10 de octubre de 1941.
El cielo ennegrecido hacía que las noches fuesen confusas y tensas. La luna no se veía y tan solo quedaba imaginarla, evocarla de los rincones viejos de la memoria.
La ciudad de Leningrado se veía a lo lejos. Incluso la cúspide dorada de la catedral de San Isaac se perdía entre las nubosidades de humo, provocadas por las explosiones en los alrededores.
El jinete de bronce estaba escondido tras bolsas gigantes y llenas de arena, que de seguro durante los bombardeos lo protegerían.
Muy lejos de la ciudad de Leningrado, Nikolái Pavlov se encontraba sentado en la carpa improvisada en la que médicos y enfermeras atendían a los soldados heridos que llegaban del en Shlisselburg.
Era de noche, una fría y solitaria noche de octubre.
Por los pasillos, escuchaba el transitar del personal médico, pero le importaba poco. No podía dormir, tampoco le interesaba hacerlo.
Nikolái se levantó del suelo y buscó una hoja arrugada del bolsillo de su pantalón. La desdobló y estiró contra el suelo. No tenía mucho en el momento, pero él estaba seguro de que a Anastasia no le importaría recibir una carta arrugada.
Nikolái quería mantenerse fuerte y enviarle buenos saludos a su amiga de la infancia. Lo que quería era evitar el tema de la guerra, pero al ver a tantos soldados morir en una camilla, solos y anhelando regresar con sus familias, sabía que no podía hacerlo. Sería como negar la vida de ellos, quedar como figuras de papel sin alma, sin vida.
Para ser un jovencito de unos dieciocho años, Nikolái ya se veía como un anciano. El rostro apagado, la barba espesa y las ojeras le daban una apariencia más adulta.
El cansancio no era solo físico. También era mental.
Nadie seguiría su vida cuando diariamente, de sus manos escapaba como arena la vida de otras personas. Las ayudas medicas no servían, al final lo que los soldados querían en su lecho de muerte era sentir el calor de una mano… Con preferencia la de sus esposas y madres, pero lo único que conseguían era la mirada indulgente de las enfermeras, quienes les daban un silencioso y triste adiós.
En su carta, Nikolái le hizo saber Anastasia, que se encontraba bien.
Hasta ese momento, sentía que amarraba sus sentimientos con tal de no alarmar a Anastasia de la verdadera situación, y no solo en Shlisselburg, también en el resto de los frentes de guerra, donde muchos soldados morían por la inexperiencia en la guerra y el mal o escaso entrenamiento brindado por el ejército ruso.
Nikolái decidió que también escribiría acerca de los soldados que nunca eran recuperados y que quedaban tirados en la batalla. Ellos eran rostros sin nombre, sin historia, sin futuro. Nadie los reclamaba, nadie se atrevía a recogerlos por la peligrosidad del terreno.
Nikolái decidió que su carta no sería demasiado larga y efectivamente no lo fue.
Iba a sellarla para luego hacer el largo proceso que le permitiría enviar el correo, pero no pudo hacerlo, pues la alarma antiaérea empezó a sonar. Aquel sonido le aterraba. Cada vez que lo escuchaba, todo su alrededor daba vueltas y se volvía mudo.
Nikolái salió de su escondite y corrió por los pasillos hasta encontrar a su padre.
—Bombardearon y hay muchos soldados heridos. Ve con el grupo de rescate a buscar a los sobrevivientes —le ordenó con voz temblorosa.
Nikolái aceptó, aunque se moría del miedo.
—Claro.
Estuvo a punto de salir, pero el doctor Sergey Pavlov lo detuvo. En sus ojos se vio el miedo que sentía de mandarlo hacía el campo de guerra. Caminando con rapidez, agarró uno de los cascos, regresó hacia Nikolái y se lo ajustó en su barba.
—Ten cuidado, ¿de acuerdo?
—Sí, papá —aceptó débilmente.
Nikolái salió del hospital móvil. Afuera hacía mucho frío y el abrigo a justas podía mantenerlo caliente. Si octubre era así de gélido, ya él podía imaginar cuando llegara noviembre y con él las temperaturas empezaran a bajar.
Nikolái suspiró y una bruma salió de su boca. Desde la llegada de varios médicos y paramédicos voluntarios y militares, las caravanas que salían siempre habían sido numerosas. Sin embargo, en los campos, muchos médicos quedaban y nunca regresaban. Morían.
Los primeros días, los voluntarios se mostraban optimistas. Pero la situación los fue haciendo apagar, cada ataque alemán generaba el pánico generalizado. Nadie quería ir a buscar heridos o atenderlos mientras el fuego de las balas y cañones era lo que sus oídos escuchaban.
El silencio en cambio resultaba el mayor de los aliados durante los tensos minutos que duraba el recorrido. Cuando llegaban a la base militar, desembarcaban los vehículos con total sigilo y rapidez. Tras las órdenes del comandante a cargo de la defensa, los voluntarios y médicos empezaban a desplazarse en medio de la oscuridad, por las trincheras, entre el alambrado y el fango.
Cuando Nikolái avanzó, las piernas le temblaban. En un momento, decidió mejor arrastrarse y no andar de rodillas. En la oscuridad, veía las sombras de los cuerpos, algunos muertos, medio vivos y otros con las extremidades amputadas.
Nikolái trataba de no levantar la cabeza, ni de levantarse, pues desde el otro lado, la línea enemiga nazi estaba pendiente de no dejar prosperar el mando ruso.
Después de hacer un pequeño recorrido, Nikolái se arrodilló en frente de un soldado para verificar que respirara. Este lo hacía, respiraba con dificultad, pero efectivamente estaba vivo.
Nikolái revisó al hombre con las manos para establecer la zona donde estaba herido. Rápidamente, empezó a arrastrarlo hasta la trinchera más cercana. Cuando lo logró, un médico empezó a curarlo. Era vital que se tratara a tiempo a los soldados para evitar posibles infecciones.
Nikolái sabía que su trabajo era rescatar a soldados, así que regresó a buscar más heridos, y después de arrastrarse con los codos por el fango, un disparo lo hizo pegarse por completo al suelo. Todo quedó en silencio durante un buen rato, Nikolái no se atrevió a moverse. El corazón le palpitaba con frenesí.
De repente, Nikolái escuchó un susurro. Giró la cabeza hacia todos lados. La voz que había escuchado no podía ser producto de su imaginación. Efectivamente pertenecía a una persona de carne y hueso.
Nikolái llegó junto al hombre tras desplazarse sobre el fango espeso. La franja de tela roja que llevaba en uno de sus brazos le indicó que se trataba de un oficial del ejército.
El hombre estaba despierto.
—¿Qué le sucedió, oficial? —preguntó mientras lo acomodaba para arrastrarlo de regreso a una zona más segura—. No se preocupe, lo llevaré sano y salvo para que un médico vea su herida.
El hombre de aproximadamente treinta y cinco años negó con su cabeza.
—Muchacho, no sé cómo has llegado hasta aquí, ni como yo sigo vivo, pero esta zona está llena de minas. No será facil llevarme de regreso.
Nikolái observó por unos instantes el rostro del oficial y cuando sintió el sonido de los motores del camión, regresó la mirada hacia el lado soviético. Se desesperó, pues eso significaba pasar más tiempo expuesto al peligro.
—Se han ido —comentó suavemente.
El hombre se movió ligeramente hasta quedar en medio de una zanja. Nikolái lo siguió con cautela.
—No te preocupes, volverán en la mañana.
—Pero estamos aquí.
—Es peligroso, lo sé, pero no tenemos más alternativas que pasar en vela esta noche. No podemos movernos demasiado, el campo está minado y al frente están los alemanes.
—Señor, no podemos quedarnos aquí. Principalmente usted que está herido.
—Muchacho, ¿Cómo te llamas?
—Nikolái.
El oficial asintió.
—Bien, Nikolái… Presiento que tendrás que sacarme la bala y suturar en este mismo lugar.
—Señor, no cuento con las condiciones necesarias… Además, nunca lo he hecho. Solo soy un rescatista.
—Si estás aquí es porque eres del área de medicina. Vamos, no tiene mucha ciencia —afanó mientras le señalaba el segundo bolsillo de su cazadora—. Mira, ahí hay un trapo, sácalo.
Nikolái así lo hizo. El hombre lo instó a ponérselo en boca. Nikolái sacó de su pequeño kit un frasco de alcohol. Sacó las agujas y el hilo. En la oscuridad de la noche, casi nada podía ver. Iba a ser imposible ensartar el hilo en la aguja.
—Señor, no veo nada. No podré acomodar el hilo. Solo desinfectaré la herida.
El oficial asintió.
Nikolái rebosó la herida del oficial con alcohol, haciendo que el hombre apretara el trapo. Si eso le dolía, la sutura le dolería aun más.