Capítulo 22

1650 Words
15 de noviembre de 1941 Anastasia dejó que Tatiana le ajustara el abrigo de felpa y le acomodara el gorro rojo de invierno. Ambas guardaron silencio ante la expectativa de lo que sabrían una vez las noticias de Tikhvin llegaran a Leningrado. Caminando despacio, Anastasia regresó a la habitación y tomó una de las bufandas apiladas en el escaparate, la ajustó sobre su cuello y caminó de regreso. Tatiana la esperaba en la puerta. Anastasia bajó las escaleras con suavidad. La capa de hielo que cubría las escaleras estaba tan resbaladiza, que si daba un mal paso se podía romper una pierna. Suspiró al llegar al primer piso y al ver las calles blancas, cubiertas por capas de nieve de nieve. El invierno había llegado. Era uno más frío que el resto. Anastasia no sabía el por qué lo percibía de esa manera, pero ciertamente el frío calaba hasta el tuétano. La bruma fría cubría sus ojos, haciéndola parpadear varias veces. El tranvía ya no funcionaba, los vehículos se habían quedado estancados en medio de las vías férreas, destrozados y quietos en medio de una incipiente marea blanca. Ante la ausencia del transporte, la gente debía caminar grandes distancias para poder llegar a sus destinos. Eso era lo que hacía Anastasia. Después de caminar por al menos cuarenta minutos a un paso acelerado, Anastasia llegó al cuartel general del ejército. Allí esperó alrededor de una hora, pero nadie quería darle información acerca de su hermano. —Señor, mi hermano se llama Alexéi Volkov. —Niña, no te puedo dar razones. Las pilas de informes se apilan en mi mesa y si no los respondo mi cabeza rodará. —Señor, por favor. —¡No lo haré, no puedo! —Entre esos informes debe estar alguna noticia de mi hermano, por favor… Mi madre no ha dormido bien en estos días, no hay nada que pueda alegrar su día, así que por favor ayúdeme a calmar el sufrimiento de mi madre. —¿Es ese mi problema? —reprochó enojado—. Vete, largo. Anastasia apretó los puños, arrugó el ceño y golpeó el murito con furia. —¡Mi hermano puede estar muerto y usted solo extiende el sufrimiento de nuestra familia! ¿Acaso no es también un humano? ¿Dónde está su empatía? El hombre se levantó del escritorio de un salto. Sin embargo, no dijo nada, su mirada se perdió detrás de la figura de Anastasia. —¡Teniente Kozlov! —exclamó el hombre. A leguas se le notaba el nerviosismo—. ¿Qué necesita? Anastasia giró el cuerpo y se encontró con el hombre. El rostro se le hacía conocido, pero por alguna razón su mente le jugaba una mala pasada. Tal vez, dicho hombre solo se parecía a alguien que ella conocía. —¿Por qué no buscas el nombre del hermano de la señorita? —Teniente Kozlov, tengo otras cosas más importantes que hacer. La mirada del teniente se endureció, haciendo sentar a su subordinado a buscar entre los papeles apilados. Anastasia se sintió aliviada y le sonrió al hombre. —Teniente, muchas gracias. El teniente asintió. —Usted y yo nos conocemos, ¿me recuerda? —le dijo a Anastasia—. Usted estaba herida cerca de Pujolovo. La mente de Anastasia se despejó como la luz después de la lluvia. Reconoció al hombre de inmediato. —Teniente, usted me ha ayudado varias veces. Hace unos meses me salvó la vida… Ahora, me permite saber el paradero de mi hermano. —¿Sabe a donde fue su hermano? —Dijeron que había ido a Tikhvin —¿Tikhvin? Hace una semana que esa ciudad cayó, es imposible saber si logró sobrevivir. Pero, hubo algunos sobrevivientes —aseguró. El teniente regresó la vista al otro soldado—, ¿encontraste algo? —Teniente, hay un informe sobre Tikhvin. —Dámelo El hombre se levantó del asiento, caminó acelerado hasta el teniente y le entregó el papel desdoblado, donde reposaban noticias de Tikhvin. El teniente leyó el informe rápidamente antes de volver la mirada a Anastasia —Señorita, temo que no tengo buenas noticias… Muchos soldados murieron y una pequeña cantidad de hombres heridos va a regresar a Leningrado. Estimo que llegarán entre mañana o pasado. —¿Quiere decir que mi hermano está vivo? —Lo que quiero decir es lo siguiente: si su hermano no vuelve a Leningrado querrá decir que ha muerto en batalla o que no lo han podido localizarlo. Anastasia sintió como todo le daba vueltas a su alrededor. La idea de perder a Alexéi le cortaba la respiración. Aterrada, golpeó suavemente sus mejillas y empezó a alejarse poco a poco. Había oscurecido. Las calles lucían tristes y desprovistas de vida. Caminó de regreso en silencio, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, pues hacía demasiado frío. A medida que se acercaba al puente Nevsky, Anastasia empezaba a desear estar en el interior de su casa y calentarse. Sin embargo, en medio de la neblina álgida, alcanzó a ver una figura masculina. —Vladimir… —susurró. Paró en seco y miró hacia todos los lados del puente. No había nadie, estaba desierto toda la carretera. Anastasia no pensaba pasar por su lado, así que cruzó la calle. Tal vez, la niebla podía cubrirla y hacer que él no la viera, pero no tuvo esa suerte. Vladimir la distinguió y también cruzó la calle corriendo. Anastasia lo miró de reojo y echó a correr también. Dos personas andaban a través del puente, un hombre y una mujer. El frío traspasó el gorro de Anastasia y sus mejillas se enrojecieron. Los saltos de ella no eran tan grandes como las zancadas de Vladimir, así que tras una pequeña maratón él logró alcanzarla. La empujó de los hombros haciéndola caer sobre la nieve. —¿Qué quieres? —gritó atemorizada—. Vete, vete. Anastasia retrocedía mientras se arrastraba sobre la nieve. —¡Pasaste los límites, Anastasia Volvova! —¿Qué hice? —preguntó temerosa mientras seguía retrocediendo a media que él avanzaba hasta ella—. Tú te lo buscaste. —No seguiré aceptando tu rechazo. —¡Entonces déjame en paz! El hombre sonrió levemente. Aquella sonrisa le heló la sangre. Sabiendo que Vladimir era capaz de cualquier cosa, giró el cuerpo, se levantó con dificultad y quiso correr, pero el alcanzó a sujetarla por la cintura. —¡No te dejaré ir! —Déjame, por favor —chilló aterrada— ¡Suéltame! Anastasia se contorsionó tanto como pudo, pero el agarre era muy poderoso. Ella no entendía qué pretendía hacer Vladimir, pero suponía que algo terrible. La naturaleza de ese hombre siempre había sido macabra. —No me quisiste, me rechazaste cuantas veces quisiste —reprochó mientras la miraba a los ojos—. No pasará otra vez, lo aseguro. Anastasia lo vio acercársele a su cuello. No lo pensó dos veces y le mordió la oreja con todas sus fuerzas, hasta sentir el sabor fuerte de la sangre en sus labios. Vladimir la soltó abruptamente y ella aprovechó para seguir corriendo. No le importaba nada más, corrió por su vida, corrió rápido y de vez en cuando aprovechaba para escupir la saliva mezclada con la sangre de Vladimir. Sin embargo, esa bestia no se había rendido. La seguía persiguiendo y poco a poco se aproximaba cada vez más a ella. Anastasia estaba perdiendo la esperanza y la energía. Estaba segura de que si él la volvía a detener ya las fuerzas se le acabarían. Aquello le dolió, por lo que las lágrimas hicieron presencia. Sus ojos color esmeraldas se enrojecieron. Cuando creía vencida, su hermana Tatiana apareció entre la tormenta de nieve. Anastasia se pegó a ella y escondió su rostro contra el abrigo. —¡Anastasia, ayúdame! —gritó mientras lloraba. Vladimir se había detenido a unos dos metros de distancia. Tatiana lo observaba con seriedad. —¿Qué es lo que ocurre aquí? —le preguntó a Vladimir. Vladimir respiró agitado. Sus ojos estaban fijos sobre Anastasia. —Nada, quise acompañar a Anastasia, pero ella se volvió agresiva… Tatiana no le respondió de inmediato. En su interior, estaba tratando de contener su genio. —¿Crees que soy estúpida, Vladimir? —preguntó con voz ronca—. Sé exactamente que pasa aquí, pero tú deberías darme una explicación. Vladimir intentó acercarse, pero Tatiana se lo impidió. —Espero una respuesta. Esta vez no me puedes mentir. Vladimir sonrió débilmente, con burla. —¿Qué quieres que te diga? ¿Quieres que te diga que tu hermanita es una oportunista y una mentirosa, que intentó seducirme? —¡Mentira! —gritó Tatiana mientras dejaba de controlar sus emociones—. ¡Todo lo que dices son mentiras! ¡Eres un desgraciado cerdo! ¿Cómo pusiste tus ojos sobre mi hermana, mi propia hermana? —¡Tal vez porque no eres suficiente mujer! —¡Porque yo si me valoro y me doy mi lugar! —tronó—. Eres lo peor que me ha pasado en la vida, Vladimir… ¿Sabes qué harén contigo? —Tatiana soltó a Anastasia por un momento mientras se quitaba el anillo de compromiso de su dedo anular. Lo sostuvo entre sus dedos, mostrándoselo y sonriendo ampliamente antes de arrojarlo a la nieve— ¡Esto se acabó, no quiero ser esa esposa tuya! Tatiana giró el cuerpo y caminó de regreso. Vladimir no se quedó callado y desde aquella esquina no paraba de gritarle y desearle la mismísima muerte. Sin embargo, Tatiana no regresó la vista ni una sola vez. Por primera vez en muchos años de tortuosa relación, Tatianan sentía que hacía lo correcto. Sin embargo, la última frase de Vladimir se había grabado en su cabeza. Era lo que más miedo le generaba. —¡Morirás de hambre sin mí! ¡Los veré morir uno a uno!
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