19 de agosto de 1941.
Anastasia observó el abrigo n***o y felpado que colgaba de la percha. Eran las diez de la mañana, el sol calentaba poco, pero lo hacía. Ella desde el establecimiento de las cartillas de racionamiento, se veía en la tarea de ir a reclamar los alimentos de todos, ese día ella se preparaba para hacerlo.
Suspiró con hastío antes de levantarse de su silla y salir de su casa. Cerró la puerta de un portazo y empezó a bajar las escaleras con mucha lentitud, respirando pesadamente, como una máquina descompuesta.
El recorrido ya lindaba en lo cotidiano, en hacer largas filas, esperar muchas horas por la ración del pan, la harina, la manteca y un poco de carne. No era algo que ella anhelara hacer, pero se trataba de la comida diaria de cada uno, y con eso no se podía bromear.
Después de varias horas de espera, Anastasia logró ser atendida por una mujer regordeta y de mal carácter. Con aspereza la mujer arrojó los bultos alimenticios sobre el mesón y apuró a Anastasia a cargarlo rápidamente.
A ella no le quedó de otra, abrió sus brazos tan anchos como podía. De esa manera acogió las raciones en su pecho, casi que sin poder ver bien por donde caminaba.
—¡La próxima vez le diré a Tatiana que me acompañe, porque esto es muy pesado para mí! —exclamó para sí mientras cargaba a cuesta toda la comida.
El retorno a la avenida Nevsky Prospekt no fue fácil.
Anastasia ya estaba enojada cuando tropezó con un hombre. Los paquetes de comida fueron a dar al piso, uno tras otro, encima de cada uno y apachurrados por el peso de la harina.
—¡Tenga cuidado por dónde camina! —exclamó airada. Todavía mantenía la mirada fija sobre la comida.
—¡Anastasia! ¡qué bueno que te encuentro!
Anastasia levantó la mirada. Se encontró con Nikolai, su vecino.
—Nikolái, eres tú. ¿Qué ocurre?
Nikolai tenía los cabellos revueltos, las mejillas pálidas y lágrimas secas en sus ojos. Algo grave había pasado.
—Oh, Anastasia, algo terrible ha pasado. El tren donde viajaba mi hermano Denis fue bombardeado por los alemanes… Fue una m*****e.
Anastasia quedó sin habla. Aquello significaba que los alemanes estaban demasiado cerca de Leningrado, la ciudad estaba desprotegida y a portas de una conquista alemana.
—¿Qué pasó con Denis?
—No lo sabemos, Anastasia. Mi madre ha entrado en una crisis nerviosa y ni siquiera se ha levantado de la cama… Tengo que ir a buscar a mi hermano, no puedo estar tranquilo, Anastasia. El tren iba a Demyansk, pero fue bombadeado mucho más cerca, justo en Mga.
—¿Dónde está tu padre?
—Está lejos de la ciudad, en Shlisselburg, atendiendo a los heridos que quedan de los ataques.
—Pero Shlisselburg no queda tan lejos de la ciudad.
—Los alemanes están a las puertas de Leningrado, Anastasia. Si logran tomar Shlisselburg ellos cerrarán el cerco alrededor de la ciudad. No sabemos qué pasará con nosotros, ni cuales son los planes de los alemanes.
—No hay salida. Debemos dejar la ciudad, Kolya.
—Anastasia, no es tan fácil salir de la ciudad, los alemanes bombardean y ametrallan todo lo que se mueva. Iré a buscar a mi hermano. No sé si vuelva de nuevo, no sé si sobreviva, pero al menos quiero intentar traer de regreso a Denis con mi madre.
Anastasia no lo pensó dos veces. Se ofreció para acompañarlo. Nikolái en realidad tenía ganas de aceptar su ayuda, pero no se atrevía a ponerla en peligro. Ella era hija ajena, era la hija menor de los Volkov.
—Te ayudaré, Nikolái. No te dejaré solo.
—No, Tassya —susurró débilmente.
—Por favor, Kolya. Tal vez no solo es necesario tu esfuerzo, con mi ayuda la búsqueda puede prosperar.
—No, es una locura. Tú debes quedarte, no te pondré en peligro —Advirtió seriamente—. No debes salir, promételo.
—Pero Kolya…
Anastasia lo vio correr en dirección de la estación del tren, su figura se desvaneció entre la multitud que corría de un lado a otro, ajenos a la auténtica realidad de la ciudad.
Anastasia subió las escaleras del edificio, tocó con fuerza la puerta hasta que Tatiana la abrió, dándole paso hacia la cocina, en donde arrojó los paquetes de comida sobre el extenso mesón.
Tatiana la siguió y después la ayudó a acomodar la comida en la estantería, en el lugar más escondido que pudieron encontrar en la cocina.
—Han bombardeado el tren que se dirigía a la región de Novgorod —avisó Anastasia justo cuando terminaron de guardar la comida.
Tatiana la observó sin decir nada.
—Denis iba en ese tren —siguió hablando ante el silencio.
—¿Denis? ¿el hijo de los Pavlov?
—Sí, el hermano menor de Kolya.
—¿Sabes si está bien? ¿hablaste con Kolya?
Anastasia se sentó en el comedor y Tatiana le hizo compañía un rato después.
—Nikolái dijo que su familia tenía ninguna noticia de Denis… ¿Cómo van a saber algo? El niño iba solo —respondió enfadada por la situación—. Kolya ha ido a buscarlo, pero estoy preocupada… puede pasarle algo grave, ese territorio al parecer está dominado ahora por los alemanes.
—Si el niño está vivo, tuvo que haber sido evacuado a otra región.
—Sí, eso mismo pensé…
Anastasia quedó en silencio. Sus ojos quedaron fijos sobre el rostro de su hermana.
—Tatiana, los nazis están a un paso de llegar a Leningrado.
—¡Estás entrando en paranoia, Anastasia!
Anastasia no dijo nada. Estaba cansada de hablar y nunca ser escuchada. Ella tal vez era muy joven, pero también tenía un pensamiento acertado… Sus sospechas en realidad eran más que ciertas, eran un hecho comprobado.
…
El día pasó con extrema lentitud. Cuando la tarde asomó con sus luces opacas y amarillas, Anastasia se sintió culpable. Era amiga de Nikolai, así que tuvo que haberlo acompañado en la búsqueda.
Ella era muy emocional y algo en su corazón le decía que debía ir tras él.
La brisa fresca entró por la ventana de la pequeña sala y tocó su rostro tierno, juvenil, haciendo que los mechones rojos y cortos danzaran con demencia alrededor del rostro. Su corazón advirtió un sobresalto, su cuerpo cayó en caída libre mientras el viento le helaba la piel. Anastasia despertó abruptamente de su ligero sueño, la garganta le ardía, las mejillas estaban calientes, sus ojos estaban vidriosos y el corazón le latía tan fuerte, que incluso lo sentía en los oídos.
De su boca salió un susurro débil y opaco:
“Kolya”
Fue lo primero que su mente arrojó, era la preocupación que tenía y que ni siquiera la dejaba descansar.
Anastasia restregó sus ojos en un intento por quistarse el sueño. Por un instante, pensó que era de madrugada, pero pronto se dio cuenta de que apenas estaba anocheciendo.
El apartamento tenía las luces prendidas, había una algarabía en la sala, pues al parecer Vova había llegado. Anastasia torció los ojos, ¡Cuánto le disgustaba aquel hombre!
Anastasia se levantó y avanzó hacia el escritorio, tomó un pedazo de papel, lo dobló por la mitad y luego siguió rebuscando hasta encontrar un bolígrafo de tinta negra. Se sentó nuevamente y se dispuso a escribir su frase. Demoró en hacerlo, el papel blanco relucía ante sus ojos, la retaba a escribir sobre él, pero ella ni siquiera estaba segura de lo que iba a hacer. Viendo que no era algo del otro mundo, Anastasia se apresuró en redactar una pequeña frase sobre el papel.
Justo cuando la terminaba, la puerta de la habitación se abrió. Anastasia saltó del susto, tomó el papel y lo escondió en el bolsillo de su falda antes de darse vuelta.
—¡Vova! —saludó nerviosa.
El hombre cerró la puerta mientras la observaba con detenimiento, buscando la razón de su nerviosismo.
—Anastasia —respondió.
Anastasia se limpió el rostro y caminó con nerviosismo hacia la salida. Estar con el prometido de su hermana a solas la hacía temblar del miedo. Pasó por su lado con rapidez, pero antes de abrir la puerta, Vova la tomó del brazo.
—Anastasia, ¿por qué me haces eso?
Anastasia se tensó. Quedó de pie, anclada al suelo.
—Vladimir, suéltame —advirtió mientras observaba el agarre—. Creí que todo había quedado claro.
—No, no puedo aceptarlo. No puedo dejar de pensarte.
Anastasia lo observó fijamente. Le asombraba la desfachatez y el irrespeto que podía expresar el hombre. Pronto la furia se apoderó de ella, una corriente de impotencia corrió por todo su ser. Poco después logró soltarse del agarre y encararlo.
—Vladimir, eres el prometido de mi hermana, no pretendas pasarte de listo, porque te irá mal. Si no quieres a mi hermana simplemente díselo y lárgate, pero a mí déjame en paz.
—¡No quiero! —exclamó en voz baja, temeroso de ser escuchado—. ¿No lo entiendes todavía? Estoy con Tatiana solo para verte a ti.
—¡Eres descarado, Vladimir! ¡No te quiero, entiéndelo! —dijo antes de salir definitivamente de la habitación.
Anastasia se alejó corriendo y se metió en el baño. Reposó su cuerpo sobre el lavabo y empezó a llorar, cuidando de no hacer ningún sonido. Se sentía fatal, porque sabía que lo moralmente correcto era decirle a Tatiana de las intenciones de Vladimir, pero no podía hacerlo. ¡Era cobarde! Tatiana nunca le perdonaría que por su culpa eventualmente no se casara.
Ahora no solo pensaba en el viaje peligroso de Nikolái, sino en el problema de su hermana.
—¡Lo odio! —susurró entre lágrimas mientras se observaba en el espejo—, deseo que nunca venga de nuevo, que mi hermana lo eche de una patada de la casa y de su vida.
Finalmente, Anastasia logró calmar sus nervios. Salió del baño con el rostro enjuagado, pero en el ánimo extinguido. Estuvo durante la cena, comió todo en silencio y con la mirada fija sobre la comida. Ni siquiera levantó la cabeza, pues sabía que frente a ella estaba sentado Vova. En un momento determinado de la cena, quiso decir lo que pasaba con Vladimir, pero se calló otra vez. No era valiente.
Contó con la partida oportuna de Vova. Aquello la alivió mucho, así que sintiéndose más tranquila recogió los platos del comedor y en silencio los lavó en la cocina.
Nadie notaba nada, todos estaban ciegos. Todos estaban ensimismados en sus propias ocupaciones, nadie le prestaba verdadera atención a Anastasia desde que babuskha se había ido.
La noche no tuvo más inconvenientes para Anastasia. La familia entera fue a dormir cuando se hizo media noche. Todos habían tenido una larga jornada de trabajo, todos estaban tan cansados, que cuando tocaron las camas, en seguida se quedaron dormidos. Pero ese no fue el caso de Anastasia. La noche auguraba ser muy larga para ella, si acaso durmió dos cortas horas cuando recordó en la madrugada.
Anastasia se sentó sobre el colchón para observar que su hermana Tatiana se encontrara durmiendo; efectivamente dormía placida y profunda. Notando las luces de la ciudad, Anastasia se bajó de la cama y miró la hora en el reloj. Eran las tres y veinte de la madrugada. Era la hora de empezar su travesía.
Anastasia se vistió con rapidez, tomó el dinero que tenía ahorrado y un poco del de Tatiana, agarró la nota y la puso sobre el buró. Antes de salir de la habitación se acercó a Tatiana.
—Tania, prometo que me cuidaré bien… no te preocupes, ¿lo entiendes?
Anastasia salió de la habitación y cruzó al otro lado de la sala. El lugar estaba desierto y casi que oscuro. Finalmente, giró la manija de la puerta principal y salió a las escaleras.
El viento la recibió con una cachetada helada. Anastasia frotó sus manos antes de ajustarse la bufanda en su cuello y empezó a descender las escaleras con agilidad y rapidez.
Logró salir a la avenida, donde todo lucía abandonado y tenebroso. En las próximas horas el toque de queda iba a ser levantado, pero mientras debía cuidarse de tener un encontronazo con la policía.
Demoró media hora escondida en la terraza de una casa mientras esperaba que un grupo de policías se alejara. Ellos se fueron cuando el toque de queda se levantó, momento que ella aprovechó para salir de su escondite y acercarse al primer tranvía que pasaba por la zona.
Suspiró aliviada cuando empezó a desplazarse hacia la estación del tren. El viento helado entraba por la ventana, sus ojos estaban totalmente despiertos. Sonrió levemente mientras sentía que la brisa la arrullaba.
Anastasia estaba dispuesta a ir tras Nikolái y ayudarlo a encontrar al pequeño Denis. Era su amigo, el vecino que siempre le regalaba dulces y chocolates, porque él era alérgico a ellos. Anastasia no podía dejarlo a la deriva en un lugar tan peligroso como era la región de Nóvgorod, donde en una ciudad cercana los alemanes habían bombardeado un tren que evacuaba niños desde Leningrado.