor terrible de estar lejos de mi zona de confort. Adrián tenía razón. Por nada en el mundo debía desaprovechar la oportunidad. Ese era mi último tren y debía abordarlo sí o sí. Abrí mi closet y miré mi ropa. Suspiré al ver que mi ropa en Londres estaría tan pasada de moda, pues allá sería invierno y la mayoría de mi ropa era de verano. ¡Bah! Al fin y al cabo eso era lo que menos debía preocuparme. Mi preocupación era como decirles a mis padres que me iría. Sería algo así: “Papá, mamá. Hoy fui a ver a Adrián al teatro”. Ellos preguntarían: “¿Qué tal está él?”. Yo les respondería: “¡Bien! Por cierto, me gané una beca para estudiar actuación en Londres. Me voy mañana”. Se los diría tan de golpe, que ellos no tendrían ni tiempo de reaccionar. Ambos quedarían desorbitados y luego de algunos minutos, mi padre diría: “Es tu vida, hija y debes vivirla. Te deseo lo mejor. Te extrañaré muchísimo, pero porque te amo, sé que es lo mejor para ti”. Por otro lado, mi madre reaccionaría de manera adversa. Se pondría a llorar sin consuelo a tal punto que trataría de persuadirme para que no me fuera y eso sería duro para mí, pues aunque no lo reconocía, mi madre siempre fue mi ancla. Ella, a pesar de desear mi superación y mi éxito, de manera inconsciente, me frenaba cada vez que intentaba arriesgarme, cuando veía que iba a correr un mínimo riesgo, sesgaba mis sueños en el acto, y sin quererlo, me amarré a la tonta vida conformista que tenía. Ella era la primera en decir: —¡Ay hija! Dejá de soñar tanto y poné los pies en la tierra. Sería duro, pero ya estaba decidido, me iría al día siguiente y mis padres se enterarían cuando ya estuviese muy lejos. Sí, era una decision un tanto impulsiva y egoísta, pero toda mi vida he vivido a expensas de lo que opinan los demás y he tratado siempre de complacerlos a todos. Es hora que comience a pensar en mí, en mi futuro, en mis sueños... Saqué mi maleta y me dispuse a empacar mis cosas. Mientras empacaba, solo pensaba: «¿Londres? ¿Es acaso una conspiración del cosmos para que conozca a ese hombre maravilloso?». De forma abrupta, volví a mi realidad y seguí empacando. «¿La Academia de Música y Arte Dramático de Londres? ¿Qué clase de conspiración celestial es ésta?». Volvía a sumergirme en pensamientos superfluos. Al cabo de unos minutos, terminé de empacar varios de mis vestidos preferidos, cuatro pantalones, dos abrigos y todas las blusas lindas que tenía. Miré en mi mesa de noche y vi el portarretrato con la foto que Benjamín y yo nos tomamos la noche de nuestro segundo aniversario, cuando me propuso pasar el resto de mi vida junto a él. Lo tomé entre mis manos y lo apreté contra mi pecho, sin perder tiempo, lo metí en mi maleta y la cerré. Mi relación con Benjamín era un tanto extraña, y en muchas ocasiones me cuestionaba si de verdad lo amaba, o simplemente estaba con él porque representaba una apuesta segura. Siendo él un hombre guapo, procedente de buena familia y con una carreraen ascenso, era el candidato ideal a esposo, pero siempre sentía que hacía falta esa chispa recalcitrante que me encediera de pasión. No quise ponerme a pensar mucho en nosostros, y decidí seguir empacando. Asumí que él lo entendería con el tiempo. Al fin de cuentas, si él me amaba, debía comprender que ir detrás de mis sueños me haría muy feliz. En una maleta más pequeña me dispuse a guardar algunos pares de zapatos, en primer lugar, los deportivos, amaba mis tenis. Dos pares de zapatillas de tacón bajo y ya. Me senté en la orilla de mi cama y fijé mi mirada en los afiches pegados en la pared, donde antes estaban los cinco rostros de papel de los Backstreet Boys, mis ídolos en la adolescencia y los cuales aún seguían haciéndome suspirar con su mágica música. En su lugar estaba Corbin Windsor, quien me miraba con gesto cómplice. Reí divertida al darme cuenta que no superaba esa parte de mi vida, y quizás nunca lo haría. Seguía teniendo un espíritu adolescente y me gustaba ser así, a pesar de las críticas constantes de mis padres y amigos. Madura, Jessica, me decían, pero yo considero que tal adjetivo le queda solo bien a las frutas y a las verduras. A mí me encantaba coleccionar artículos de determinado fandom. Era feliz haciéndolo. Mi primera obsesión fueron los Power Rangers. Recuerdo que le insistí tanto a mi padre, que terminó pagándole a un diseñador de interiores para que decorara mi cuarto con la temática de la famosa serie de televisión. Yo tenía nueve años de edad.  Luego vino mi etapa de fanática enamorada de una de las boyband más asombrosas de la historia. Tenía todo lo relacionado a ellos. Discos, video tapes, DVDs, revistas, libros, camisetas, cuadernos, muñecos, posters… en fin, mi vida giraba en torno a A.J., Howie D, Brian, Kevin y mi favorito, Nick. Tenía diecinueve años de edad cuando guardé todas mis cosas de los BSB en un baúl y lo guardé en lo más profundo de mi armario. En mi cumpleaños número veinte acompañé a Adrián a ver la premier de una película basada en la saga literaria predilecta de mi amigo. Yo no era muy fanática del género fantástico, pero aun así, estuve con mi amigo y disfrute el largometraje. Fue la primera vez que lo vi. Mis ojos brillaron como nunca antes lo hicieron al ver la personificación de la perfección, materializada en la pantalla. Desde ese día, Corbin Windsor se convirtió en una adicción para mí. Me nutría con cada una de sus películas. Verlo en las alfombras rojas. Me avoqué en conseguir toda su filmografía, además de cualquier tipo de mercancía publicitaria en donde apareciera su imagen. —Estás loca. ¿Lo sabías? —Decía Adrián cada vez que adquiría algo nuevo para agregar a mi extensa colección Corbiniana. A mí me tenía sin cuidado lo que la gente pensara de mí. Era mi vida, y era mi dinero el que gastaba para satisfacer mis caprichos. —Eres hermosa, pero estás un poco loca —comentaba Benjamín cuando tenía la oportunidad de recordarme que mi fanatismo era excesivo y enfermizo. Yo siempre tenía que dejarle claro que lo que sentía por él era platónico, así como lo que él sentía por Megan Fox o Angelina Jolie. Él enseguida argumentaba que no coleccionaba fotos de ellas ni nada por el estilo y yo contraatacaba diciéndole que me conoció así y que de esa forma se enamoró de mí. Era la única manera que se quedara tranquilo y se olvidara del tema. Dos meses después, volvía con la misma cantaleta. Era tedioso por momentos, pero le quería. Miré el poster de Corbin colgado frente a mi cama, me acerqué y lo descolgué. Lo enrollé con cuidado. —No te escaparás. Tú me acompañarás en esta aventura —dije mientras lo acomodaba con cuidado en el interior de mi valija, sin tener la mínima idea de la veracidad que había en esa frase.
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