22 de junio de 1941.
Anastasia apenas despertaba de su placido sueño. Eran las ocho de la mañana y el sol entraba por la ventana de la habitación que compartía con Tatiana. Rodó por el colchón hasta ubicarse en el puesto de la hermana y abrió levemente los ojos.
La radio estaba encendida, la música sonaba desde la cocina e inundaba todo el departamento. Era obvio que Anastasia tendría que levantarse.
Sintiendo pesadez en sus ojos, desplazó sus piernas fuera de la cama, removió sus pies en el suelo hasta encontrar sus sandalias y caminó mientras bostezaba hacia la sala.
Allí vio al prometido de Tatiana, pero ni siquiera lo saludó. Pasó de largo y en silencio hacia la cocina, donde se encontraba Tatiana y su madre, esta última recién llegaba de la dacha.
A Anastasia se le dificultaba complacer a su madre. No era como Tatiana, quien a los ojos de los padres era la mujer, hermana y novia perfecta.
Anastasia en cambio solo era una niña de dieciséis años que no sabía ni cuál era su mano derecha y su izquierda. Ella no sabía nada de la vida, no tenía ningún talento especial, no era buena estudiante, no era buena hermana… ¿se podía ser mas fracasado en la vida?
Anastasia se detuvo justo antes de entrar a la cocina. Sus manos quedaron pegadas a la puerta, pero por alguna razón su cuerpo se negó a empujarlas. Entonces supo que tenía algo más importante que hacer; ir a ver a babushka.
La abuela de Anastasia era una mujer tierna y de pocas palabras. Siempre se le veía en alguna esquina cosiendo o tejiendo. Aunque era una mujer de pocas palabras, Anastasia no dudaba de que su abuela era una persona muy sabia, y que siempre le daba buenos consejos en los momentos en los que no se sentía parte de la familia.
—Babushka—llamó asomándose en la otra habitación.
La mujer se encontraba bordando, pero en cuanto la vio, una sonrisa se escapó de sus finos labios.
—Nastya, ¿qué ocurre querida?
—Me siento triste.
—¿Por qué, querida?
—Porque mis padres tuvieron que regresar de la dacha antes de lo previsto y eso fue mi culpa. Debí portarme bien en ese curso vacacional.
—No es tu culpa. Son otros los que deberían cuestionar sus responsabilidades, pues al final solo te estabas defendiendo.
—Lo sé, pero me siento mal por mis padres… sé que se quieren mucho y que querían un descanso de todo el caos que conlleva criar a tres hijos.
La mujer sonrió.
—Ellos decidieron ser soldados, así que deben luchar —respondió con simplicidad—. Son tus padres, pero pronto dejarán sus responsabilidades… Tatiana se casará pronto, Alexéi ha crecido y pronto dejará la casa… Tú Anastasia, mi travieso zorro, eres una niña muy inteligente y muy pronto también dejarás esta casa para hacer tu propia vida.
Anastasia sonrió ampliamente. Le reconfortaba escuchar los consejos de su abuela.
—¿La vida será mejor?
La abuela asintió de inmediato.
—Lo será.
…
Anastasia por fin se digno a entrar en la cocina. No lo hizo sola, sino en compañía de su abuela. Pese a lo tarde que era, Anastasia no recibió ningún regaño de su madre, algo que la sorprendió.
Cuando alzó la vista, supo la razón por la que su madre ni siquiera le había prestado atención. No solo la mujer estaba en ese estado, también el padre, la hermana y el novio, quienes en conjunto se hallaban sentados en la mesa de comedor en esperas del nuevo comunicado de las autoridades:
“Ha llegado el momento de poner en práctica tus cualidades bolcheviques, de prepararte para defender Leningrado sin desperdiciar palabras. Tenemos que ver que nadie es solo un espectador, y llevar a cabo en el menor tiempo posible el mismo tipo de movilización de los trabajadores que se hizo en 1918 y 1919. El enemigo está en la puerta. Es una cuestión de vida o muerte”.
Nadie se atrevió a hablar de inmediato. Todos parecían no creer lo que la radio había dicho.
—¿Qué significa? —interrogó Anastasia.
—Los nazis nos invadieron… violaron los tratados —respondió el padre.
—¿Eso es malo? —preguntó confundida.
—Ellos son unos barbaros. Europa entera ha caído ante su implacable poder. Cada país que han invadido sin dudas ha caído en sus manos… ¡Esto es muy malo, Anastasia! —respondió Tatiana.
La madre parecía estar absorta en sus pensamientos, pero solo hasta que escuchó las conversaciones de sus hijas, entendió la magnitud de lo que pasaba.
—¿Dónde está Alexéi? —preguntó nerviosa—. Debo decirle que no salga de su trabajo, porque los nazis han invadido… Oh, debemos irnos de la ciudad.
—¡No lo haremos, madre! —gritó Tatiana—. Toda nuestra familia vive aquí y nuestros trabajos también están aquí… La guerra está lejos de nosotros.
—¿Lejos? ¡No lo creo!
—¿Qué haremos? —interrogó Anastasia luego de un breve silencio.
—Yo no me iré —aclaró Tatiana—. Me casaré pronto con Vova, así que no pretendo postergarlo más.
—Hermana, estamos en guerra y tú piensas en casarte, ¿en serio?
El padre carraspeó sintiéndose incómodo.
—Mantendremos la calma… Si en la ciudad no ocurre nada, no tendremos por qué irnos.
A Anastasia no le pareció una buena idea.
—¿Y si después es demasiado tarde para irnos?
—¡Cállate, Anastasia!
Anastasia se calló.
Aunque los padres de la joven ordenaban a sus hijos tener calma, quienes en realidad estaban alterados eran ellos. El señor Iván salió de la casa muy temprano hacia el banco, pues en tiempos de guerra eran los primeros que cerraban. Sin embargo, el hombre volvió poco después con las manos vacías, con el rostro compungido y sin dinero.
Anastasia corrió a recibirlo, y por eso notó que el hombre había fallado en su cometido. En silencio lo siguió de regreso a la cocina y se sentó en una de las sillas del comedor para escuchar los debates enardecidos, que eran protagonizados por la familia.
—¿Qué haremos, Iván? —preguntó la madre.
—El banco ya ha cerrado… escuché que algunos sí alcanzaron a retirar sus ahorros.
—¡Oh, esto es malo, Iván!