Días después, Nikolái regresó al sitio en que había visto a aquella matrioska, pero se llevó una gran decepción. El lugar estaba cerrado y al parecer sellado por las autoridades. Entristecido por no lograr comprar la muñeca antes, se sentó en el peldaño de concreto para observar el trascurrir de las personas a lo largo de la calle.
Luego de estar sentado unos cuantos minutos allí, una mujer lo llamó. Era la dueña de otro almacén.
—Muchacho, te vi hace varios días por aquí, ¿qué haces allí en el suelo junto a la basura?
Nikolái se levantó y saludó a la mujer.
—Lo siento. Vine a comprar una matrioska en este negocio, pero encuentro que fue cerrado.
La mujer asintió.
—Sí, el dueño resultó ser un especulador y además un contrabandista… Un personaje completo. Pero vi que ese día querías comprar esa matrioska, así que dije, ¿qué tiene de especial? La observé y luego se la compré a ese bandido. En realidad, no tenía nada de especial esa muñeca, ¿qué le viste?
La expresión de Nikolái cambió de inmediato. Sus ojos entristecidos desaparecieron, porque ahora tenía la oportunidad de recomprar dicha muñeca.
—Desde que la vi me gustó —explicó—. Se parece mucho a una amiga y como viajaré pronto a Leningrado, me dije a mi mismo: “Vamos, Kolya. Anastasia te verá nuevamente y no puedes presentarte con las manos vacías”
La mujer rio feliz.
—¡Eres un buen muchacho!
Nikolái le devolvió la sonrisa.
—Gracias.
La mujer lo agarró de la muñeca y lo hizo entrar a su negocio. Nikolái esperó sentado en uno de los muebles de madera mientras veía a la mujer sacar varias cajas de un mostrador. Finalmente, pareció encontrar algo.
—¡La encontré! —sonrió—. Te la regalaré.
Nikolái vio a la muñeca dentro de la caja de cartón, pero se negó a aceptarla como regalo. Le deba vergüenza abusar de la confianza de esa mujer.
—Lo siento, no puedo aceptarlo.
—No te preocupes, no costó mucho.
—¿Cuánto le costó?
—Treinta rublos.
Nikolái miró la matrioska y luego a la mujer. Debía ser una broma, la matrioska no podía costar tan poco… Imposible.
—Dejaré que me la compres en diez rublos, en mi corazón la consideraré como un regalo.
Nikolái sonrió ampliamente, sacó de su bolsillo un billete de diez rublos y se lo entregó a la mujer. Esta al recibirlo, volvió a tapar la matrioska con una tapa de cartón y se la entregó.
—Nikolái, espero que tengas un buen viaje.
Nikolái sonrió.
—Muchas gracias, yo también lo deseo.
Nikolái regresó al apartamento, pero no encontró a Elena por ningún lado, en su lugar, encontró a su padre, el doctor Sergei sentado en una de las camas de la habitación.
—Padre.
—Nikolái, tenemos que viajar ahora mismo a Leningrado.
Nikolái frunció el ceño.
—¿Por qué?, ¿ocurrió algo?
—Tu madre dijo que Denis está enfermo.
Nikolái asintió. Ya no tenía que preparar nada, pues las maletas ya estaban listas desde hace muchos días. Apurados, abajaron las escaleras y se encontraron con una Elena acalorada, que entraba al apartamento con sus cuatro hijos tras de ella.
La mujer se extrañó al verlos bajar con tantas maletas.
—¿Se van?
—Sí, Elena. Mi esposa necesita que vaya antes de lo previsto —respondió el doctor.
—Está bien, que tengan un buen viaje.
[…]
15 de junio de 1941
Tatiana Volkova no era nada paciente, mucho menos cuando se trataba de las llamadas que recibía de parte de las directivas del curso vacacional en el que su hermana pequeña estaba metida. Ella era una mujer de 22 años con muchas ocupaciones y responsabilidades desde que se había graduado, así que el atender las rebeldías de Anastasia no la hacían nada feliz.
Tatiana todavía no entendía por qué su madre había insistido en llevar a Anastasia a aquel vacacional, siendo que ambos se irían para la dacha en un pueblo cercano. Tal vez Tatiana sí lo entendía un poco; podía sospechar que sus padres querían tener un poco de privacidad… Estar lejos de su revoltosa niña pelirroja, que por lo general era equivalente a tener una espinilla en el trasero: insoportable.
Tatiana estaba enojada, pues había tenido un tipo de rencilla con su prometido Vova a causa de Anastasia. Si bien le enojaba tener que ir a buscar a su hermana, no podía ser tan mala como para dejarla sola en quién sabe dónde, tal y como le proponía Vova.
Era impensable.
Cuando llegó al instituto, caminó por los pasillos desiertos hasta llegar a la oficina del director. Dando un suspiro hondo, empujó la puerta, que por cierto era pesada y se sentó en una de las sillas, justo en frente del hombre.
El director alzó los ojos y le dedicó una sonrisa forzada.
—Señora, bienvenida.
Tatiana carraspeó.
—Señorita —aclaró—. No me he casado todavía.
—Claro, disculpe.
Tatiana asintió.
—Bien, ¿qué pasó con mi hermana?
—Bueno, pediré que la traigan para que usted misma vea lo que ocurrió.
Tatiana volvió a asentir. Las manos le sudaban mucho, y solo esperaba que su hermana no se hubiera metido en un problema grande. Luego de esperar un buen rato, la puerta de la dirección se abrió. Tatiana cerró los ojos en cuanto vio la escena.
—¡Anastasia Ivanova Volkova! —gritó espantada. Su piel blanca se volvió roja por la rabia—. ¿Qué te hiciste?
Tatiana enfrentó a su hermana con la mirada. Se notaba a leguas que Anastasia estaba iracunda. Pero eso no extrañaba, sino su cabello rojo cortado casi al pegue de la nuca. Tal vez, Tatiana no había llegado al borde del colapso, pero lo que pasó después dentro de esa sala la dejó paralizada.
Dos muchachitas entraron a la dirección y se apostaron detrás de Anastasia con las cabezas agachadas. Ambas llevaban en sus cabezas hebras rojizas pegadas con chicle a sus largos cabellos rubios y castaños. Definitivamente ese cabello rojo pertenecía a Anastasia.
—Pero ¿qué hiciste?
—Ellas empezaron, me pegaron chicles en el cabello y se burlaron delante de mis compañeros. ¿Qué más podía hacer? Si trataba de retirarlo solo enredaba más mi cabello, así que lo corté… ¡Ahora que ellas también corten sus lindos cabellos!
Tatiana se enojó más, pero no con su hermana, sino con aquellas niñas, pues sabía que Anastasia en repetidas ocasiones había sido molestada por sus compañeros.
—¡Muchachas, no saben lo que es el respeto! —advirtió.
—¡Señorita Volkova, no tiene derecho a gritarle a mis alumnas! —dijo el director mientras se levantaba de su silla—. ¿Acaso no sabe quienes son estas niñas? Son las sobrinas del líder del partido en la ciudad.
—¿Qué me importa quienes son? Usted es un gallina, ¿qué tipo de respeto le mostraron ellas a mi hermana? —se acercó a las niñas y alzó sus cabellos pegados con el chiche— ¡Se lo merecen!
—¡Señorita!
Tatiana tomó a Anastasia por el brazo y la arrastró hacia la salida.
—¡Mi hermana no volverá a su asqueroso instituto corrupto! —gritó antes de salir dando un portazo.
Luego de tomar el tranvía y de ir calladas por todo el trayecto, las hermanas Volkova llegaron al edificio donde residían con el resto de su familia. Tatiana subió las escaleras enérgicamente y a la vez enojada. Anastasia no se quedaba atrás y cada vez que tenía un hueco se colaba y adelantaba a su hermana.
Cuando abrieron la puerta del apartamento, Anastasia entró, arrojó las maletas sobre el suelo y torció los ojos cuando vio que el prometido de Tatiana estaba sentado en el sofá.
—Oye, Vova —saludó de mala gana. Le hartaba verlo siempre en la casa.
El hombre la observó de reojo sin darle mayor atención.
Tatiana en cambio cerró la puerta con fuerza, haciendo que los cuadros y pinturas colgadas en las paredes temblaran.
—¡Anastasia, no he terminado contigo! —gritó Tatiana.
Anastasia se detuvo y giró hacia su hermana mayor.
—¿Me regañarás? Fue suficiente castigo perder mi cabello.
—Anastasia, siempre nos das problemas, ¿qué ocurre contigo?
—Soy una adolescente, los maestros dicen que esta es una etapa de cambios y yo estoy mutando como una mosca, Tatiana… Me convertiré en una mujer.
Tatiana frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso?
—No lo sé, supongo que algo tiene que ver. ¿No fuiste tu adolescente?
Tatiana se sentó junto a su prometido mientras observaba confundida a su hermana. Parecía que ella ya no la iba a regañar.
—Ve a nuestro cuarto, babuska te espera para darte una noticia que seguro te gustará.
Anastasia hizo justo lo que le dijo Tatiana y corrió hasta la habitación para ver a su abuela. La anciana se encontraba sentada en el colchón mientras cosía las camisas de su esposo.
—Babuska, ¿qué pasó? —interrogó llena de curiosidad—. Tatiana dijo que me ibas a dar una noticia.
La anciana asintió.
—A que no adivinas quién regresó… Después de seis años, nuestro vecino, el doctor Sergei Pavlov regresa de la capital junto con Nikolái.
—¿Están aquí?
La anciana negó.
—La madre de Nikolái me dijo que su tren llegará dentro de media hora exactamente, que si quieres ir a recibirlo es mejor que te apures.
Anastasia salió corriendo de la habitación, cruzó la cocina y la pequeña sala para lograr salir del apartamento. Bajó las escaleras del edificio hasta llegar al primer piso y sonrió alegre tras tocar salir al tráfico.
Poco después, tomó el tranvía que la dejaría cuadras antes de la parada del tren.
Anastasia tenía una imaginación demasiado grande, pero en ese momento sus pensamientos estaban concentrados en Nikolái y su llegada. No parecía cierto el regreso de Nikolái.
Al bajarse en la parada del bus, Anastasia se dio cuenta de que ya habían pasado treinta y cinco minutos, por lo que caminar iba a ser la mejor alternativa.
La madre de Nikolái la recibió con una sonrisa. Sin embargo, sus ojos se desviaron hacia su cabello cortado.
—¿Qué te pasó, Tassia? —preguntó la mujer, quien no podía salir de su asombro.
—Me corté el cabello… ¿Llegó Nikolái? ¿Dónde está?
La mujer asintió y le dejó ubicarse a su lado.
—No, su viaje ha estado atrasado. Espero que llegue en los próximos 25 minutos.
Anastasia se quedó de pie y esperó junto a la madre que el tren de Nikolái llegara. Finalmente, después de una larga espera, Anastasia vio a Nikolái a través de los barrotes de hierro de la ventana del tren.
Ella sonrió alegre. Se quedó de pie solo observándolo, pero cuando Nikolái conectó la mirada con ella, salió corriendo y se colgó de su cuello.
—¡Nikolái, estás de regreso! —gritó emocionada.
El muchacho sonrió mientras le devolvía el abrazo.
—Sí, estoy de regreso.
—¡Esto es demasiado bueno, Nikolái!
En ese momento, la madre de Nikolái intervino:
—Mi hijo debe estar cansado, vayan avanzando, que todavía Sergei no ha descargado las maletas. Ya los alcanzamos.
Anastasia sonrió mientras lo tomaba del brazo y lo arrastraba hacia la salida de la estación del tren.
—¡Te quedarás, eso es fantástico!
Mientras ella caminaba acelerada y esquivaba a todas las personas que se le atravesaban, Nikolái la observaba de reojo, y buscaba alguna similitud con la Anastasia que había dejado años atrás. Llegó a una breve conclusión: era la misma, nada había cambiado.
En sus manos sostenía la muñeca envuelta con papel periódico cuando se la entregó. Anastasia arrancó el papel con emoción. La madera esmaltada asomó entre los desgarrones de papel y sus ojos se iluminaron.
—¡Una matrioska! —gritó emocionada.