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1435 Words
Nikolái desinfectó la herida del oficial del ejército y se dedicó a esperar que el tiempo pasara. Sin embargo, lo que ellos no sabían era que a medida que pasaban las horas, más peligro corrían. Tanto el teniente como Nikolái pensaban que al amanecer los rusos empezarían nuevamente a a****r, pero no fue así. Mientras ellos se quedaban a la espera de la ayuda, los soviéticos de las trincheras preparaban todo para su silenciosa retirada. Los soviéticos se habían retirado y los alemanes empezaban a salir de debajo de la tierra. Eran como plaga. Cargaban con sus fusiles en mano, peinando la zona y rematando a aquellos que todavía respiraban. Nikolái miró de reojo al oficial y este también le regresó la mirada. El corazón le palpitaba acelerado. Quería gritar y salir corriendo, pero no podía hacerlo. Estaba paralizado del miedo. Nadie en su sano juicio quería morir, y menos de esa forma. —Nikolái —llamó el hombre—. Debemos retroceder a las zanjas. Sígueme y no tomes otro camino, porque estamos en un campo minado. Ellos no se acercarán mucho, te lo aseguro. Nikolái asintió y le siguió. De vez en cuando, trataba de girar el rostro para ver hacia atrás. Le aterraba cada vez que veía como figuras humanas se movían en el interior de la neblina. De repente, cayó a una zanja. Tocó un cuerpo muerto y rápidamente lo hizo a un lado. Cuando miró hacia arriba, notó que el oficial lo observaba. —Muchacho, cúbrete con ese cuerpo —ordenó—. No hables hasta que yo lo haga, no te muevas. Es más, no respires. Nikolái asintió con su cabeza. Le sorprendía ver la entereza y frialdad con la que el oficial le hablaba. Ese hombre verdaderamente estaba acostumbrado a la guerra. En ese momento, Nikolái no supo si él estaba protegiendo al militar o si él lo protegía a él. No supo exactamente cuánto tiempo estuvo en la zanja y cubierto con el cuerpo de otro soldado, pero si supo que la experiencia fue nefasta. Su corazón latió con fuerza en el pecho cuando un soldado alemán pasó por su lado. Las botas de cuero se hundieron en el fango justo a un lado de la zanja. Nikolái contuvo la respiración. Apretó los ojos con fuerza mientras trataba de calmar a su agitado corazón. Pensó que moriría. En su mente, la figura de su madre se hizo cada vez más nítida. La familia, los amigos… Anastasia. El recuerdo se desvaneció. La sangre empezó a correr acelerada por todo su cuerpo, cuando el corazón hubo ralentizado los latidos. De repente, un estallido se escuchó. El fango salió disparado a todos lados, manchando también el rostro de Nikolái. Después de ello, los alemanes corrieron en varias direcciones mientras avisaban la presencia de minas. Luego de varias horas de espera, los primeros rayos de la mañana empezaban a vislumbrarse en la lejanía. En un nuevo día, tal vez Nikolái y el oficial podían tener más posibilidades de sobrevivir. Fuese como fuese, Nikolái pretendía luchar hasta el final, salvarse a él mismo y al oficial. De repente, Nikolái escuchó la voz del oficial. —Aquí —le respondió mientras movía de sí el cuerpo—. Estoy aquí. —Sal, que los alemanes se han ido a ronda. Es nuestra oportunidad. Nikolái asintió mientras se levantaba rápidamente, salía de la zanja y ayudaba al oficial a salir de otra zanja. —Correremos hasta llegar a las antiguas trincheras, ¿de acuerdo? —Sí, señor. —Bien, sígueme y no te desvíes. Podrías activar una mina. […] Anastasia se sentó sobre el colchón y vio como Tatiana peinaba sus risos rubios. Ambas ya tenían puesta la ropa de dormir, era la una de la mañana y todo estaba oscuro. —Tatiana, ¿te acuerdas de que hace un mes te dije que quería hablar contigo? Tatiana asintió. —Lo recuerdo. —Bien, se trata de Vladimir. Tatiana no dijo nada. Dejó el cepillo sobre el tocador y giró para verla directamente a los ojos. —¿Qué sucede con Vladimir? —preguntó suavemente—. Incluso Alexéi intentó hablarme de él antes de irse al ejército. —Pues, no quiero que te enojes, ¿de acuerdo? Tatiana sonrió levemente. —De acuerdo. —¿Lo prometes? Tatiana lo dudó por un momento, pero al final asintió. —Vamos, lo prometo. Dímelo. Anastasia asintió, giró el cuerpo hacia su hermana y dobló sus largas piernas sobre el colchón. —Cuando empezó la guerra dijiste que te casarías con Vladimir, ¿sigues queriéndolo? Tatiana asintió. —Sí, pero en ese momento hablé apresuradamente. No me casaré mientras estemos en guerra. Sería algo difícil de hacer. —Tatiana, si yo tuviera tu edad y me casara con mi prometido, de seguro no esperaría que pasara la guerra. Dicen que el amor todo lo soporta… ¿también la guerra? Yo creo que sí. Una vez me lo dijiste… Pero te veo, luego a veo Vladimir y siento que su amor es ligero. Las mejillas de Tatiana se enrojecieron. Anastasia no supo si aquello sucedió debido a la vergüenza o al enojo. —¿Por qué dices eso? —preguntó a la defensiva—, ¿qué sabes tú del amor? —Tal vez no sepa nada, pero es lo que yo veo. —¿A qué quieres llegar? —A que no debes casarte con Vladimir. Debes dejarlo pronto. —¿Por qué? —preguntó mientras fruncía el ceño—. No entiendo por qué Alexéi y tú tienen malos conceptos de Vladimir. —Porque somos los únicos que no nos hemos dejado cegar por su cartera. Tal vez en un momento si lo estuve, pero ahora ya no quiero estarlo. —Anastasia, Vladimir es el amor de mi vida. No puedo dejarle tan fácilmente. Anastasia se rascó la cabeza en señal de desespero. ¡Deseaba que su hermana fuera radical y le hiciera caso! —Me dije a mi misma que nunca te lo iba a decir, pero llegados a este punto, debo soltarlo. No puedo dejar que Vladimir se burle de ti ni de mí —hizo una pequeña pausa mientras tragaba saliva—. Vladimir me ha molestado. Me ha dicho que está contigo porque quiere verme —confesó con lágrimas en los ojos—. No sabes cuanto lo detesto, cuanto odio verle su sonrisa triunfante y la manera en la que te engaña… Además, le tengo miedo. Tatiana había quedado hecha una piedra. Sus ojos azules estaban tan grandes y redondos como una canica. Parpadeó varias veces antes de levantarse del lecho y acercarse a Anastasia. —¿Por qué me lo dices apenas? —preguntó sintiendo un nudo en la garganta —Porque tenía miedo. Vladimir también trae comida a la familia y no quiero que por mi culpa empecemos a padecer el hambre. Tatiana se quedó en silencio por un instante. En su cabeza buscaba alguna manera de solucionar el conflicto. —Bien, conociendo la naturaleza de Vladimir, supongo que te ha dado un ultimátum. —Sí. —Bueno, déjamelo a mí. De ahora en adelante no dejaré que él se te acerque. —¿No lo dejarás? —No puedo. En los próximos meses la hambruna se extenderá más, pero puedo sostenerlos al menos durante unos meses más. —Tatiana, no es una buena idea. Simplemente déjalo, por favor. —Anastasia, debemos ser más inteligentes que él. Lo vamos a utilizar durante un tiempo, porque no podemos depender de las raciones que da el gobierno. Son paupérrimas, moriríamos de hambre. Anastasia empezó a llorar. Sentía un nudo en el estómago, quería gritar, patalear y golpear a su hermana por estúpida. Era imposible engañar a Vladimir. —Parece que no te interesa Vladimir… En realidad, no lo quieres, Tatiana. Tatiana no se atrevió a responderle. La respuesta era obvia, ella ya la sabía desde hace mucho tiempo. No amaba a Vladimir, lo único que le aterraba era perder su apoyo, la protección que el le ofrecía en el momento. —Cuando inicié la relación con él, me prometí controlar a mi corazón. Sucede lo mismo cuando estás apegada emocionalmente de una persona; luchas por estar allí así sepas que es insano. —Pero sufres… ¿Por qué quieres prolongar ese sufrimiento? Podremos salir adelante sin Vladimir. Tatiana le sonrió débilmente. En su mente, no había algo más iluso que las palabras de su hermana pelirroja. —Prefiero sufrir en silencio, que hacer que ellos, tú o Alexéi lo hagan. Lo haré por todos. Sé que soy fuerte. Podré soportarlo.
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