—Al menos todavía tenemos un poco de dinero ahorrado en nuestra habitación —le respondió el marido.
—Pero no es suficiente… tenemos varias bocas que alimentar.
El hombre quedó en silencio por un momento, pensando en como solucionar aquello.
—Babushka se irá pronto hacia la casa de mi hermano, así que no tendremos que pensar en más comida —dijo al final.
La mujer asintió y de reojo miró a Anastasia, quien estaba al pendiente de cada una de sus palabras.
—Nastya, déjanos solos a tu padre y a mí , por favor.
Anastasia se levantó de la silla, salió de la cocina sin muchas energías, pasó por la salita, saltó las piernas de Vova, quien al parecer se había quedado dormido sobre el sofá. Y al fin pudo entrar en la habitación que compartía con su hermana. Agotada por el ajetreo del día y las malas noticias, Anastasia se recostó sobre el colchón y miró hacia la ventana.
Ella no supo cuánto tiempo estuvo allí sin hacer nada y tan solo mirando, pero supuso que estuvo allí varias horas, pues las luces de los edificios de la ciudad empezaron a encenderse, y el cielo azul de verano a palidecer y fundirse en una tarde colorida de tonos rojos y anaranjados.
Su hermana Tatiana se asomó en la habitación. Desde uno de los marcos de madera, su cabeza rubia asomó llamando la atención de Anastasia.
—Nikolái vino a verte, ven.
Anastasia se levantó y caminó tras su hermana mientras agradecía la visita de su amigo. Tal vez necesitaba conversar, desahogarse con alguien que en verdad la escuchara.
—¡Hola, Kolya!
Nikolái le sonrió alegre. Estaba sentado en el extremo del sofá, allí donde siempre se sentaba el prometido de Tatiana.
—¿Cómo estás? —interrogó el muchacho—. Pensé que de pronto querrías salir un rato a tomar aire fresco.
—No sé si sea lo correcto, ¿no escuchaste la radio?
—Los alemanes todavía están lejos, es imposible que en pocos días lleguen a Leningrado.
Anastasia asintió con suavidad, tomó su sombrerito de flores y salió del lugar en compañía de Nikolái. El muchacho pareció sorprendido.
—¿No invitarás a Tatiana?
—Tatiana ya no es una niña, Kolya. Pronto se casará, así que no quiero quitarle su valioso tiempo.
—¿Se casará?
—Sí, por lo general su prometido llega por las noches, pero todavía no ha salido de su trabajo.
—¿Quién es? —preguntó interesado—. Creí que Tatiana seguía siendo una rompecorazones.
Anastasia negó mientras se reía de las palabras de Nikolái.
—Es un funcionario del gobierno, el secretario de la oficina estatal de Leningrado.
—Se oye importante.
Anastasia bufó.
—¡Es un fracasado con aires de grandeza! ¿qué fue lo que le vio Tatiana?
—Por lo que noto, él no te cae nada bien.
—No, es un estúpido.
Ambos siguieron caminando hasta llegar a un parque.
Era de tarde, el cielo lucía anaranjado y el ambiente se sentía fresco. Algunas nubes se alcanzaban a observar a través de las hebras rojas que se le amontonaba en su rostro mientras se columpiaba en el parque. El viento era ligero y el andar de las personas era tranquilo. A pesar de la reciente situación, ese parecía otro verano común y corriente.
Tal vez aquella percepción se debía a la confianza de la ciudad en el numeroso ejército rojo. Sin embargo, el escenario en el desordenado frente de batalla soviético era muy distinto y complejo. Los nazis avanzaban sin ningún impedimento y arrasaban con los tanques obsoletos que los soviéticos usaban tan solo con sus panzer alemanes, que además eran sumamente destructivos, rápidos y efectivos.
En menos de lo esperado y en solo cuestión de unos pocos días, los nazis habían logrado avanzar hacia el interior de rusia desde el oeste, mientras el ejército rojo todavía no tenía ni la menor idea de cómo enfrentarlos.
En silencio, Nikolái Pavlov la observó balancearse en el columpio, llegando cada vez más alto con cada impulso. El muchacho no decía nada y tampoco sonreía como de costumbre. Anastasia estaba sumergida en sus propias preocupaciones como para darse cuenta de los problemas de su amigo
La falsa paz de la ciudad, más que tranquilizar a los habitantes, solo los llenaba de ansiedad frente a lo que sería su vida de ahí en adelante.
—Anastasia —habló finalmente Nikolái—. ¿Has oído del ejército de voluntario?
—Sí, algo he oído de eso, ¿por qué lo preguntas?
—¿Por qué crees que se necesiten voluntarios cuando hay una gran cantidad de soldados preparados?
Anastasia lo observó mientras se balanceaba en el columpio.
—Supongo que es porque la campaña se debe reforzar.
Nikolái asintió suavemente.
—Mi padre quiere que yo me una a las filas.
Anastasia levantó la mirada nuevamente en Nikolái. Dando un salto, se bajó del columpio.
—¿Te irás? Acabaste de llegar, no puedes irte.
—Yo no sería útil en las filas. ¿Qué haré ahí? No soy capaz de quitarle la vida a nadie, ni siquiera si es un alemán.
—¿Qué más ha dicho tu padre?
—No he hablado mucho de esto con él, pero lo escuché discutiéndolo con mamá.
—¿Piensas hacer algo?
—En algún momento me iré, tengo 19 años y es mejor que le diga que prefiero ser paramédico o enfermero de guerra a un soldado al frente de la batalla.
—Dirán que eres cobarde.
Nikolái desvió la mirada mientras metía las manos en los bolsillos de su pantalón. Lo que decía Anastasia le inquietaba demasiado como para ignorarlo.
—Tal vez lo sea.
Anastasia bajó la mirada en un intento por contener las lágrimas. La situación del país la hacía sentir nerviosa, ahogada y ansiosa. ¡Cuanto deseaba vivir lejos de la guerra! Ahora, iba a perder a su amigo.
—Nikolái, tengo miedo.
Nikolái abrió los brazos, consiguiendo abrazarla.
—Estaremos bien, no te preocupes.
—Pero los alemanes son muy fuertes. Han conquistado casi toda Europa.
Nikolái hizo que se volviera a sentar en el columpio. Revisó sus bolsillos y sacó de ellos un pequeño confite de chocolate.
—Lo guardé para ti —señaló con una sonrisa mientras lo desenvolvía y colocaba en los labios de Anastasia—. Tengo más guardados en mi casa, los he acumulado para ti.
—¿Ya puedes comerlos? La última vez que lo hiciste te volviste loco, decías incoherencias y te reías como un demente.
—No he probado el chocolate desde aquella vez y tampoco quiero hacerlo, pero cada vez que veo uno lo compro pensando en ti; sé que te fascinan los chocolates.
—Me siento apenada… Tú me diste una matrioska y chocolates, pero yo no te he regalado nada. Siento que debo compartir contigo un secreto que solo babushka sabe; ese será mi regalo, Kolya.
—Eso es muy interesante, ¿no me darás alguna pista?
—No, mañana me esperas a esta hora, en este mismo lugar… Te daré una sorpresa.
Anastasia cumplió su promesa y un día después, presentó a Nikolái su más grande secreto, uno que solo su abuela sabía. Si bien ella se consideraba promedio para casi todo, cuando se trataba de tocar la flauta Anastasia se sentía en un nivel superior y armónico.
En los días en los que no se sentía comprendida, tocaba para su abuela cada noche y como nadie estaba pendiente de ella, nadie sospechaba que era lo que hacía en el balcón junto a babushka. Sin embargo, por alguna razón, sintió el mismo apoyo incondicional que su abuela le ofrecía, pero esa vez en Nikolái. El muchacho escuchó la melodía completa. Cuando esta finalizó, él le sonrió ampliamente y le aplaudió.
Ese día quedó grabado en la mente de Anastasia hasta el final de su vida, fue un día magnifico y de cielo rojizo, fue el último día en el que Anastasia fue realmente feliz.