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1634 Words
Nikolái Pavlov se encontraba en el interior de uno de los campamentos médicos, que custodiaban la salida de varios convoyes a través del lago Ladoga. Después de la llegada del invierno, la capa del lago estaba levemente endurecida, con un grosor de diez centímetros. Era muy temprano en la mañana y la operación apenas iba a comenzar. No se trataba de un enfrentamiento entre soviéticos y nazis, sino una proeza que intentaba llevar al interior de la ciudad comida y comunicación mediante telégrafos. Después de varias inspecciones y exploraciones sobre el lago, el ejército soviético había decidido instalar los cables en el fondo del lago. Esa carretera que iba a llevar suministros y toneladas de comida a la ciudad pronto llegaría a ser llamada “El camino de la vida”. A primera hora del día, durante un frío y nevado 17 de noviembre, un grupo de soldados pertenecientes al batallón de construcción de puentes partió en medio del viento huracanado, con dirección a la costa oriental. La caminata que realizaron fue extensa. Caminaron alrededor de 30 km, marcando su camino con señales. Su labor era además muy peligrosa, pues el hielo se agrietaba muy fácilmente. Los hombres corrían el riesgo de hundirse en el lago o de ser vistos por la artillería alemana. Muchos de esos temores llegaron a cumplirse, pero al final la carretera fue aprobada. No había mucho tiempo para pensar, pues Leningrado, la cuna del bolchevismo estaba en una cuerda floja, en la que el enemigo poseía el cuchillo. A medida que pasaba el tiempo, los avances sobre el hielo se hacían cada vez más reales. El primer vehículo en salir hacia Leningrado fue uno tirado por caballos. Detrás de este, muchos camiones empezaron a transitar a través de la carretera de hielo, pero en el proceso, debido a que el hielo no se había consolidado todavía, muchos camiones cargados con comida sucumbían en el lago. Sin embargo, algunos convoyes lograron entrar a la ciudad durante el 22 de noviembre de 1941. De ahí en adelante, los soviéticos protegieron con los dientes la carretera de la vida, o como se le llamaba oficialmente en el ejército: la carretera militar 101. Los alemanes pronto se dieron cuenta de la existencia de aquella ruta. Era obvio que aquello dañaba sus planes de acabar a la población con hambre y fue por ello, que la carretera era bombardeada con rigurosidad, con el objetivo de debilitar el hielo y que los camiones se hundieran. Para aquellos días, un grupo de médicos y rescatistas habían sido llevados hacia las orillas del río Ladoga para que atendieran a los conductores en caso de que el hielo empezara a fragmentarse. Nikolái era uno de los rescatistas. El grupo de rescatistas se adentró en el espeso bosque para ver pasar el largo convoy que partía. La ventisca invernal se colaba a través de los gruesos abrigos que llevaban puestos. Sim embargo, el frío no debía desconcentrarlos de su labor. Si eso ocurría, algún conductor podía correr peligro. La ruta era peligrosa y, de hecho, los conductores llevaban la puerta del camión abierta por si en el camino eran bombardeados por los alemanes y poder saltar hacia el hielo. El rugido de los motores impregnaba el lugar. Había mucha expectativa por el envío de provisiones a la ciudad. Con la llegada de los alimentos a Leningrado, se debía suponer que la calidad de vida de las personas iba a mejorar. Sin embargo, aquello solo se quedó en un deseo. La ciudad no había sido desbloqueada, pero a través del lago Ladoga cerca de sesenta camiones entraban cargados de toneladas de alimento. Pero la cantidad de comida era acaparada por la burocracia de Leningrado, haciendo que en general la ciudadanía siguiera padeciendo del hambre. Nikolái regresaba a su casa después de pasar varios meses en los campamentos y hospitales móviles. Tenía una licencia de una semana y en cierta forma se alegraba de regresar a ver a su familia, ya que así podría ver como la habían pasado durante el bloqueo. Él sabía que la ciudad estaba padeciendo de hambre, así que antes de volver fue al almacén militar para comprar pan, chocolates y manteca animal. Mientras regresaba, la realidad de la ciudad lo dejó sorprendido. No esperó ver a la ciudad tan acabada. Todo estaba en silencio, la gente caminaba a través de las calles como si fuesen muertos vivientes, tenían los rostros hinchados y morados debido a la hambruna. Era finales de noviembre, la ciudad ya estaba siendo abastecida, pero, aun así, la gente seguía muriendo en las calles, en sus casas, en los parqueaderos, simplemente tendidos sobre la nieve. En la ciudad había muchos muertos en las calles y la gente que aún vivía ni siquiera se preocupaba por llevarlos al cementerio. Quedaban allí, congelados, sumergidos bajo pedazos y más pedazos de nieve. Después de un largo recorrido, Nikolái llegó al edificio donde vivía con su familia, subió los escalones cubiertos de hielo hasta llegar al cuarto piso. Tocó la puerta y esperó a que su madre le recibiera. La mujer abrió la puerta y tan pronto como lo vio, lo abrazó. Nikolái avanzó hacia el interior mientras le sonreía a su madre. —Mamá, ¿cómo estás? —Oh, Kolya, he tratado de mantenerme bien. Nikolái asintió levemente. —He escuchado todos los informes sobre la ciudad. —Oh, querido… Me estoy muriendo de hambre, ¿no me trajiste algo? —preguntó esperanzada—. Me he comido el pan de hoy, pero tengo hambre, me estoy muriendo. —Lo sé, madre. Te traje un poco de comida. —¿Qué trajiste? Nikolái arrastró el saco por toda la casa mientras su madre le seguía con emoción. —Hay pan recién hecho, harina y un trozo de manteca de cerdo. —¿No hay azúcar? —No, está muy cara, madre. La mujer asintió sin darle mucha importancia y se acercó para coger el trozo de cerdo y olerlo. La mujer parecía estar disfrutando con su nariz de un delicioso manjar. —Oh, tendremos que cerrar las ventanas y la puerta cuando fritemos con esta manteca. Los vecinos vendrán aquí guiados por el olor. —¿Cómo ha estado la situación aquí, madre? —Todo mal, querido. Los hijos de los Belov han ido desapareciendo uno a uno. No me quiero imaginar lo que ha ocurrido con esos niños. —¿Por qué dices eso, madre? —Porque hay rumores de que se han comido a sus hijos… Kolya, el hambre puede hacer enloquecer a la gente. Yo misma me estaba enloqueciendo, pero ahora me haré algo delicioso para mí y Denis. Nikolái asintió mientras caminaba despacio hacia la habitación. Su hermano pequeño estaba sentado junto a la ventada mientras sostenía un pedazo de papel. —¿Qué haces, Denis? ¿No vendrás a saludarme? El niño giró el rostro y le sonrió alegre. Se bajó de la silla y corrió para treparse Nikolái. —¡Kolya! —¿Qué hacías? —Dibujaba un pedazo de pan… Quiero pan. —Ya no necesitas dibujarlo, ve y dile a mamá que te dé un pedazo de pan de los que traje. El niño salió corriendo hacia la cocina. Desde la habitación, Nikolái escuchó el grito del niño mientras este pedía pan. Sonrió con tristeza y caminó hasta llegar a la cama y se acostó. Poco después, la madre entró a la habitación. Nikolái la observó desde el colchón. —¿Qué hay de los Volkov? —De esa familia no sé muchas cosas, Nikolái. Supe que su hija mayor, Tatiana, había roto su compromiso con el rico ese del Smolny. —¿Rompieron? —Sí, y fue toda una desgracia para ellos… ¡Cuánto me alegro! Nikolái frunció el ceño. —¿Por qué habla de esa manera? —Porque se lo merecen. Durante los primeros meses del bloqueo, ellos estuvieron comiendo con normalidad, semejantes banquetes se daban en esa casa y nunca nos ofrecieron ni un pedacito de pan. —Estamos en guerra, ¿quién querría dar su pan? —Exacto, por eso tampoco le darás nada a ellos. Nikolái la observó fijamente. —¿Qué quiere decir con eso? ¿Por qué le daría pan a los Volkov? —Te conozco y sé que eres muy amigo de Anastasia… y ella me cae bien, porque salvó a mi hijo, pero su familia no me cae bien. Ahora están pasando tanta hambre como nosotros y no quiero que por Anastasia mi comida se disminuya. No voy a morir de hambre, Nikolái. —Te traeré comida, mamá, pero debes ahorrarla. Cuando me vaya, no podré seguir haciéndolo. —Eso lo sé, hijo —dijo antes de salir de la habitación. Nikolái suspiró con pesadez, se levantó nuevamente y siguió a su madre hasta la cocina. —¿Qué haces aquí? —interrogó la mujer—. Ve a descansar, haré un poco de lo que trajiste. —No, madre. Saldré un rato. La mujer giró el cuerpo hacia él para observarlo con seriedad. —¿Me puedes decir a dónde vas? —¿Es necesario? —Adivinaré, ¿con Anastasia? Nikolái no respondió nada. —Como sea, pero esta comida no saldrá de mi casa —advirtió mientras agarraba el saco y lo guardaba en la alacena. —Volveré pronto —dijo él finalmente. Nikolái salió de su apartamento y bajó hacia el tercer piso, allí donde vivían los Volkov. Sin embargo, no se atrevió a tocar la puerta. Esperó allí un rato y al final decidió no ver a Anastasia. Mientras terminaba de bajar las escaleras del segundo piso, Nikolái alcanzó a ver a Anastasia de pie sobre el último escalón del edificio, quiso devolverse y no verla, pero ella ya había girado hacia atrás.
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