Anastasia estaba dormida, incluso estaba soñando. Era pasado medio día, el sol calentaba tenuemente y el paisaje opaco llenaba el lugar, dándole un aspecto lúgubre y tenso. En sus oídos, Anastasia sentía un traqueteo extraño, uno que se le hacía bastante conocido. Se parecía al sonido de los morteros que se habían utilizado contra los finlandeses en la guerra entre 1939 y 1940.
Anastasia no recordaba estar dentro del vagón de hojalata de un tren, mucho menos que podía estar transitando por una vía altamente peligrosa y en la que podía morir.
Cuando el sonido se hizo cada vez más fuerte, Anastasia se levantó de golpe. En ese momento, ella fue consciente de lo que en realidad sucedía. No eran solo sueños y el sonido de cañones no eran los de los finlandeses. Se trataba de la artillería alemana que atacaba sin compasión el tren.
Anastasia entró en pánico. Era la primera vez que se encontraba en medio del fuego cruzado, era la única vez que alcanzaba a dimensionar el horno de fuego por el que el ejército y sus jóvenes se veían obligados a afrontar con el pasar de los días. Se quedó paralizada por un instante, el sonido de las bombas al explotarse a los lados del tren la hacían encogerse en un rinconcito del vagón. Fue allí donde se atrevió a alzar la mirada para ver que la hojalata estaba agujereada, con esa simple acción un nuevo miedo se activó en su mente: morir desangrada por las balas.
Teniendo ese alarmante pensamiento, Anastasia se tendió sobre el suelo del vagón, cerró los ojos y deseó que ninguna bala la matase. Y aunque trató de no gritar, con las descargas de los aviones nazis sobre el tren, los alaridos desgarradores empezaron a salir de su garganta con mayor facilidad.
El corazón le latía acelerado, las lágrimas corrían por sus mejillas hasta caer y perderse sobre el suelo de latón. Anastasia estaba a punto de desfallecer cuando una bomba estalló sobre el techo de un vagón cercano al de ella.
Anastasia se tapó el rostro con sus brazos cuando la onda explosiva hizo que la cubierta de su vagón volara por los cielos y que ella casi saliera expulsada junto con la cubierta. Anastasia quedó desprotegida y tan solo escondiéndose tras la pieza de fabrica que se estaba transportando. Se encogió tanto como pudo, pero sabía que solo era cuestión de tiempo que el tren quedara completamente destruido.
Anastasia visualizó lo que tenía en frente. Era una plantación de trigo.
Si tenía la suficiente astucia, entonces podía esconderse allí durante la noche y luego seguir el recorrido del tren a pie hasta llegar a algún pueblo cercano. La idea parecía un s******o, pero quedarse allí también lo era. Así que, sin pensarlo más, Anastasia se acercó hasta el borde de la cubierta, miró atrás y a los lados para revisar que ningún avión alemán supiera de su existencia, para de esa forma poder escapar por los cultivos de trigo.
Cerró los ojos cuando saltó al vacío. Sintió como los cabellos se le movían sobre las orejas, sintió como si un avión estuviese tras de ella para explotarla en miles de pedazos. Eso solo era su imaginación.
Anastasia rodó por la loma de tierra y ladrillo que sustentaba la vía del tren hasta internarse entre los matorrales. Se sentía adolorida, tal vez se había roto una costilla, el cráneo, un brazo o una pierna. Anastasia no sabía qué era lo que le dolía y después de revisarse bien el cuerpo, vio que se había dislocado el pie. Bramó en voz baja, estaba adolorida, furiosa y con miedo en medio de la nada.
Anastasia alzó la mirada y observó el tren a lo lejos siendo perseguido por dos aviones de la Luftwaffe alemana. Desde lejos Anastasia vio que su vagón explotó tras la descarga de una bomba. En ese momento agradeció tener el pie dislocado y no estar muerta.
A sus espaldas sintió como otro avión avanzaba, así que se tendió sobre el cultivo para observarlo pasar. La esvástica negra relucía en la carcasa de los aviones, era el símbolo del mal.
Las alarmas antiaéreas empezaron a sonar. Allí Anastasia supo que se encontraba en Mga. El letreo bombardeado y con un pedazo volado decía Mga. Los cañones antiaéreos de los soviéticos empezaron a tronar en el ambiente, teniendo como objetivo derribar a los aviones alemanes.
Los cañones expulsaron sus proyectiles hacia los aviones en movimiento y después de varias descargas escasamente derribaron a uno de ellos.
Anastasia volvió a agacharse cuando el avión explotó y la metralla salió disparada sin dirección concreta. Anastasia sentía los brazos y la cara arder. Cuando se tocó, vio que sus manos se habían manchado con sangre. Entró en pánico e incluso pensó en correr hacia los cañones antiaéreos, pero no lo hizo, su pierna no se lo permitía. Ese era una buena excusa para no ponerse delante de los cañones.
Anastasia volvió a alzar la mirada y vio que varios obreros salían del tren volcado. El pequeño grupo corría detrás de un camión del ejército soviético. Sintiendo que estaba cerca de ponerse a salvo, Anastasia salió de su escondite y cojeó hacia el camión militar, que merodeaba el terreno para hacer la evacuación de los civiles.
La muchacha estaba llorando, estaba despavorida y lo único que quería era estar segura. La hierba le raspaba las piernas, pero ese sufrimiento era mínimo para ella, pues el objetivo era montarse en ese camión.
Anastasia logró integrarse al grupo que estaba montando el vehículo. Solo cuando estuvo dentro se permitió respirar con un poco más de tranquilidad, pero su fatal travesía no terminaba todavía.
A través de los barrotes delgados y descubiertos de la lona ocre, Anastasia vio que en el cielo se alzaban más aviones. Estos empezaron a descargar bombas contra el camión.
El pánico inundó a todos los pasajeros del vehículo. Muchos se empujaron entre ellos tratando de quedar protegidos. Anastasia casi cae del camión si no es que se sujeta con firmeza del barrote.
Los cañones antiaéreos volvieron a sonar. Anastasia cerró los ojos con fuerza, agarró los barrotes y pensó en Nikolái… ¿Habría sobrevivido al ataque? ¿Estaba muerto? De cierta forma, Anastasia ya se había resignado a morir despedazada por las bombas alemanas.