Oí una voz masculina en la distancia. Todo era muy confuso para mí. —¿Cómo está? Quiero verla. Déjenme pasar. Abrí mis ojos y pude escuchar algunos murmullos. Dos hombres con batas blancas a mi lado charlaban en voz baja, a la vez que anotaban cosas en una libreta. Estaban sumergidos entre engorrosos términos médicos. Me removí con dificultad, mi intención era hacerles notar que estaba despierta. —Calma —dijo uno de los hombres, en tono sosegado. —¿Puedes decirnos cómo te llamas? —preguntó el otro hombre. Intenté responder, pero las palabras no salieron de mi boca. —¿Sabes dónde estás? —continuó el interrogatorio, mientras yo pretendía mantener los ojos abiertos. —Quiero verla —de nuevo esa voz. —Cálmese señor. En un momento lo dejaremos pasar —respondió una voz femenina. —Señorita

