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1578 Words
19 de noviembre de 1941. El hambre finalmente había vencido a Tatiana. La mayor de los Volkov había dejado el pan aceitoso puesto sobre el mesón de la cocina, pero a medida que iban pasando las horas, su estómago iba reclamando la comida. Al final del día, el pan había desaparecido del mesón. Tatiana lo había agarrado con cierto recelo, pero después de algunos bocados el sabor no parecía ser tan malo. Tal vez su percepción se debía al deseo desesperado y no porque en realidad el pan supiera bien. Desde que Tatiana había roto su compromiso con Vladimir, la familia entera había estado un poco dividida. Por un lado, el padre se mostraba apático a todo, parecía no importarle nada y por otro estaba la madre, quien se había enfurecido con Tatiana y Anastasia cuando se enteró de la ruptura del compromiso. Por varios días mantuvo una actitud hosca y ladina. Ciertamente era un duro golpe para ella, pues a su parecer Tatiana no había hecho lo suficiente por mantener amarrado a Vladimir. Durante varios días, la mujer comía los trozos de pan del racionamiento en silencio y a solas. Anastasia y Tatiana ni siquiera habían hecho mayor esfuerzo por hablar con ella, pues sabían que cuando lo hicieran la mujer simplemente iba a explotar y para que eso ocurriera no faltó mucho tiempo. Después de que Anastasia fue a buscar la ración de pan, la madre empezó a despotricar en cuanto vio la masa puesta sobre el mesón. —¡Viste lo que hiciste! —le gritó a Tatiana mientras señalaba el pan—. Si tan solo hubieses callado un poco más, ahora mismo tuviéramos en nuestra mesa un fresco trozo de pan con mantequilla, pero tú decidiste hacerlo enojar. ¡Mira! Ese asqueroso pan es lo que tenemos que comer. Tatiana se despegó del mesón mientras observaba con sorpresa el arranque de furia de su madre. —Mamá, siempre la he respetado, pero esta vez está equivocada. No tenía por qué seguir aguantando a Vladimir. —¡Tenías que hacerlo! —repitió—, ¡es lo que una buena mujer siempre haría! —¿Cree que soy una mala mujer por no tolerar el mar comportamiento de Vladimir? —¿Cuál mal comportamiento? Él era un excelente partido para ti. —No, no lo era. —Pues era el único que podía darnos un buen alimento para comer… ¿no te das cuenta? —reprochó mirándola con incredulidad—. ¿Por qué no lo buscas y te disculpas con él? —No haré, eso mamá. Si lo hago, solo me estaría humillando… Y ya lo he hecho muchas veces al callar comportamientos groseros de su parte. —¿Nos dejarás morir de hambre, Tatiana? ¿Es eso lo que quieres? —Hago todo lo que puedo, mamá. Trabajo cada día, me quemo las manos y la espalda con tal de ganar algo de dinero, pero no me alcanza, ¿no puede simplemente comer ese pan y ya? ¿Qué tan difícil es eso? —¡Tu muchachita, te arrepentirás de esta decisión! Tatiana la observó salir dando pasos airados. Suspiró débilmente antes de regresar a dividir el pan de todo el día… unas cuantas barritas, que entre todas tenían un peso de 250 gramos. —Tatiana, lo siento —susurró Anastasia al verla ensimismada en sus pensamientos—. Siento que tengo la culpa de todo esto. —No, Anastasia, no la tienes —contestó mientras sonreía débilmente, sin muchas ganas—. Es culpa de Vladimir por no respetarnos, ¿lo entiendes? Anastasia asintió. —Lo sé, pero cada día tengo mucho miedo respecto a nuestra situación. —Lo entiendo —aceptó débilmente. Tatiana quería llorar, pero se esforzaba en mostrarse fuerte frente a Anastasia—. Pero no debes pensar mucho en eso. Tatiana giró nuevamente hacia el mesón y empezó a comer los pedazos de pan que previamente había dividido. Anastasia, en cambio, solo tomó su pan y se lo comió entero. Salió de la cocina para dirigirse hasta el exterior del apartamento. Afuera, las escaleras la esperaban recubiertas con hielo. La bajada era peligrosa, pero de una u otra forma debía superarlas, porque tras que eran bombardeados por los alemanes, entonces también tenían que quedarse en las casas por miedo a resbalar. Anastasia salió a la avenida Nevsky. Hacía mucho frío. La carretera se veía desierta y las personas caminaban sobre el anden de manera lenta y robótica. Anastasia terminó de cerrar hasta el cuello su abrigo y metió las manos en los bolsillos. Empezó a caminar hacia la oficina de correos, pues pensaba averiguar si Nikolái le había enviado alguna carta. Al llegar al lugar, se sorprendió al verlo solo. Consternada, golpeó el metal pesado, pero nadie salió. Anastasia se atrevió a entrar en la oficina. Sus pasos retumbaban sobre el suelo de madera. Le parecía extraño que el lugar estuviera solo, siempre había un encargado en el lugar. Sin embargo, dejó que su curiosidad le ganara y empezó a buscar la carta de Nikolái entre las estanterías clasificadas por fechas. El sonido de su corazón, las pulsaciones frenéticas le retumbaban en los oídos. Su respiración era calmada, pero sentía que se estaba ahogando. La adrenalina estaba corriendo por sus venas. Después de rebuscar entre el mar de cartas y correos, Anastasia encontró uno a su nombre. En voz baja, leyó la inscripción a mano. Al quitar la estampilla, un papel amarillento y arrugado sobresalió. De inmediato reconoció la letra. Se traba de Nikolái. Con cuidado, Anastasia empezó a salir, pero algo en el escritorio llamó su atención. Se acercó tratando de no hacer mucho ruido y al mirar al otro lado, la carta cayó de sus manos. Anastasia se echó para atrás, chocando con una de las estanterías y haciendo que varias cartas se cayeran de esta. Anastasia se tapó la boca, pues tenía miedo de emitir algún sonido. El hombre encargado del correo estaba tirado sobre el asiento, estaba boca arriba y evidentemente muerto. No tenía ninguna herida, así que había muerto de frío o de hambre. Era la primera vez que veía en la ciudad los estragos de la guerra. Turbada por el hallazgo, salió corriendo de la oficina. Al estar lo suficientemente lejos de la oficina de correos, Anastasia aligeró el paso y empezó a caminar lentamente mientras en su cabeza todavía rondaba la imagen del hombre muerto en la oficina de correos. Lo peor ya estaba llegando. Se sentía abrumada por lo que había visto. Estaba intranquila, pues el futuro parecía bastante incierto y oscuro. La ciudad ya estaba en una crisis sin retorno; no había alimentos para toda la gente y las temperaturas estaban bajando drásticamente. Se necesitaba una vía de escape, por la que la ciudad pudiera respirar y así amilanar la carga que llevaba a cuestas. Sin embargo, hacerlo no sería tan fácil, pues el plan de los alemanes era justo ese: no solo matar a la gente con balas, también con el hambre y el frío. Anastasia siguió caminando a través de las calles llenas de escombros cubiertos con nieve. La visión era desalentadora, pero con el paso del tiempo se había acostumbrado a verla. Ver la ciudad devastada ya no le generaba tanta conmoción como en los primeros días de bombardeo. Poco a poco su mente lo iba aceptando. Mientras caminaba de regreso, Anastasia prestó atención a una mujer que iba caminando delante de ella. La forma de caminar de la mujer era vacilante. Arrastraba los pies sobre el suelo, como si estuviese encadenada. Anastasia caminó un poco más rápido para ver con mayor detenimiento a la mujer, pero la mujer cayó de repente sobre la nieve. Anastasia miró a los lados, como buscando alguien que también hubiera visto lo que a la mujer le había pasado, pero nadie parecía haberse percatado de eso, o más bien pretendían no haberlo visto. Ante el desinterés del resto de la gente, Anastasia se agachó junto a la mujer. Su cabeza estaba cubierta por una cofia. Su rostro estaba pálido, sus mejillas de igual color y sus ojos estaban muy abiertos. Anastasia la observó por un momento, pero ella no parpadeó ni una sola vez. Para comprobar que estuviera viva, Anastasia deslizó la mano por encima de los ojos de la mujer, para ver si de alguna forma reaccionaba, pero no ocurrió nada. Anastasia se levantó nuevamente y siguió su camino. Sospechaba que la mujer había muerto en medio de la calle. Tal vez de regreso a su casa, pero sin prever que nunca volvería. Ella prefirió no comprobar su muerte, pues no hacerlo le daba cierta tranquilidad. La muerte ya no era una sombra difusa. Ahora, era una figura totalmente visible que escogía victimas a su antojo. El futuro era incierto. La gente en la ciudad empezaba a morir y los muertos se apilaban a los lados de las calles sin ningún tipo miramiento. Las bombas y las ruinas se quedaban cortas cuando se trataba de normalizar los cuerpos que poco a poco, día a día quedaban tendidos sobre la nieve, abandonados, sin nadie que llorara por ellos. Anastasia ya no se sentía esperanza en una posible mejora, pues la calidad de vida de la ciudad empezaba a empeorar con cada hora, cada, cada semana… Al final, solo deseaba que su familia no fuera víctima de la guerra. Aunque todo parecía indicar que nadie se salvaría de aquel calvario.
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