Anastasia bajó varias cuadras antes de la estación del tren y caminó rápidamente por el amplio pasillo que llevaba a las taquillas, pero esas estaban cerradas. Anastasia debía tomar el tren que se dirigía a Nóvgorod, pero estaba segura de que ningún tren con pasajeros civiles iría a la zona, era muy peligroso.
En silencio, descendió hacia la zona de abordaje, encontrándose con que el lugar se encontraba desierto y ningún tren de pasajeros se avistaba. Pero a lo lejos, las luces de un largo tren de carga relucían en la oscuridad. En medio del acelere y gritos airados, varios hombres lo cargaban con insumos y material industrial.
Solo le quedaba una alternativa: tomar el tren que evacuaba a las fábricas de Leningrado.
Anastasia corrió entre las vías del tren y desapareció tras los vagones, allí esperó un rato hasta que el tren empezó a moverse. Con rapidez y con mucho cuidado de no ser notada, Anastasia subió las escaleras de uno de los vagones y se adentró en él, cerrando la compuerta tras de sí.
El tren siguió andando con extrema lentitud, Anastasia tenía el corazón en la mano. Poco después un hombre pasó corriendo, revisando con una linterna que no hubiera ninguna persona escondida en el interior de los vagones. Este no se dio cuenta de la presencia de Anastasia por la prisa que llevaba.
Finalmente, el tren empezó a tomar velocidad, pero en ningún momento Anastasia se sintió tranquila. La oscuridad acechaba, la amenaza inminente de los ataques nazis la asustaba más de lo que esperaba.
Anastasia se arrastró a tientas por el suelo del vagón y corrió suavemente la compuerta. Un diminuto rayo de luz entró. Poco a poco empezaba a amanecer, la oscuridad de la madrugada se estaba disipando poco a poco.
Como faltaba mucho para llegar a Mga, Anastasia aprovechó el tiempo para dormir. Debía reponer energías.
Mientras tanto, en Leningrado la familia Volkov apenas se despertaba. Nadie sospechaba que Anastasia había escapado en la madrugada, ni siquiera tenían mínima sospecha de lo que ella había planeado hacer.
Quien se dio cuenta fue Tatiana. La muchacha despertó a las seis de la mañana y se sorprendió al ver vacío el lado donde usualmente dormía Anastasia. Sin embargo, en un principio no le dio importancia, pues pensó que ella podía estar en el baño.
Más tarde supo que su hermana pelirroja no estaba en el baño, ni en la habitación ni en ningún lado de la vivienda.
Tatiana no vio la nota de Anastasia cuando se levantó y sintiéndose angustiada por la ausencia, corrió a contarle a la madre.
—Mamá, Anastasia no está en la casa.
—¿Por qué lo dices?
—No despertó en la cama, no está en la casa, mamá.
—Debió salir a buscar las raciones de alimento.
Tatiana estuvo a punto de creerlo, pero se le hizo imposible. Anastasia no acostumbraba a despertarse temprano, para ella el sueño era más valioso que el mismo oro.
—No, mamá.
—¿Qué más podría ser? Esperemos hasta las diez de la mañana… tal vez quiso asegurar un turno en las filas para la carne.
La razón parecía ser valida, pero Tatiana no terminaba de creerlas. Al final optó por callar y esperar un poco más a ver si Anastasia regresaba. Mientras eso sucedía, se dirigió a la cocina para hacerse el desayuno, pues a las ocho de la mañana entraba a trabajar en la fábrica de pan La Kirov.
El tiempo se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Cuando quiso volver a mirar la hora, faltaban solo veinte minutos para las ocho. Iba atrasada, pues se demoraba media hora en llegar a las fábricas de pan. Afanada, cogió su equipaje y salió corriendo del apartamento, bajó los dos pisos y salió al tráfico de la avenida Nevsky.
Tatiana vio la figura de Vladimir a lo lejos y corrió para llegar a su encuentro. Ella lo saludó rápidamente, tenía mucha prisa.
—Vova, ¿Por qué no entraste a la casa?
—Voy tarde también, no podía.
Ambos subieron al tranvía.
—Hoy fue una mañana extraña, Anastasia no estaba en casa cuando desperté.
—¿Dónde está?
—No lo sé, mamá no le dio mucha importancia, pero creo tengo mala espina.
—Debe ser que salió a hacer algo importante —restó importancia—. Cuando regreses te darás cuenta.
—Eso espero.
Tras un corto recorrido, Vladimir llegó a su destino. Desde la ventana, Tatiana pudo ver la imponente fachada de la Smolny, la sede del comité del partido socialista en la ciudad de Leningrado. El vehículo arrancó nuevamente tras llegar a su primera estación. Sin embargo, Tatiana no estaba ni un poco cerca de la fábrica Kírov.
Tatiana estaba frenética, faltaban solo cinco minutos para que se hicieran las ocho y ella todavía estaba sentada en el tranvía. Se estaba comiendo las uñas de la desesperación. No le beneficiaba que la castigaran con su salario.
Luego de su tortuosa espera, Tatiana bajó en la tercera estación, cuando miró su reloj eran las ocho y quince de la mañana. Entró corriendo y aunque quiso escabullirse de su jefa no logró hacerlo. Al final, el castigo no había sido monetario, sino de algo mucho más valioso: su tiempo. Tatiana saldría media hora después de que terminara su jornada… Y eso, solo si lograba terminar la demanda individual de cien panes.
El tiempo pareció estancarse. Tatiana veía como las masas de harina resbalaban entre sus manos empolvadas y se apilaban en una esquina del largo mesón de trabajo. Todo lo hacía por simple inercia, trabajando lo más rápido que podía, pues muy poco faltaba para llegar a las cincuenta unidades de pan.
De reojo alcanzó a ver el reloj. Las manecillas marcaban las dos y cincuenta de la tarde. La desesperación la embargó, pues todavía le faltaba terminar la otra mitad de su cuota diaria. En su afán por terminar, Tatiana ni siquiera tomó sus minutos de descanso ni de almuerzo. Aceleró sus manos sobre la harina para dividirla en pequeñas porciones, que luego dejaría sobre bandejas aceitadas para que sus compañeros de la siguiente jornada los hornearan en las calderas.
Cuando volvió a mirar el reloj, este marcaba las seis de la tarde, pero todavía le faltaban quince panes. Paró por un instante, se limpió las manos con un trapo y miró con tristeza la salida de sus compañeros.
Tatiana deseaba salir del trabajo tan solo para darse cuenta si Anastasia había regresado a la casa, pues desde la mañana la preocupación le había acelerado el corazón y estropeado el ánimo.
Finalmente, cerca de las siete y media de la noche, Tatiana salió de su trabajo. Era una noche fresca y de ánimos cálidos como el verano que pasaba, pero en cuanto llegó a su casa la efímera alegría que sentía se desvaneció por completo.
La madre se encontraba sentada sobre el sillón y el señor Iván estaba a su lado tratando de consolarla, la mujer lucía desesperada. Sus ojos estaban rojos e hinchados por causa de su llanto.
Tatiana entró a la casa y corrió hasta el sillón. En sus ojos se veía también el miedo de haber perdido a la hermana menor.
Alexéi Volkov también estaba presente. El muchacho se mantuvo alejado de la madre, se quedó sentado en la cocina releyendo lo que parecía ser una nota de cuaderno.
—¿Dónde está Anastasia? —pregunto de inmediato—, ¿está bien?
—¡Anastasia se fue hacia la región de Novgorod en un tren!
—¿Qué? ¿Por qué iba a hacer eso?
—Dejó una nota, dijo que iba a buscar al hermano de Nikolai, el hijo de los Pavlov.
Tatiana recordó la corta conversación que había tenido con Anastasia. Ciertamente la muchacha le había hablado algo del hermano de Nikolai, pero para ella no había existido nada raro en la conversa… ¿Quizá no le había prestado suficiente atención?
—Nada ocurrirá, mamá —trató de consolar. Tatiana no dijo nada sobre de los bombardeos a los trenes de evacuados que pasaban por las vías que dirigían a las afueras de la ciudad, pues hacerlo solo empeoraría las cosas—. Pronto regresará, lo aseguro.
—Tatiana, tu hermana no está aquí. No puedo pensar en más nada que eso —comentó la mujer mientras se secaba las lágrimas—. Esa muchachita me quiere matar de un infarto.
—Es todavía una niña, pronto entenderá las circunstancias en las que vive; una guerra.
—Eso es lo que me preocupa, que estamos en guerra y ella está en un tren en medio de la nada… Los alemanes están entrando cada vez más en nuestro hogar y pueden matarla.
Tatiana asintió.
—Hablaré con Vladimir. Le pediré ayuda, tal vez él me pueda dar una solución.
—¡Hazlo, hija! —aceptó desesperada.
Mientras Tatiana se arreglaba con un bonito y ligero vestido de algodón, de la cocina salió Alexéi. El muchacho alto y espigado se asomó a la sala, miró a todos con detenimiento hasta detenerse en Tatiana.
—Te acompañaré. También deberíamos ir a buscarla.
—¡Nadie se moverá de esta casa! —advirtió la madre—. He perdido a Anastasia, no perderé a mi único varón.
—No me pasará nada, madre —replicó Alexéi.
—¡No me interesa! Tú solo acompaña a tu hermana a ver a Vova, solo buscaremos la ayuda de ese muchacho, pero no permitiré que ninguno de ustedes vaya directo a la muerte.
Tatiana salió del apartamento junto a su hermano Alexéi, caminaron a lo largo de la avenida Nevsky Prospekt hasta llegar a una lujosa casa de la zona. Era la residencia de la familia de Vladimir, quien, aunque no parecía hijo de padres ricos, lo era. Además, su familia se codeaba con los dirigentes políticos de la ciudad, de ahí sus conexiones con la sede del Smolny.
Alexéi golpeó la cintura de Tatiana con su codo y le señaló el interior de la casa, que a simple vista parecía más comodo y lujoso que el resto de las casas vecinas.
—¡No lo dejes escapar, que es un pez gordo! —susurró con la idea de molestarla. Alexéi siempre había bromeado con el estatus económico de Vladimir, aunque a ratos parecía que tras sus bromas se escondía un prejuicio que creía que tenía su hermana mayor: interés y materialismo.
Tatiana lo miró de reojo, con la mandíbula tensa.
—¡Cállate de una buena vez, que no es momento de bromas!
—Está bien, solo habla rápido con tu Vova, que yo te espero acá atrás.