14 de julio de 1941.
Anastasia esperaba en las escaleras del edificio, durante cada fin de semana la llegada de su hermano Alexéi. Ese día era uno diferente al resto. Anastasia no entendía la razón, pero sospechaba que ese día cosas nuevas sucederían… Y no se equivocó.
Mientras esperaba que la noche cayera sobre la ciudad, Anastasia miró el cielo purpúreo por encima de su cabeza, contemplándolo más grande que su existencia y sintiéndose ínfima. Desde niña el cielo le había parecido intimidante cada vez que lo observaba, incluso la sola idea de detallarlo con fijeza le parecía aterradora. La infinidad de este la hacía marearse entre pensamientos sin sentido y cálidos velos plagados de recuerdos que creía haber extraviado en la petulancia de su olvidadiza memoria.
La vida ya no era la misma y el cielo ya no parecía tan grande como antes, ¿algo había cambiado desde aquel entonces? Sin duda, Anastasia sabía que los años nunca regresarían, que los desafíos de la niñez se habían superado, pero que la desazón de la adultez apenas comenzaba.
Cuando regresó la mirada, logró ver a su hermano Alexéi, el muchacho se acercaba desde el otro extremo de la calle en compañía de una hermosa mujer de cabellos rubios. Anastasia nunca había visto a su hermano con una mujer, así que supo que esa que lo acompañaba era alguien especial. Cuando el pensamiento cobró sentido en su mente, Anastasia trató de disiparlo, pero aquello se le hizo imposible, simplemente no podía.
Anastasia sintió una corriente extraña en su corazón, eran celos. Sí, ver a Alexéi con esa mujer despertó incertidumbre y miedo en su corazón. Su hermano pronto dejaría la casa y ella ya no tendría quién le hiciera compañía con buenas charlas… Su hermano se iría al igual que Tatiana.
Alexéi le sonrió a Anastasia cuando llegó a las escaleras.
—Vamos, Anastasia —dijo el hermano mientras la ayudaba a levantarse del escalón de concreto.
Anastasia se levantó, pero su mirada estaba fija sobre la acompañante de Alexéi.
—¿No me vas a presentar a tu amiga, Alexéi?
—Anastasia, ella es Svetlana Figorova.
La muchacha le sonrió mientras extendía su mano para estrecharla con la de Anastasia.
—Mucho gusto —respondió Anastasia con sonrisa fingida—. Es nuevo verla por aquí. Mi hermano nunca trae mujeres.
Alexéi apresuró el paso a la escalera.
—Vamos. Arriba podrán hablar de todo, pero ahora solo quiero darme una buena ducha.
Anastasia subió las escaleras detrás de la pareja, los observó fijamente, como buscando algo que le prendiera las alarmas. Al final, sus sospechas fueron ciertas. Alexéi se había enamorada de esa mujer. ¡Lo decía todo con su cuerpo!
Anastasia se mantuvo en silencio durante la cena, meneó en el plato las verduras y la carne sin ningún interés en comerlas. Solo hasta que su madre la pellizcó cerca de la cintura Anastasia terminó de comer.
Ella no sabía lo que les ocurría a las personas cuando eran adultas y se enamoraban. Aquello las hacía cambiar y verse como extraños. Había algo que tenía seguro; jamás se vería como ellos. Cuando fuese grande se empeñaría en que su futuro no fuera tan vacío y egoísta.
Anastasia no pudo dejar sus cálculos. Pensó en ello antes de dormirse. En la oscuridad de la noche, rodó en el colchón que compartía con Tatiana, haciéndola despertar de su frágil sueño.
—¿Qué te pasa, Anastasia? —gruñó Tatiana.
Anastasia abrió los ojos y se mordió levemente los dedos. Todo estaba oscuro y solo se veían las luces de una ciudad nocturna a través de la ventana.
—¿Es normal lo que sucede con los adultos? ¿por qué Alexéi trajo a esa mujer?
Tatiana se acomodó en el colchón y miró hacia el techado de concreto que las sobrecogía.
—Es el ciclo de la vida, Anastasia.
—¿Olvidarse de la familia hace parte del ciclo de la vida? ¡No lo creo!
Tatiana rio entre dientes.
—No es olvidar, Anastasia. Algún día lo entenderás, verás que no es abandonar a la familia, sino formar una propia, así lo estableció Dios y ese es el orden natural de las cosas.
Anastasia suspiró resignada mientras se sentaba sobre el lecho y observaba la ventana. Tatiana la siguió; al parecer ella sí que tenía mayor dificultad para dormir.
—Me siento abandonada, Tatiana —susurró mientras trataba de contener las lágrimas en sus ojos verdes—. Papá y mamá quieren que todos sus hijos se vayan de casa, tú te casarás pronto y Alexéi probablemente también lo haga con esa muchacha que vino hoy… Quedaré yo sola, viviendo fuera de lugar y sin nadie para hablar sobre las preocupaciones que no me dejan dormir… No te tendré, Tatiana.
—Pequeño zorro… Siempre estaré aquí, no me perderás.
—Pero no volverá a ser igual, tú tendrás tu propia familia y ya no seré la prioridad.
Tatiana sonrió ampliamente antes de hacerle cosquillas a Anastasia, logrando que la pelirroja se revolcara sobre el colchón.
—¡Tatiana! —reclamó Anastasia entre risas.
Tatiana dejó de hacerle cosquillas y observó nuevamente la ventana. Algo en su mirada preocupada evocaba el sentir de la desolación.
—Anastasia, hay cosas que todavía no entiendes. Hemos crecido, pero seguimos buscando el calor de un hogar… Ahora que estamos en tiempos de guerra, queremos creer que hay algo que nos da fuerzas para seguir adelante, y que no nos quite las ganas de vivir. Ahora las cosas empeorarán, las cartillas de racionamiento entrarán en funcionamiento dentro de cuatro días, parece que nuestro enemigo es uno invisible…
Anastasia no respondió. Se quedó sujeta de la cintura de Tatiana. Ambas observaron la ventana, plasmando en ella sus problemas, pero a la vez borrándolos de la bruma fría de alientos que se mezclaban en el vidrio.
[…]
17 de agosto de 1941
Era otoño, uno naranja y lúgubre. La tranquilidad ya no existía en la ciudad, más bien lo que se respiraba era humo toxico de pánico maquillado de tensión.
Anastasia se encontraba sentada en los escalones del interior del edificio, a las puertas de su casa, ubicada en el tercer nivel. El viento entraba muy tímidamente, casi que con un dejo de complacencia y pena.
Anastasia pensaba en todo y a la vez en nada. Tantas cosas en las que pensar, pero ella solo tenía cabeza para meditar en el otoño triste que precedería al más cruel de los inviernos. Nada parecía estar fuera de control, todo parecía en orden hasta que se pensaba en las intenciones de los alemanes.
Anastasia recogió sus cabellos rojos en un moño simple, volvió a acomodarse en la escalera para seguir viendo la luz anaranjada que se proyectaba por el sol y las hojas en pleno marchite.
Anastasia respiraba con tranquilidad antes de sentir el ruido proveniente de la escalera. Nikolai, su hermanito menor y la madre bajaban de las escaleras con equipaje en mano.
—¡Anastasia, querida! —gritó la mujer.
—Señora Klara, ¿qué sucede?
—Oh, Anastasia, Denis será evacuado hacia la región de Nóvgorod.
—¿Denis irá a Novgorod? —interrogó mientras observaba al niño—. ¿Ustedes también?
—Solo irá Denis, es una evacuación de niños.
—Yo también soy una niña, debería ir también a esa evacuación.
Nikolai sonrió ante su ingenio.
—Anastasia, es una evacuación de niños pequeños… los llevarán a un lugar más seguro que Leningrado.
—¿Cuándo nos evacuarán a nosotros?
La señora Klara bufó y dijo:
—Al parecer nunca. Pretenderán que nos quedemos aquí para defender la ciudad con nuestros cuerpos y con los nuestros jóvenes, a quienes también ofrecen como carne de cañón en el frente de batalla.
—¿No hay retroceso de los alemanes? —preguntó decepcionada.
—Los soviéticos ganan, pero los alemanes siguen invadiendo —contestó Nikolai haciendo uso de una frase muy común entre los ciudadanos de la ciudad por aquellos días. Era la frase que siempre se decía en la radio durante las declaraciones del partido.
—¿Están cerca de Leningrado?
—Por algo el gobierno ha permitido la evacuación de los niños. Ojalá y esto se detenga pronto.
Anastasia los vio bajar por las escaleras con mucho afán. Era una tarde inusual, triste y fría. Anastasia deseaba con todo su corazón, que los alemanes se detuvieran, hicieran uso de su razón y humanidad para poner fin a toda esa locura. Al final muchos morirían sin merecerlo, dejando atrás a esposas, hijos, padres y hermanos que los llorarían durante toda la vida.
—Buen viaje, Denis —susurró con el corazón adolorido.