Anastasia corrió por la avenida Nevsky hasta llegar a su casa. Durante el recorrido, evitó ver varios cuerpos muertos, ensangrentados y algunos mutilados, faltos de un brazo, una pierna o una mano. Los bombardeos también cobreaban muchas víctimas.
Cuando llegó al edificio, se alivió al ver que nada grave había ocurrido. La fachada del edificio lucía cien años más vieja y muchas ventanas habían salido disparadas; los retazos de vidrios se veían por doquier. Luego, subió las escaleras con lentitud, evitando pisar los trozos de vidrio.
Al llegar al tercer piso, Anastasia vio la puerta de su casa abierta, la empujó y vio a su madre tirada en la alfombra. La mujer estaba consciente, pero temblaba y tiritaba como si fuese un gato al que hubiesen mojado con agua fría.
Anastasia corrió hasta ella y la levantó con mucho esfuerzo, ambas se tumbaron sobre el sofá a esperar que Tatiana y el padre regresaran del trabajo. La espera no fue larga, pues al poco tiempo llegaron.
Anastasia había intentado hacer hablar a su madre, pero sus esfuerzos habían sido en vano. La mujer estaba en shock y solo repetía una y otra vez que iban a morir.
Anastasia decidió callar. Cuando Tatiana entró a la casa, agarró a la señora Volkova y la llevó hacia la cocina. Era mejor que la hermana mayor se encargara, pues Anastasia simplemente no sabía cómo consolarla. Nada la consolaba, nada en absoluto.
Sintiéndose sola en la salita, decidió salir de la casa. Respiró profundo y vio el desastre que habían dejado los bombardeos. Sintió una mezcla de pánico y furia.
El ejército nazi estaba acabando con su hogar, con su vida. Por un momento, quiso sentarse sobre el balconcito, pero desde las escaleras que conducían al cuarto piso, Nikolái Pavlov la llamó.
Anastasia giró el cuerpo y caminó hacia dichas escaleras. Lo observó y sonrió.
—¿Cómo estás? —preguntó Nikolái.
—Bien, supongo —respondió con suavidad mientras se sentaba a su lado—. ¿Cómo está Denis?
—Está bien.
—Me alegra. Me imagino que es difícil para él seguir con la vida durante la guerra.
—Ha visto tantas cosas que no sé si su mente está bien.
—Estará bien, te lo aseguro.
—Eso espero —dijo con una sonrisa forzada.
Anastasia vio dicha actitud como algo extraño en su amigo. Sospechó que algo le sucedía.
—¿Qué te pasa? Te noto raro.
—Pasan muchas cosas, Tassya.
Anastasia frunció el ceño.
—Vamos, cuéntame.
Nikolái sonrió ampliamente. Sus dientes se alcanzaron a ver a través de los labios rosados y finos. Tal vez aquella expresión denotaba gracia, pero Anastasia sabía que solo lo hacía para no preocuparla. Él siempre acostumbraba a hacer lo mismo cuando estaba preocupado, incluso desde que era un niño.
—Dime, sabes que siempre te escucho.
—No es tanto de escuchar… —titubeó—. Es algo que te quería decir…
—Adelante, soy todo oídos. Además, pretendo contarte algo también.
Nikolái asintió.
—Me iré de Leningrado. Mi padre quiere que ayude atendiendo a los heridos en el frente de Shlisselburg. El ejército lucha por romper el cerco desde dentro, pero hay muchos heridos.
Anastasia lo oyó sin realmente estarle entendiendo.
—¿Te vas? Acabas de venir.
—Lo sé, pero no tengo alternativa. Mi padre está haciendo lo posible para que no me manden a las filas. Así que debo ser su enfermero.
Anastasia asintió mientras bajaba el rostro.
—¿Cuándo volverás? —preguntó débilmente.
—No lo sé. Supongo que duraré meses en regresar. Estimo que, si las cosas mejoran, volveré a finales de año.
Anastasia rompió a llorar. Tantas perdidas juntas eran muy pesadas de soportar. Primero Alexéi y ahora Nikolái.
—No llores —trató de consolar el muchacho mientras la abrazaba—. Estaremos bien, no te preocupes.
—Es que te irás. Alexéi también se fue y no sabemos ni siquiera donde está.
—No le pasará nada a Alexéi, te lo aseguro —dijo sin mucha convicción. Él no estaba nada seguro de lo que decía—. Dentro de unos meses verás que va a regresar.
—Eso espero —respondió baja de ánimos—. Cuanto quisiera que la guerra terminara.
Nikolái quiso responderle, pero si lo hacía de seguro ella solo se iba a preocupar. Aquella guerra sería muy larga.
—Anímate, Tassya. Te daré un regalo cuando vuelva si te propones a seguir con vida pase lo que pase.
—Está bien, ¿qué me regalarás?
—¿Qué te parecen los chocolates?
—Está bien, quiero dos barras de chocolate cuando regreses.
Nikolái sonrió al escucharla, pues ya sospechaba que ella iba a pedirle chocolates. Anastasia era como una niña pequeña, insensata e ingenua. Lo único que le preocupara era que la inocencia que había en su corazón le acarreara la muerte en una ciudad donde poco a poco la humanidad en las personas iba desapareciendo.
—Entonces, debes cuidarte mucho —sentenció—. Me ibas a decir algo, ¿verdad?
Anastasia negó de inmediato. Ya no tenía sentido contarle a Nikolái la situación tensa que había entre ella y Vladimir. Pronto, Nikolái se iría y ella no quería preocuparlo en exceso, cuando en el campo tendría que soportar cosas mucho más críticas.
—No es nada. Una niñería.
—Bien, tengo que empacar las maletas. Recuerda escribirme, ¿de acuerdo? —dijo Nikolái.
Anastasia asintió. Lo observó con una sonrisa en el rostro mientras él se retiraba a su apartamento. Regresó al suyo y buscó algunas hojas de cuaderno que Tatiana le había regalado. A partir de la idea de Kolya de enviarle cartas una vez él estuviera lejos de Leningrado, Anastasia pensó que sería bueno empezar a escribir un diario.
Los tiempos se complicaban y la vena artística o literaria podía abrir el cerco de la desgracia. Tal vez, al final aquel diario se convertiría en un testimonio generalizado de los habitantes que habían padecido el asedio nazi.
Teniendo esa nueva idea en la cabeza, Anastasia sacó una de las hojas, la dobló por la mitad, tomó un bolígrafo y escribió en una de las caras lo que parecí ser una introducción a sí misma.
Nací el 20 de diciembre de 1925. Tengo 16 años.
Aquella primera frase le pareció correcta. Lo primero que debía hacer era presentarse y decir su edad. Eso suponía que debía hacer. Inconscientemente, Anastasia no escribía para ella, sino para quienes muchos años después, conocieran lo que había sucedido en la vieja ciudad soviética de Leningrado y leyeran de primera mano el testimonio de una niña de dieciséis años que había vivido varias décadas atrás.
Llegué al seno de mi familia durante un frío invierno, roja como el fuego y llorona como los gatitos.
Anastasia rio al leer su pequeño escrito. Parecía que lo suyo no solo era tocar la flauta, sino también escribir. Ese día, descubrió que le gustaba escribir tanto como hacer música. Aquello, la hizo evadir la triste realidad de la ciudad por unos cuantos días… Mientras duró el encanto.
Octubre entraba poco a poco y con él, la llegada del invierno. La temperatura empezaba a descender y los alimentos seguían racionándose en menor cantidad.
El hambre era inminente.
Los Volkova en cambio, no pasaron muchas dificultades con el alimento durante los primeros meses del asedio. Todo era gracia de Vladimir, quien diariamente llevaba más comida a la cocina de los Volkova. Viendo aquello, Anastasia no se atrevió a acusar al prometido de su hermana. Al final, sus planes se desvanecieron completamente.
Vova había comprado a la familia con la comida, incluso a Anastasia, quien trataba de evitarlo a toda costa con tal de comer un poco más. Nadie se lo podía reprochar, pues el hambre ya hacía mella en los ciudadanos, incluso en algunos vecinos de la familia.
Anastasia tenía miedo de todo. Temía el día que Vladimir los dejara de patrocinar. De cierta forma, se sentía maniatada. Ya ni siquiera lo observaba, ya no le hablaba. Ella sabía que en algún momento él se iba a cansar de sus desplantes e iba a querer mayor compromiso de su parte.
La idea le revolvía el estómago. Definitivamente, Anastasia no lo iba a complacer, pero debía entonces buscar un plan alternativo, uno que no desmoronara a la familia en el hambre. Ese era el problema, no había ninguna otra alternativa más que aceptar lo que Vladimir les ofrecía… o morirían de hambre durante los próximos meses.
Anastasia tenía el tiempo y la situación en contra. Pero por más que pensara, no hallaba ninguna salida.
La noche se hacía más oscura y en ella, Anastasia solo rogaba encontrar una pequeña luz, que le permitiera obrar correctamente.