Capítulo 23

1609 Words
Anastasia entró al apartamento una vez que Tatiana abrió la puerta. Corrió hacia el baño y escupió varias veces en el lavabo. Todavía sentía el sabor metálico de la sangre de Vladimir en su boca, dicho sabor le hacía sentir arcadas, simplemente quería que desapareciera de su boca. En su intento por lograrlo, tomó un poco de agua de la regadera y la arrojó al sifón. Sin embargo, aún lo sentía en la legua, la garganta en la nariz… Lo sentía por todos lados. Tatiana entró al baño también. La hermana mayor apoyó su espalda contra la pared fría del baño y observó a Anastasia a través del espejo. Anastasia levantó la mirada y conectó con Tatiana. La rubia lucía perdida, sus ojos lucían carentes de emociones, como perdidos en el tiempo. Sus labios se veían pálidos y secos. —¿No crees que deberías contarme qué pasó entre Vladimir y tú? Anastasia sintió suavemente mientras giraba el cuerpo hacia su hermana. —Venía de regreso del cuartel general cuando él se atravesó en mi camino. No sé qué estaba dispuesto a hacer, pero no dudo que algo malvado. Tatiana negó. —No —susurró débil—. Me refiero a mucho antes. Las miradas de las dos hermanas se conectaron. Anastasia vio emociones en Tatiana, pero no supo descifrar con exactitud lo que ella sentía. —No hay mucho respecto a eso. Tatiana asintió. Suspiró cansada y antes de seguir conversando con Anastasia cerró la puerta. —Bien, dime que te averiguaste en el cuartel general. —Al llegar, el hombre encargado de los correos e informes no quiso decirme nada, pero después un viejo conocido llegó. Se trataba del teniente que me ayudó cuando estuve herida en Pujolovo. —¿Qué te dijo? —Dijo que no hay un informe oficial de la cantidad de sobrevivientes a la batalla en Tikhvin, pero que muy pocos lograron sobrevivir. Él dijo que dentro de dos días aproximadamente un convoy de heridos regresa a la ciudad y que si Alexéi no viene allí eso querrá decir que… —Anastasia titubeó. Tatiana se mantuvo a la expectativa—, que Alexéi haya muerto. Tatiana sollozó débilmente. Sus mejillas se volvieron tan pálidas como la nieve que caía en toda la ciudad. —¿Muerto? Anastasia asintió. —De todas formas, puede que todavía no haya sido encontrado. —Pero si está herido hace tantos días ya debe estar moribundo… No llegara nunca aquí. Anastasia no supo qué responder ante la lógica de su hermana mayor. —Sea como sea, nuestra madre no debe saber nada de esto, ¿de acuerdo? —ordenó Tatiana—. Si nos vuelve a preguntar del paradero de Alexéi, le diremos que todavía no hay noticias de él. Anastasia asintió. Lo que proponía Tatiana era lo más sensato. Si la madre llegase a saber que su hijo podía nunca regresar a la ciudad, lo más probable era que se desmoronase y se consumiera en la miseria poco a poco. —Vamos, aún tenemos cosas de las que hablar —instó la rubia mientras intentaba abrir la puerta del baño, pero Anastasia se lo impidió. Se colocó contra la puerta, obstaculizando el camino. Tatiana volvió a mirarla— ¿Qué sucede? —¿No vas a llorar por tu compromiso? Tatiana esbozó una pequeña sonrisa. —Nuestra madre dice que a los hombres hay que llorarlos dos días, luego agarrar nuestro maquillaje y seguir con nuestra vida… Pero yo, he llorado a Vladimir desde hace mucho tiempo, y nada me hará regresar con él. Aunque, ahora tendremos mayores dificultades —advirtió con seguridad—. El invierno ha llegado y la ciudad está bloqueada del resto del país. He visto los rostros desencajados de los vecinos del edificio y sé que lo que tendremos que afrontar será duro, pero… —Hemos conservado nuestra dignidad —completó. Tatiana asintió. —Así es, la hemos conservado. Anastasia se apartó de la puerta, dejando que su hermana saliera. Todo parecía indicar que habría un nuevo comienzo. Aunque, lo que no se podía discernir era si se trataba de un comienzo bueno o de uno malo. […] 17 de noviembre de 1941. Anastasia se hizo en la fila. Estaba detrás de una señora delgada y de tez pálida. Anastasia se balanceó con los pies de un lado a otro mientras esperaba que la inmensa cola se terminase y ella por fin pudiera recoger su ración de pan. Hacía dos meses que ella había dejado de recoger su ración de pan. De hecho, la familia ya no la recogía, pues Vladimir era quien aportaba un pan sabroso a la casa. Anastasia recordaba el pan extraño que se daba en las tiendas después del primer bombardeo alemán a los almacenes de comida de la ciudad. Sin embargo, no tenía ni idea de cómo el alimento se había estropeado tanto. La fila para recoger la ración de pan diario era interminable. Anastasia observaba los rostros de las personas que hacían la fila, pero no podía determinar emociones en sus rostros. Parecían robots programados para solo vivir por un día de pan. La situación alimentaria en la ciudad era desesperada y solo unos pocos tenían abundantes provisiones. Debido a ello, el mercado n***o empezó a tener mayor popularidad entre la población. Allí se encontraba carne y pan a un elevado precio. Uno que Anastasia ni si familia podían pagar. Cuando terminó de hacer la fila, Anastasia recibió en las manos los pequeños trozos de pan que correspondían a la familia. Era una porción individual de doscientos gramos. Anastasia abrió la boca con sorpresa en cuanto vio la apariencia y el tamaño del pan… ¿Aquello se podía llamar pan? Ella no sabía que era esa bola de masa roja y aceitosa. Además, era tan pequeño que de seguro se lo iba a comer de dos bocados. Anastasia regresó la mirada hacia la mujer que despachaba el pan. —¿Es esto todo? La mujer se detuvo por un momento y con expresión hosca le respondió: —¡Sí, ahora vete! Anastasia salió de la fila espantada por el grito de la mujer y caminó de regreso hacia el apartamento. El ánimo que había sentido hasta hace unos pocos días por la ruptura entre Vladimir y su hermana se había apagado. Ahora, ella empezaba a sentir que el hambre los devastaría hasta un grado impresionante. Anastasia caminaba despacio y sin prisa. Pronto llegó al apartamento. Al estar en la cocina, Tatiana salió de la habitación. La rubia se asomó en la entrada de la cocina. Se veía que moría del hambre, pero su rostro se entristeció en cuanto vio los panes que Anastasia sacaba de la envoltura. —¿Qué es eso? —¡preguntó mientras los señalaba. —Pan —se limitó a decir. Tatiana observó el pan con una mueca de menoscabo. Parecía que estuviera mirando algo extraño y nunca visto. Con su dedo índice removió el pan varias veces. Su rostro era todo un acertijo para Anastasia, pues no sabía si en esos ojos azules había enojo, miedo, tristeza o asco. —Pero es pegajoso —dijo mientas lo tomaba entre las manos y lo hundía contra el mesón de la cocina. Hizo una mueca de asco cuando un líquido amarillento salió del pan—, ¿qué se supone que es esto? ¡Es asqueroso! Anastasia tomó un trozo y se lo metió a la boca. Masticó lentamente, degustando los sabores y con dificultad lo tragó. No sabía mal, tampoco era rico… Era algo sin sabor ni son ni tono. Algo extraño. —El sabor no es tan malo —dijo sin mucha convicción—. Podemos mejorar su sabor si lo comemos con azúcar. —¿Dieron azúcar? Anastasia asintió. —Dos terrones por persona. —¿¡Solo dos!? Anastasia asintió. Con Vladimir la familia entera se comía hasta treinta terrones en un día. —¡De hecho, yo también me pregunté lo mismo! Con la llegada de la escasez a la ciudad, los ingredientes y la cantidad de harina contenida en una barra de pan era el motivo de mucha investigación por parte de los dirigentes de la ciudad. Era debido a la ausencia de los ingredientes, que se le debía agregar al pan avena, malta, grano con hongos, celulosa, aceites de semillas de algodón, el polvo que se desprendía al sacudir los sacos de harina y restos de suciedad recolectados al barrer. Ese pan era pesado y, al tomarlo, chorreaba agua en las manos. A pesar de todo, su peso nutricional dejaba mucho que desear. Tatiana dejó el trozo de pan sobre el mesón y salió de la cocina de mal humor. Al parecer ella no pensaba comer de eso. Anastasia, en cambio, dividió el pan en pequeños pedazos para así poder comérselo sin sentir ganas de vomitar. El estómago le gruñía y debía comer algo. Así fuese esa bola de pan que parecía arcilla. En ese momento, Anastasia pudo entender el padecimiento de sus vecinos, quienes no habían tenido un protector como Vladimir. La buena comida había acabado, los años de abundancia se habían terminado de una manera abrupta. Mientras pensaba en el prometido de su hermana, Anastasia lloró. Los bocados de pan le sabían a hiel, pero lo que más le amargaba era saber que Vladimir podía tener razón: sin él iban a morir. Pensar aquello la llenaba de furia, pero la vida se había complicado demasiado mientras ellos discutían con Vladimir. El hambre había tomado ventaja. Lo único que deseaba era que los deseos de su estómago nunca sobrepasaran la razón y el sentido común.
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