Pasé mi brazo detrás de su espalda y la guié hacia una mesa cercana que estaba sola. Era la oportunidad perfecta para charlar. Debía sincerarme con ella. —Verás. La fama tiene un precio —fue lo primero que se me ocurrió decirle. «¿En serio? ¡Qué ingenioso!»—. No tienes vida privada y no tienes tiempo para una relación —le comenté con serenidad, aunque por dentro era un manojo de nervios. —Entonces… lo nuestro es… —bajó la mirada y la clavó en sus manos, con las que jugueteaba nerviosamente. —Esto que estamos viviendo es hermoso —dije y sujeté sus manos entre las mías. —¿Pero? Por primera vez, vi miedo en sus bellos ojos. —No hay peros. Vivamos el momento. ¿Cómo decirle que con mirar a través de sus ojos, mi alma se regocijaba? ¿Qué su mera presencia me calmaba? ¿Qué bastaba un roce

