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1385 Words
8 de septiembre de 1941. La ciudad de Leningrado se levantaba en medio de una bruma agria de malas noticias. Las radios de todas las casas difundían a toda voz que el ejército alemán había tomado Shlisselburg. El pabellón alemán se alzaba sobre la cúpula de la iglesia. A las siete de la mañana del ocho de septiembre de 1941, la ciudad quedó totalmente aislada del resto del país. Los alemanes habían cerrado el cerco alrededor de la ciudad una vez estuvieron a las puertas. No siguieron su arremetida, pues hacerlo significaría cansar a sus tropas. Por otro lado, la caída del ejército ruso había sido humillante. En tan solo un poco más de media hora, los combates habían terminado a favor del ejército nazi. Ya poca esperanza le quedaba a los dos millones y medio de personas que vivían en la urbe. Estaban atrapados dentro de una ratonera. El desordenado frente de batalla soviético no se explicaba como el enemigo sacaba tanta fuerza y b********d. Los alemanes habían arrasado con pequeñas ciudades y pueblos en su esfuerzo por llegar a Leningrado. Lo más preocupante de todo era que no encontraban resistencia. Anastasia había quedado petrificada mientras escuchaba la radio. Días antes, los alemanes habían lanzado octavillas sobre la ciudad desde sus aviones. Anastasia todavía conservaba una. Si bien el mensaje le había parecido petulante, en esos momentos, Anastasia no dudaba que los planes de los alemanes tuvieran que ver con acribillar a los ciudadanos en el interior de Leningrado. No dejar que la ciudad viviera. Los rumores que se esparcían en la ciudad generaban desolación en las personas, pues se creía que Leningrado solo tenía reservas para un mes. De ser ciertos los rumores, la hambrina empezaría a ser un rival cada vez mayor, uno que se acercaba por la retaguardia sin avisar. Los últimos días de agosto y primeros de septiembre fueron los más frenéticos. La ciudad entera se había descontrolado. Todos querían obtener provisiones, y por conseguirlas estaban dispuestos a dar todo el dinero que disponían. Los Volkova también se habían afanado por conseguir alimento y mantenerlo guardado para cuando la escasez llegara, pues aseguraban que en algún momento llegaría. ¿Qué sería de ellos? ¿Qué planeaban exactamente los alemanes? Anastasia tenía muchas preguntas, pero no alcanzaba a dimensionar la magnitud del ataque nazi. Estando la ciudad sitiada, con todas las vías ferroviarias bloqueadas y sus ciudadanos sintiendo un miedo que arreciaba a la par de la llegada del invierno, los alemanes ultimaban los detalles de su plan casi perfecto: matar a la gente de hambre, con bombardeos y teniendo como aliado al frío que durante los próximos meses cobraría muchas vidas. El aliado de los nazis no solo era la fortaleza de su ejército, también el hambre. Ellos sabían que no solo las balas mataban. En cambio, el enemigo de la unión soviética no era solo la Alemania nazi. Al final, la política expansionista promovida por Stalin solo hizo empeorar la situación. Ese mismo ocho de septiembre, Finlandia presionó en el norte, retomando así su antigua frontera, anexándose el territorio que los soviéticos le habían quitado durante la guerra de 1939 a 1940. La realidad de Leningrado empeoró tan solo unas pocas horas después del cerco completo. Pasadas las seis de la tarde, los aviones de la Luftwaffe alemana engulleron a la ciudad en una nube oscura de más de seis mil bombas incendiarias. Dicha nube terminó por levantar a gritos el temor de la gente. Una hora después, el caos reinó en la ciudad. La situación era desesperada. La Luftwaffe había descargado cerca de cuarenta bombas altamente explosivas sobre los almacenes de comida de Badaev. Allí se consumieron por las llamas alrededor de dos mil quinientas toneladas de azúcar, manteca, harina y carne. La gente miraba con pesar como el humo ennegrecido y pesado se elevaba poco a poco como una columna hacia el cielo. A esas alturas, Anastasia ya podía entender las intenciones de la Wehrmatcht. Resultaba obvio que los alemanes querían hacer caer la ciudad matando a sus habitantes de hambre. Era de noche y el silencio era pasmoso. Hacía poco Tatiana y Alexéi habían llegado de sus trabajos y reposaban en el comedor. Ambos escuchaban con atención las palabras de la señora Volkova. Lo hacían solo por educación, pues la noticia ya se había extendido por todo Leningrado. Anastasia salió de la habitación y entró a la cocina. —¡Nastya! —llamó Alexéi—, no estés triste. El ejército rojo defenderá la ciudad. —¿Así como defendió Mga? —preguntó con tristeza mientras se acercaba a su hermano para abrazarlo—. Alyosha, siento que algo malo pasará. —No digas eso, Anastasia —reprendió Tatiana—. Nada malo nos pasará. —Tatiana, yo vi la b********d de los alemanes cuando estuve perdida cerca de Mga. No dudo que estén planeando matarnos de hambre… ¡Bombardearon el almacenamiento de la ciudad! La madre frunció el ceño antes de responderle a Anastasia. —Debemos cubrir las ventanas con cintas. No queremos quedarnos sin el vidrio antes de que llegue el invierno. —Eso es cierto, madre—respondió Alexéi. Tenía la mirada distante. Su interés estaba en otro lado y finalmente se decidió a comentarlo—: yo… debo darles una noticia también. Todas las mujeres presentes en la cocina miraron extrañadas a Alexéi. —¿De qué se trata, hijo? —interrogó la madre. Alexéi jugó con sus dedos por un rato antes de responder. —Me iré —nadie entendió lo que decía. Alexéi se levantó de la silla y despeinó sus cabellos con nerviosismo—. Me uniré a la fuerza voluntaria. El silencio se apoderó del lugar. Anastasia no se atrevió a hablar. Tatiana miró a Alexéi con mucha intensidad. La madre abrió la boca sorprendida. —¿Qué quieres decir, Alexéi? —interrogó la señora Volkova. —Madre, sé que no quiere, pero es mi decisión. —¡Estas siendo irrazonable —bramó Tatiana, quien se levantó de su silla a encarar a su hermano! — Nos dejarás a la deriva, Alexéi. No puedes ser tan desconsiderado. —¡No te metas en mis asuntos, Tatiana! —le respondió de igual manera. Solo allí Tatiana se calmó, pues él le había respondido tal y como ella lo había hecho el día que Alexéi intentó hablarle de Vladimir— ¡No tienes ningún derecho a hacerlo! Tatiana volvió a sentarse. No podía decirle más nada a Alexéi. No tenía autoridad moral para hacerlo. —Madre, si él quiere irse, que lo haga —se limitó a decir—. Es adulto y sabe qué es lo que hace. —¡No lo permitiré! Alexéi suspiró. —Madre, ya lo he decidido. —Alexéi, mi Alyosha, ¿cómo puedes irte con los voluntarios? He escuchado que ni siquiera les han dado entrenamiento militar, tampoco están armados y solo son usados para morir en el frente de batalla o para cavar trincheras —sollozó—. Si te vas, me romperás el corazón, Alexéi. Alexéi miró a su madre con tristeza. Le dolía dejarla, pero en su mente, el honor de un hombre se demostraba con su valentía. Era lo que quería hacer. —Madre… —Hijo, por favor. —Lo siento, madre. Alexéi abandono la cocina, dejando a su madre hecha un mar de lágrimas. El muchacho estaba decidido a irse con el ejército de voluntarios. Ninguna palabra iba a disuadirlo de su objetivo. En una de las esquinas, Anastasia miró como su familia se iba fragmentando poco a poco. La tristeza asaltó su corazón al saber que la guerra no solo le estaba robando la paz a la ciudad. También le estaba arrebatando a Alexéi, a su querido Alyosha. Pronto, la madre y la hermana de Anastasia abandonaron la cocina y ella quedó sentada sin nada más que hacer. Al rato, escuchó el sonido de martillos y cuchillos que provenía del cuarto que compartía con su hermana. De seguro, Alexéi estaba protegiendo las ventanas antes de irse de casa. Anastasia salió de la cocina y se asomó a la habitación para ver trabajar a su hermano. Las ganas de llorar que sentía le estremecieron la garganta… su familia se desmoronaba sin ninguna resistencia. Alexéi se iría a la guerra.
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