El paisaje lúgubre y ausente de alegría, entristecía a Nikolái. Después de haber estado frente al frente alemán y de casi morir, tanto él como el oficial pudieron regresar al lado soviético.
Los médicos se habían encargado de inmediato del soldado en cuanto lo vieron. Lo último que Nikolái supo fue que había entrado a cirugía. Sí, aun en situaciones extremas los médicos tenían que realizar operaciones, pues dependían de esas intervenciones para salvarle la vida a los heridos.
Nikolái se sentía cansado. Debajo de sus ojos había una sombra oscura. Tenía muchas ganas de dormir, pero a la vez su mente se negaba a descansar. Era debido al estado de alerta en el que constantemente se mantenía.
Se levantó de la barda cuando vio que un oficial de alto rango se acercaba a él.
—Muchacho, ¿Cómo te sientes?
—Bien, señor —respondió con respeto—, ¿Cómo está el oficial?
—Oh, el mayor Gorov está mucho mejor. Eres valiente, muchacho.
—Gracias señor.
—El mayor es el sobrino del gran mariscal. Sabes, salvaste a un pez gordo. Puedes ser condecorado por eso.
—Señor, no lo salvé esperando una recompensa.
—Lo entiendo —asintió mientras sonreía—. Regresa al hospital y descansa, que más tarde te enviaré a buscar para que hables con el mayor Gorov cuando se haya despertado.
—Claro, señor.
Nikolái regresó al hospital portátil y se metió en uno de los cubículos separados por tela quirúrgica, se tiró al suelo, sacó de su bolsillo la carta que le iba a mandar a Anastasia, pero esta se había dañado. Los trozos de barro mezclado con agua habían borrado las letras escritas con tinta negra.
Estaba muy cansado como para escribir otra vez la carta, así que la volvió a cerrar, la colocó a un lado y se durmió. En cuanto cerró los ojos, Nikolái se rindió en el en un profundo sueño.
Nikolái quería despertar de ese mal sueño que significaba la guerra. No quería desperdiciar su juventud, o peor aún perder su vida en un conflicto tan inverosímil como ese. Él soñaba con despertar en su hogar, en Leningrado, junto con su madre, su hermanito Denis y su padre. Salir al parque y ver columpiar a Anastasia, darle chocolates y oír su risa. Ansiaba regresar el tiempo, ser otra vez niño, jugar y descubrir. Sonreír mientras el viento helado arrebolaba las mejillas.
En querer ser adultos, en eso la vida se iba… Una vida que nunca regresaba.
El afán solo dejaba años de cansancio y desazón.
Los viejos recuerdos siempre quedarían inmortalizados en la memoria. La gente anhelaba los momentos en los que habían sido felices. Para el corazón humano, el pasado era un retrato dedicado a la añoranza.
Las horas y los días pasaban. Las preocupaciones nunca desaparecían, los anhelos siempre estaban en un rincón del corazón, calentando las ganas de vivir, evitando que la esperanza se desvaneciera.
Las canciones de cuna se hacían cada vez más lejanas cuando el sonido de los estallidos llenaba los oídos. Pero siempre persistían en la mente, como reticente a olvidar a la cantante, a la mujer que por tantos años habían visto y sentido.
Mientras los hijos morían en la guerra, madres los lloraban toda una vida, sabiéndolos perdidos en el largo río de la muerte, donde con el pasar del tiempo las dichas y las desgracias desaparecían en un abrir y cerrar de ojos. El fruto de sus vientres era profanado y humillado, y tristemente olvidado para siempre.
[…]
10 de noviembre de 1941
Anastasia estaba sentada sobre las escaleras del primer piso del edificio. Su mirada se perdía en la lejanía, sobre las ruinas de la que había sido una gran ciudad. El cielo opaco y lleno con nubes oscuras era aún más agobiante. Era inicios de noviembre, el ataque seguía, el hambre se veía en los rostros descompuestos de la gente.
La esperanza se veía como algo irreal. Los alemanes estaban dispuestos a acabar con la ciudad entera.
Anastasia iba perdiendo el positivismo poco a poco.
Mientras observaba el discurrir de una ciudad arruinada, su mente le recordó cómo había sido su vida varios meses atrás. De aquellos días ya no quedaba nada.
La niebla fría oscurecía la avenida Nevsky Prospekt, haciéndole alucinar con el regreso de su hermano Alexéi. Pero cuando volvía a limpiar sus ojos, la ciudad apagada y temblante volvía a recibirla sin ninguna buena noticia.
Cuando regresó la mirada hacia arriba, esperó ver a Nikolái bajando de las escaleras, pero no era así. Solo era producto de su imaginación. Nikolái y Alexéi estaban muy lejos, muy lejos.
Después de esperar casi toda la tarde, Anastasia vio a su hermana Tatiana acercarse a la entrada del edificio. Se levantó y la saludó con un beso en la mejilla. Y aunque Tatiana había tratado de sonreís, Anastasia supo que había estado llorando.
—¿Qué sucedió? —preguntó nerviosa—, ¿Vladimir supo?
Tatiana negó mientras seguía subiendo las escaleras.
—¿Qué sucede? —preguntó con afán. Moría por saber qué era lo que le pasaba a su hermana.
—Sube, debemos hablar con mamá también.
Anastasia saltó los escalones con rapidez. Quería saber todo. Al llegar al apartamento, la madre salió de la habitación para recibirlas.
—Madre, no hay buenas noticias.
—¿Qué sucedió?
Tatiana se sentó sobre el sofá e instó a la madre a hacer lo mismo. Anastasia por su parte se quedó de pie en una de las esquinas de la salita.
—Madre, Alexéi no aparece —soltó y de repente empezó a llorar desconsolada—. Le pregunté al encargado de la oficina de correos y al oficial de turno, pero ninguno me dio una razón de Alexéi. Me dijeron que probablemente él fue enviado a defender Tikhvin, pero las noticias sobre esa región no son mejores… Hace dos días los alemanes tomaron la ciudad, la baja de soldados es enorme y unos pocos lograron escapar, pero todavía no hay registros de los que aún están vivos.
La señora Volkova trataba de entender lo que su hija mayor le decía, pero eso le fue imposible. El mundo se le vino abajo. Su único hijo varón estaba desaparecido y no se sabía si vivía.
—Tatiana, ¿estás segura?
—Madre, duré una hora allí, pero nadie me daba una razón exacta.
—¿Alexéi está desaparecido?
Tatiana asintió con pena. De reojo miró a Anastasia y le susurró que le sirviera una taza de té a la madre para que se calmara un poco. Después de que ella regresó sosteniendo en sus manos el pocillo con el líquido hirviendo, ninguna quiso volver a hablar.
No había palabras, nada más que decir. El silencio fue el compañero invisible y comprensivo.
La señora Volkova se levantó del sofá, caminó de regreso hacia la habitación sin decir nada más. Tanto Tatiana como Anastasia sabían del dolor que sentía la madre ante la incertidumbre de no saber nada de su único varón.
Los pasos que daba la mujer eran suaves, ligeros. Sus brazos se balanceaban de un lado a otro sin ningún control. Anastasia se separó del rincón al prever que su madre no se sentía bien.
La señora Volkova se desplomó en la entrada de la habitación. Cuando eso ocurrió, las dos hijas corrieron para socorrer a su madre. Al recogerla, la mujer gritó y lloró mientras ambas trataban de calmarla. Los alaridos de la mujer se escucharon en todo el edificio, era un desgarro de su misma alma, un lamento que solo se iba a acallar cuando volviera a ver a su hijo. El llanto de una madre se elevaba cuando la voz de su hijo era opacada.
La situación no era esperanzadora. A los Volkova les dolía horrores pensar que Alexéi podía estar muerto.
Después de todo el clamor, la señora Volkova se dejó caer sobre los brazos de sus hijas, rendida ante el cansancio y la expectativa de que la muerte estaba en cualquier esquina.
Anastasia también lloró. Ver a su madre tan devastada la llenaba de tristeza. Después de muchos meses fingiendo ser fuerte, el lado más humano se visualizaba en una crisis como aquella. Resistir ya no era una opción, era una obligación si querían sobrevivir.
Erróneamente se pesaba que el más fuerte era el que sobrevivía, pero la realidad era distinta. El que sobrevivía era el más débil, el cobarde, el terco, aquel que le tenía miedo a la muerte y que por sobrevivir se rebelaba para salvarse a sí mismo.
Con mucho esfuerzo, las dos hermanas levantaron a su madre, la condujeron hacia la habitación y la recostaron sobre el colchón.
Tatiana salió del lugar mientras Anastasia la seguía. Ambas estaban en silencio y sorprendidas por la reacción de la madre.
—Dentro de una semana estarán disponibles los registros de sobrevivientes, debes ir, ¿de acuerdo?
—¿No me acompañarás?
—No puedo, saldré tarde de la fábrica. Me han trasladado a la otra sede de la Kirov y ya no hago pan.
—Me da miedo irme sola, Tatiana.
—Debes regresar antes de que los alemanes empiecen a bombardear.
Anastasia no tuvo otra alternativa. Lo mejor era que consiguiera el listado y revisara si Alexéi estaba allí. El corazón le dio un vuelco cuando pensó que su hermano podía haber muerto.
—Está bien.