11 de septiembre de 1941
Anastasia observó desde lejos como su hermano Alexéi alistaba sus maletas, lo veía pasar de un lado a otro, moviéndose con afán. Ella se había rendido ante la posibilidad de convencerlo de no ir. Él era demasiado terco. No iba a aceptar el consejo de su hermana menor, a quien además consideraba una niñita sin experiencias de la vida.
No era extraño el comportamiento de Alexéi. Pues, de alguna manera, los hombres de la ciudad querían demostrar que estaban preparados para defenderse del enemigo. Sin embargo, lo cierto era aquella sensación no era más que un engaño del corazón.
Los jóvenes sin preparación militar no servían para la guerra. Iban a ser puestos al frente del enemigo, serían carne de cañón.
Anastasia se sentó sobre el sofá. Observó las paredes descoloridas en un intento por distraerse de lo que hacía su hermano Alexéi. Pero era imposible ignorar la situación. La señora Volkova no dejaba de llorar. Los sollozos se escuchaban en todo el pequeño apartamento.
Anastasia vio las ventanas completamente cubiertas con cinta adhesiva y suspiró nerviosa. Recordó que los alemanes habían iniciado los bombardeos aéreos en la ciudad, también llegó a su mente el hecho de que la ración de alimentos había bajado, y todo como producto del bombardeo a los almacenes de comida de Badaev.
Eran las seis de la mañana. Era temprano, pero ese día Anastasia simplemente no quería dormir hasta tarde.
Luego de un rato, Alexéi salió de la habitación con su maleta a cuesta y la observó con tristeza mientras se acercaba a ella.
Los ojos de Anastasia se humedecieron. Se sentía fatal con la ida de su hermano. No podía soportar la idea, le parecía algo sin sentido. Alexéi definitivamente estaba siendo irrazonable y terco, cuando se suponía que la familia debía estar unida para protegerse y salir adelante.
Alexéi la abrazó con fuerza. Anastasia se desplomó en sus brazos y se dedicó a calmar el llanto con el abrigo de Alexéi.
—Alyosha, no te vayas.
—Cuida de mamá.
—Debes hacerlo tú.
Alexéi lo sabía, pero en esos momentos sus intereses eran otros.
—Me despediré de ella.
Anastasia lo agarró de la manga.
—No, solo vete.
Alexéi quedó en silencio por unos instantes. Se había quedado en frente de Anastasia sin hacer más nada. Al final, asintió. Supo que despedirse de su madre solo empeoraría la situación.
En silencio, caminó hacia las escaleras y las bajó con lentitud mientras dejaba que Anastasia lo siguiera. Al llegar a la acera de la avenida, Alexéi giró el cuerpo hacia Anastasia para depositarle un beso en la frente.
—Regresa con vida, Alexéi —pidió débilmente. Sus ojos estaban rojos por tanto contener las lágrimas—. Te esperaremos.
Anastasia contempló a Alexéi. Su cuerpo alto se iba perdiendo a medida que el asfalto se hacía más largo. Aquella fue la última vez que Anastasia vio a su hermano. El recuerdo cálido yacía en su memoria como la primavera después de un cruel invierno. Olvidarlo no iba a ser fácil, no cuando las perdidas iban a empezar a rodearlos en cada callejuela de Leningrado. La incertidumbre la iba a acompañar incluso cuando pensara que estaba sola.
Esa misma mañana, Anastasia se encaminó hacia los establecimientos que repartían las raciones de alimentos.
Las filas eran interminables y solo para conseguir un poco de pan, pues las provisiones se habían reducido a solo eso y a montones de cenizas.
El efecto de los bombardeos ya se empezaba a sentir en los estómagos de los habitantes. La ración para personas a cargo se había bajado a 250 gramos de pan.
Andar en las calles ya no era seguro. Las personas debían estar cerca de los refugios antiaéreos durante los periodos de tiempo que utilizaban los alemanes para bombardear. Usualmente entre ocho a nueve de la mañana, once a doce del mediodía, de cinco a seis de la tarde y 8 a diez de la noche. Todo con la intención de acabar con las fábricas, la electrificadora y el suministro de gas. Y, sobre todo, acabar con la esperanza y la vida de la gente que habitaba la ciudad.
Anastasia casi siempre tenía muy presente el horario estricto al que se cernían los alemanes. Sin embargo, ese día lo olvidó por completo. Al llegar a su turno, recogió todo el pan asignado a la familia y regresó con calma. Mientras lo hacía, vio pasar al resto de las personas que transitaban con afán. Ni con eso recordó los bombardeos.
Fue solo cuando alzó los ojos al cielo azulado cubierto de nubes, que vio a los alemanes en sus Luftwaffe. Desde lo alto del cielo parecían pequeños pajarillos que sobrevolaban en busca de un buen árbol en el que posarse.
Anastasia empezó a andar rápido también. Ya no había mucha gente cerca de ella y debía suponer que ya habían encontrado un refugio.
Anastasia empezó a desesperarse. Se quedó de pie en la acera sin saber qué hacer, no tenía claro donde había más refugios.
De repente, una explosión estalló a lo lejos. El sonido la ensordeció por unos instantes. La bomba altamente explosiva había caído cerca de la avenida Nevsky. Anastasia se encontraba al otro lado del puente que comunicaba con la avenida. Sabía exactamente lo que debía hacer, así que corrió hacia el interior de uno de los grandes edificios que rodeaban la universidad estatal de Leningrado.
El lugar estaba desierto. Anastasia supuso que los residentes del edificio estaban en el refugio. Observó las escaleras, pues dicho edificio tenía mucho parecido con el de ella. Sin embargo, solo fue hasta que llegó al sótano, que vislumbró una puertecilla metálica.
Anastasia corrió a abrirla, le costó un poco, pero al final pudo pasar al largo pasillo que precedía al refugio. Las explosiones se sentían cada vez más cerca y cada paso que daba lo sentía en el resonar del concreto.
El pasillo se le hizo infinito. Pero logró entrar al refugio.
Allí había alrededor de veinte personas. El lugar era pequeño y todos estaban apiñados, con tal de que todos pudiesen protegerse.
Nadie hablaba. El sonido inquietante de los grillos y el goteo de agua lograba descolocar a las personas allí reunidas.
Anastasia se echó en uno de los rincones y esperó con paciencia a que los bombardeos pasaran. Cuando levantó nuevamente la mirada, un pensamiento aterrador pasó por su mente. Tal vez esos rostros que veía en el refugio serían los siguientes muertos de la guerra.
Sintiendo el corazón acelerado, volvió a bajar la mirada y apretó las raciones de pan contra su pecho. No quería perderlas, de eso pendía su vida y la de toda la familia. Sí, con esos pocos gramos, algunas familias de Leningrado sobrevivirían a la guerra.
Anastasia apretó el rostro contra las rodillas. Se encontraba encogida en uno de los rincones, suspirando en silencio, respirando agitada, pues no hallaba la hora de regresar hasta el apartamento.
Si la intuición no le fallaba, la bomba había caído muy cerca del puente Nevsky. Es decir, a unas pocas cuadras del edificio. La inquietud por saber sobre su familia le estaba amargando el corazón.
Después de casi una hora, Anastasia pudo levantarse del rincón. Los bombardeos habían pasado, pero la incertidumbre la estaba volviendo loca. Sucedía algo extraño, su corazón se estremeció, debía volver sin importar más nada.
Anastasia corrió a través del pasillo. Salió a las afueras del edificio y observó la devastación completa. Las calles estaban agrietadas y escombros estaban esparcidos por todos lados. Ella corrió, cruzó el largo puente, que sorpresivamente no había sido derribado y luego de varios minutos llegó al edificio. Varios edificios aledaños estaban ardiendo en intensas llamas, tal vez nadie había apagado las bombas incendiarias, ¿quién lo iba a hacer? Nadie en su sano juicio iba a quedarse en la azotea mientras las bombas explosivas caían.